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La última subida – Lucas 18:31-43

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La última subida - Lucas 18:31-43

En el caminar de la fe cristiana, existen momentos decisivos que marcan un antes y un después en nuestra vida espiritual; a esto se le conoce conceptualmente como la última subida. Este término encapsula el viaje intencional y voluntario de Jesucristo hacia Jerusalén, sabiendo el alto costo que le esperaba en la cruz para cumplir el plan de salvación. Estudio basado en Lucas 18:31–43.

Hay decisiones que se sienten como un ascenso final, como si fuera “la última subida”. Y esto se menciona, no porque el camino sea fácil, sino porque sabes que arriba te espera el costo más alto. Piensa en un bombero que entra por última vez a un edificio en llamas cuando ya todos retrocedieron; o en un médico que, después de horas de cirugía, vuelve a lavarse las manos para un último intento porque la vida de alguien depende de ello. No es que ellos aman al peligro: es amor a la persona.

Esto es exactamente lo dicho en Lucas 18:31: “He aquí subimos a Jerusalén”. Esta, por cierto, será la última subida de Jesús a Jerusalén, porque será la subida a la cruz, al cumplimiento de las Escrituras, pero de allí regresará para caminar por sus calles como el Cristo resucitado. Jesús no va a Jerusalén para hacer un “paseo” a visitar la cruz; está subiendo con intención, con claridad y con un compromiso inquebrantable del plan del Padre. Y en esa “última subida”, mientras Jesús anuncia el sufrimiento más grande, también hay una revelación de su compasión que a todos sorprende.

Vea esto. Jesús abre a los doce discípulos el “mapa” de su pasión, que consistía en: entrega, burla, vergüenza, dolor, muerte… y resurrección. Pero de inmediato, y mientras va, un ciego al borde del camino clama: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!”, Jesús se detiene.  Y es aquí donde Lucas nos pone frente a un contraste, porque se puede estar cerca de Jesús y no entender, como los discípulos (v. 34), o se puede estar necesitado y ver lo esencial por la fe como el ciego. ¿Qué aprendemos en el camino de esta “última subida?”

Hay una conciencia plena del sufrimiento venidero

1. Este es un viaje totalmente intencional v.31.

Jesús se separa con los doce y los prepara; la cruz no lo toma por sorpresa. Esta era la tercera vez que Jesús les había anunciado la muerte a sus discípulos, por lo tanto, ellos deberían estar consciente de esto.  Con esta decisión Jesús elige el camino donde será rechazado: esto es obediencia, no fatalismo. La verdad del evangelio es que la salvación no comienza con nuestra búsqueda, sino con el Salvador que “sube” por nosotros. Al momento de subir se estará consumando el plan profético, porque “se cumplirán todas las Escrituras”.

De esta manera, la cruz es promesa cumplida, no un accidente de la historia. Las Escrituras han hablado: el Mesías sería un Rey que primero sufriría (p. ej., Salmo 22; Isaías 53). Y solo para recordarnos como serían estos sufrimientos, el salmo dice: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?” (Salmo 22:1); o como lo expresa Isaías 53:3 “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto…”  Si Dios cumple lo doloroso que prometió, también cumplirá lo glorioso que promete. Y si alguien supo de esas profecías fue el llamado “siervo sufriente”. Jerusalén sería testigo del más cruento sufrimiento.

2. Es un sufrimiento anunciado, paso a paso (vv. 32–33):

Jesús no habla en generalidades; enumera el camino de su humillación. “Será entregado a los gentiles”: el Santo será entregado en manos humanas. Traición y abandono son parte de la copa que beberá. “Será escarnecido”: la burla busca despojarlo de su honor. El Rey acepta ser ridiculizado para vestirnos de su justicia. “Será injuriado”: palabras que hieren, acusan y condenan.

El Verbo eterno soporta el veneno de lenguas humanas por nuestros pecados. “Y escupido”: rechazo que declara “no digno”. Jesús recibe nuestra vergüenza para darnos acceso al Padre. “Lo azotarán”: dolor real, corporal, público. El evangelio no es idea; es sangre y sufrimiento en nuestro lugar. El castigo romano solía hacerse con un flagrum o flagellum: un mango de madera con varias correas de cuero, a veces con pesas de metal (como plomo) y/o fragmentos de hueso atados a las tiras para lacerar la piel.

Lucas lo menciona en una frase, pero Isaías lo interpreta: “por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El dolor anunciado aquí no fue teórico: fue el precio de nuestra paz. “Y lo matarán”: el costo máximo. Jesús no solo enseña sobre el amor; Él lo prueba muriendo por pecadores. Y al tercer día resucitará”: la última palabra no es la muerte. La resurrección es el ‘sí’ de Dios a la obra de Cristo.

Hay una incomprensión extraña ante lo dicho

1. “Pero ellos nada comprendieron de estas cosas…(v. 34 a)

Los llamados a sentir la magnitud de esas palabras, porque ya las habían oído, no las comprendieron. Esta podría ser la frase más reveladora de todo el evangelio: después de oír el anuncio más claro de la cruz y la resurrección, “ellos nada entendieron”. Es posible caminar con Jesús, escuchar su Palabra, ver sus obras… y seguir sin captar el corazón del evangelio. Este versículo muestra que el problema no es falta de datos, sino falta de vista espiritual.

¿Por qué no entendieron? Porque, aunque Jesús detalló lo que le vendría, ellos no aceptaban qué tenía que suceder así.  El evangelio no es solo “lo que pasó”, sino “lo que Dios logró” por medio de la cruz. No entendieron porque tenían expectativas equivocadas: esperaban un Mesías de triunfo inmediato, un reino sin cruz, gloria sin sangre. Cuando el corazón está aferrado a un “cristo” según nuestros deseos, el Cristo bíblico resulta incomprensible. Hay una “ceguera religiosa” que no se cura con más actividades, sino con el evangelio. Puedes crecer en la iglesia, saber de la Biblia, admirar a Jesús, y aun así resistirte a Él como Salvador. El problema no es estar cerca del cristianismo; el problema es no venir a Cristo.

2. “… y esta palabra les era encubierta, y no entendían lo que se les decía” v. 34b.

Si seguimos con la pregunta ¿por qué no entendieron? Aquí tenemos otra respuesta.  No entendieron porque Dios lo permitió por un tiempo: Lucas añade que “esta palabra les era encubierta”. No significa que Dios sea injusto; significa que la vista espiritual es un regalo. Solo el Señor abre los ojos para ver la necesidad del Salvador y la belleza de su cruz. Dios intencionalmente permite nublar nuestro entendimiento para que después tengamos una visión más clara de las cosas espirituales. Pero, aunque no entendieron, aun así, Jesús siguió adelante.

En esto hay esperanza. Cristo no sube a Jerusalén porque los discípulos ya sean fuertes y estén claros; sube precisamente para salvar a gente lenta para creer, débil y confundida—como ellos, pero también como nosotros. Se lo explico así. Todo esto es como mirar un letrero en un idioma que no conoces. Tus ojos lo ven con claridad, pero tu mente no capta su sentido. Así pasa con la cruz: sin la obra de Dios, podemos “ver” a Jesús, pero no entender por qué su muerte es mi vida y su resurrección es mi esperanza. Esta es una experiencia común en algunos. Aunque oigan las palabras, Dios permitió por un tiempo que nuestra comprensión quede  “velado”: no es por falta de datos, sino falta de vista espiritual.

subida a jerusalén

Hay un clamor atendido en medio del camino

1. “… un ciego estaba sentado junto al camino mendigando…” v. 35.

En el contexto de “la última subida” esto es lo que más asombra: Jesús no está distraído ni apurado por egoísmo; va camino al sufrimiento anunciado… y aun así se detiene. El Salvador que va a entregar su vida no pasa de largo ante un necesitado; su misión no cancela su compasión, la revela. De esta manera, Lucas pinta una escena sencilla, pero cargada de realidad: “un ciego estaba sentado junto al camino mendigando” (v. 35).

No se nos dice cuánto tiempo llevaba así, pero la descripción sugiere una condición establecida: su vida se había reducido a un mismo lugar, una misma postura y rutina—sentarse, escuchar pasos, extender la mano y esperar misericordia en forma de monedas. En aquel mundo, la ceguera no era solo una limitación física; era, para muchos, una sentencia social: pocas opciones de trabajo, dependencia diaria, y la tentación constante de sentirse invisible para los demás. Jericó era un punto de paso en la ruta hacia Jerusalén, y Jesús iba avanzando en la última subida. Y es en aquel lugar cuando Jesús concede una muestra viva de por qué sube: su misericordia alcanza a los que están a la orilla, y su gracia interrumpe la prisa de la multitud.

2. “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” v. 38.

La expresión “clamó” no es una frase educada ni una petición casual; es un grito de auxilio. Es el lenguaje de alguien que sabe que, si Jesús pasa y él se queda callado, quizá no haya otra oportunidad. En esta “última subida”, el ciego no se permite la indiferencia: él hace de su necesidad una oración. “¡Jesús…!”: su fe es personal. No clama a una idea, ni a un sistema, ni a una religión; clama a un Nombre.

La oración verdadera empieza cuando dejamos de hablar “al aire” y hablamos con Cristo; cuando nos dirigimos a Él, a ese hombre, llamado también “Hijo de David”. Había muchos “Jesús” en ese tiempo, pero solo al auténtico Mesías se le podía reconocer como el “Hijo de David”.  Esto significa que, aunque sus ojos no ven, su corazón reconoce al Rey prometido, al Mesías.

En otras palabras, el ciego “ve” quién es Jesús mejor que muchos que caminan con vista física. “Ten misericordia de mí”: no apela a méritos (“mírame lo bueno que soy”), sino a la gracia (“mírame en mi necesidad”). La misericordia es ayuda para el que no puede salvarse a sí mismo. Y aunque se le trató de silenciar “gritaba mucho más”. Nadie puede silenciar al alma cuando busca desesperadamente a Dios.

Hay una respuesta salvadora a la fe que clama

1. “Jesús entonces, deteniéndose, mandó traerle a su presencia…” v. 40.

Veamos la secuencia en la manera cómo Cristo sana al ciego echado en el camino, mientras sigue en su “última subida” a Jerusalén. Por un lado, vemos que la fe que clama no es ignorada por Cristo; el texto dice que “Jesús se detuvo” (v. 40). En la última subida, lo sorprendente es que el Salvador no pasa de largo. Por un lado, la compasión de Jesús restaura a la dignidad; vea la manera cómo “mandó que lo trajeran” (v. 40).

Esta escena debió ser maravillosa, pues aquel hombre echado al borde del camino ahora pasa para estar al frente del Rey. Pero observe que Jesús demanda una fe expresada con claridad “¿Qué quieres que te haga?” (v. 41). Jesús no hace esto para informarse, sino para formar una petición sencilla y directa: “Señor, que reciba la vista”. ¿A caso no sabía Jesús lo que este hombre tenía? Por supuesto que lo sabía. Pero Cristo pregunta, no por falta de conocimiento, sino por amor.

Al hacerlo, le devuelve dignidad al hombre (“dilo tú”), hace que su fe se exprese con claridad, y enseña a la multitud que la misericordia se recibe viniendo a Jesús con una petición sencilla y confiada. La pregunta abre la puerta para que el milagro sea también un testimonio.

2.  El fruto de la misericordia en la última subida v. 43.  

Lucas cierra la escena con cuatro pinceladas que muestran lo que hace Cristo cuando responde al clamor de la fe: (1) “al instante”, la gracia de Jesús no es teoría; irrumpe en la vida real. (2) “recobró la vista”, no solo cambia circunstancias: devuelve vida, dirección y esperanza. (3)“lo seguía, glorificando a Dios”, el milagro no termina en el asombro; termina en discipulado y adoración: el que estaba sentado ahora camina, y el que mendigaba ahora alaba. (4) “y todo el pueblo… alabó a Dios”, la misericordia se vuelve testimonio público: cuando Cristo obra, otros son empujados a reconocer la mano de Dios.

Este resultado nos lleva a hacer preguntas que no podemos evitar: (1) ¿mi encuentro con Jesús produce seguimiento, o solo emoción momentánea? (2) ¿mi fe termina en glorificar a Dios, o termino glorificándome a mí mismo? (3) ¿mi vida está provocando que otros alaben a Dios, o estoy empujando a otros a hablar solo de mí? La respuesta correcta al clamor de la fe no es “seguir igual”; es levantarse, caminar tras Cristo y convertir la misericordia recibida en adoración visible.

La última subida

En esta “LA ÚLTIMA SUBIDA” vemos a Jesús con una conciencia plena del sufrimiento venidero: nada ha sido un accidente; todo es obediencia y cumplimiento. En la misma subida vemos a los discípulos mostrando una incomprensión reveladora: se puede oír la verdad y seguir sin verla, si Dios no abre los ojos. También vemos en ese camino un clamor atendido; esto es, un hombre roto al borde de la ruta gritando por misericordia, y Jesús se detiene.

Finalmente vemos una respuesta salvadora: Cristo concede vista, produce seguimiento y provoca alabanza. Se ha dicho que lo más importante no es llegar rápido, sino detenerse en el momento correcto. Un padre puede ir tarde a una cita, pero si escucha el grito de su hijo, se detiene, porque ese clamor reordena todas las prioridades. De esta manera obra Jesús. Aquí lo vemos rumbo a Jerusalén a entregar su vida, pero el clamor de un ciego no lo estorba; lo revela.

Aplicación: Amado creyente, si estás cansado, recuerda que el Salvador que no evitó la cruz tampoco te dejará en el camino; clama y confía. Si estás cerca de Jesús, pero no entiendes, no finjas: pídele ojos para ver. Y si aún no has venido a Cristo, hoy tienes un modelo sencillo: no le presentes méritos; preséntale tu necesidad. Dile lo que dijo el ciego: “Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí”.

La invitación queda abierta: ven a Cristo, recibe su misericordia, y síguelo. Porque el que subió a Jerusalén por nosotros fue a la cruz, venció en la resurrección, y todavía se detiene para salvar a los que claman. Clama, pero clama con fe como este hombre, y tu “vista” será restaurada.

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Julio Ruiz

Julio Almera es pastor, teólogo y escritor cristiano. Posee una licenciatura en Teología del Seminario Teológico Bautista de Venezuela y realizó estudios de maestría en Canadá. Ha servido como presidente de la Convención Bautista Venezolana en tres ocasiones y como profesor en el Seminario Teológico Bautista. Durante más de 18 años ha compartido sermones, reflexiones y artículos en diversos medios digitales, publicaciones y redes sociales. Está casado con Carmen Almera Ruiz, con quien ha formado una familia de tres hijas y cuatro nietos. Actualmente es pastor principal de la Iglesia Bautista Ambiente de Gracia, Fairfax Station, Virginia.
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