Del escritorio de Julio Ruíz

Siervo fiel en tiempo de espera – Lucas 19:11-27

Mientras el Rey está ausente, Cristo llama a sus seguidores a vivir con obediencia, responsabilidad y fidelidad hasta Su regreso.

Siervo fiel en tiempo de espera - Lucas 19:11-27

Reflexión basada en Lucas 19:11-27 que muestra cómo el creyente deben vivir como un siervo fiel en el tiempo de espera, administrando fielmente lo que Cristo les ha confiado hasta Su regreso.

Llegamos a un pasaje muy interesante y, a la vez, sorprendente del ministerio de Jesús: una parábola que confronta nuestras expectativas, revela nuestro corazón y nos llama a vivir con fidelidad mientras esperamos Su regreso. Pero antes de entrar en la parábola, es importante ver el contexto inmediato. En el mismo capítulo 19, Jesús declara una de las verdades más claras acerca de Su misión: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” (Lucas 19:10) Y el Evangelio de Lucas nos ha mostrado esto una y otra vez.

Jesús salvó al ciego que clamó por misericordia — (Lucas 18:35–43).
Jesús justificó al publicano que se humilló en el templo — (Lucas 18:9–14).
Jesús restauró al hijo pródigo que regresó arrepentido — (Lucas 15:11–32).
Jesús perdonó a la mujer pecadora que lloró a Sus pies — (Lucas 7:36–50).
Jesús liberó al endemoniado Gadareno — (Lucas 8:26–39).
Jesús levantó al hijo de la viuda de Naín — (Lucas 7:11–17).

Una y otra vez vemos el mismo patrón: Cristo busca, Cristo salva, Cristo restaura. Pero ahora, en Lucas 19, después de mostrar Su misión de salvar, Jesús nos muestra lo que viene después de ser salvos: cómo vivir mientras esperamos Su regreso. Todos nosotros sabemos lo que es esperar. Esperamos una respuesta de Dios a una oración que parece no ser contestada. Esperamos un milagro que tarda en llegar. Esperamos un cambio en alguien de nuestra familia, en nuestro estado migratorio, en nuestra salud. Esperamos la restauración de algo que se ha quebrado. Pero por encima de todas esas esperas personales, hay una que nos une como creyentes: la espera del regreso glorioso de nuestro Señor Jesucristo. Y el problema no está en la espera en sí, sino en cómo vivimos durante la espera. Porque la espera nunca es neutral.

La espera puede fortalecernos en la fe o enfriarnos en la duda; puede llevarnos a una obediencia activa o a una peligrosa pasividad.  Además, este pasaje ocurre en un momento decisivo del Evangelio de Lucas. Jesús va camino a Jerusalén, y la expectativa del pueblo está en su punto más alto. La multitud está llena de fervor mesiánico, convencida de que el Reino de Dios aparecería de inmediato, de forma visible y gloriosa. Pero también hay confusión en sus corazones. Jesús, conociendo sus pensamientos, no alimenta esa expectativa equivocada; la confronta. Y lo hace mediante una parábola que, dos mil años después, sigue siendo igual de urgente.

Con esta enseñanza, Jesús establece una verdad fundamental: el Reino ya ha comenzado, pero aún no se ha consumado. Por lo tanto, el tiempo entre Su primera venida y Su regreso no es un paréntesis vacío, sino un tiempo intencional donde se prueba la fidelidad de Sus siervos en la vida diaria. No se trata solo de creer en el Rey, sino de vivir como siervos fieles mientras Él regresa. Porque en medio de la incertidumbre de este mundo, Cristo nos da una certidumbre inquebrantable: Él volverá… y mientras tanto, nos ha confiado algo que debemos administrar para Su gloria. Veamos de qué se trata:

Un siervo fiel entiende el tiempo de espera (vv. 11–14)

La parábola comienza con un dato contextual fundamental que Lucas nos provee: Jesús la contó porque «ellos pensaban que el Reino de Dios se manifestaría inmediatamente». Esta no era una creencia menor ni un error sin consecuencias; era una confusión que afectaba de raíz la manera en que interpretaban la historia, la misión y su propia responsabilidad como seguidores del Mesías.Jesús, con la sabiduría divina que posee, no reprime su fervor, sino que lo redirige con verdad. Les presenta a un hombre noble —figura que representa al mismo Cristo— que se va a un país lejano para recibir un reino y luego regresar.

Antes de partir, llama a sus siervos, les entrega recursos y les da una comisión clara. Y aquí ya encontramos el primer elemento perturbador de la parábola: los ciudadanos, es decir, los que estaban en su territorio, lo rechazan explícitamente. Envían una embajada detrás de él para decirle: «No queremos que este reine sobre nosotros».Esta es la realidad del mundo en que vivimos. El Rey se ha ido. El Reino no se ha manifestado en su plenitud todavía. Y hay una oposición activa, persistente y organizada en contra del reinado de Cristo sobre los corazones humanos. No vivimos en una época de triunfo visible del Reino; vivimos en la época del rechazo, de la espera, de la pasividad.

Un siervo fiel, entonces, es alguien que comprende el momento histórico en que vive. No está confundido con respecto a la espera. Sabe que estamos entre dos venidas: Cristo vino en su encarnación, vida, muerte y resurrección; y Cristo vendrá otra vez en gloria, poder y juicio. Entre esos dos momentos, entre esa primera y segunda venida, se extiende toda la historia de la Iglesia, incluyendo este preciso momento en que tú y yo respiramos.

Un siervo fiel no interpreta la demora como señal de ausencia. No concluye que, porque Dios no ha respondido en el tiempo que esperaba, Dios no responderá jamás. No abandona la fe porque la cruz es pesada, porque los resultados no se ven, porque el enemigo parece prosperar y los justos parecen sufrir. El siervo fiel entiende, con la madurez que da la Palabra y el Espíritu, que Dios opera en tiempos que trascienden nuestros calendarios. Piensa en un padre que le dice a su hijo pequeño antes de salir: «Voy a estar fuera un tiempo, pero te prometo que regreso.

Mientras tanto, haz lo que te he pedido.» El hijo inmaduro, al ver que el padre tarda, concluye que algo salió mal, que el padre lo abandonó o que ya no regresará. El hijo maduro, sin embargo, atesora la promesa y actúa con fidelidad, sabiendo que el regreso del padre es cierto, aunque no conozca la hora exacta. La demora no es duda de Dios; es misericordia de Dios, como nos recuerda el apóstol Pedro: «El Señor no tarda su promesa… sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9). 2da consideración.

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Un siervo siel trabaja con lo que recibió (vv. 15-23)

La orden del hombre noble antes de partir es una de las frases más cargadas de significado práctico en toda la enseñanza de Jesús: «Negociad entre tanto que vengo». No dijo: «Manteneos quietos». No dijo: «Proteged lo que os doy de cualquier riesgo». No dijo: «Aguardad con paciencia sin hacer nada». Dijo: negociad. Operad. Trabajad. Multipliquen. Cada siervo recibió una mina —una unidad de valor equivalente a 3 meses de trabajo— y con esa mina, una responsabilidad. La genialidad de la parábola está en que no todos produjeron lo mismo: uno multiplicó diez veces, otro cinco. Pero la recompensa del señor no se midió en la cantidad producida, sino en la fidelidad demostrada.

Ambos recibieron un reconocimiento proporcional a su rendimiento, pero ambos fueron celebrados como buenos siervos. Esto destruye uno de los razonamientos más paralizantes del creyente moderno: la comparación. Muchos no actúan porque sienten que lo que tienen es poco comparado con lo que otros tienen. Dicen: «¿Para qué sirve mi pequeño talento junto a los grandes dones de otros?» Pero Dios no pide que produzcas lo que el siervo de al lado produjo. Dios pide que seas fiel con lo que Él te dio a ti. El tercer siervo, sin embargo, tomó un camino completamente diferente. Guardó la mina en un pañuelo. No la perdió; no la desperdició en vicios; simplemente la guardó. Y cuando el señor regresó, le devolvió exactamente lo que había recibido, sin pérdida… pero también sin fruto. Y aquí está el elemento que más perturba a los lectores modernos: el señor lo llama siervo malo.

No porque hubiera robado, sino porque no hizo nada. La inacción ante un llamado claro es, en el sistema de valores del reino de Dios, una forma de desobediencia. El siervo se justificó con el miedo: «Tuve miedo de ti, porque eres hombre severo». Pero el señor le responde con lógica implacable: si me conocías tan bien, ¿por qué no pusiste lo que te di al menos con los banqueros para que produjera interés? El problema del siervo no era la falta de recursos. Era la falta de compromiso. Era un corazón que prefería la comodidad de la inacción a la incomodidad de la obediencia arriesgada.  ¿Qué estás haciendo con lo que Dios te dio?

Dios ya te ha dado todo lo que necesitas para ser fiel en este tiempo de espera. Te ha dado el Evangelio más poderoso que haya existido: la muerte y resurrección de Jesucristo, que tiene poder para transformar cualquier corazón. Te ha dado dones espirituales, distribuidos soberanamente por el Espíritu Santo, para la edificación del cuerpo de Cristo. Te ha dado tiempo, el recurso más democráticamente distribuido de la creación: todos recibimos veinticuatro horas cada día. Te ha dado influencia, relaciones, contactos, un vecindario, una familia, un lugar de trabajo donde eres la única Biblia que algunos leerán jamás.

La pregunta que la parábola pone delante de nosotros hoy no es cuánto tienes. La pregunta es: ¿qué estás haciendo con lo que tienes? ¿Estás negociando? ¿Estás sembrando el Evangelio, sirviendo con tus dones, administrando tu tiempo con propósito eterno, usando tu influencia para el reino? O, por el contrario, ¿estás guardando tu mina en el pañuelo de la comodidad, del miedo, esperando un momento más conveniente que nunca llega? La fidelidad no se mide en la comodidad de las circunstancias, sino en la obediencia en medio de ellas.

Siervo fiel esperando

Un siervo fiel vive a la luz del regreso del Rey (v. 24-27)

El pasaje culmina con el regreso del rey. Y este regreso, que para los siervos fieles es un momento de celebración y recompensa, revela también la dimensión solemne y ineludible de la rendición de cuentas. El rey regresa y pide cuentas. No pregunta qué pensabas. No pregunta qué sentías. Pregunta: ¿qué hiciste con lo que te di? Tres grupos aparecen ante el rey en su regreso. Primero, los siervos fieles, que multiplicaron lo que recibieron y son recompensados con autoridad proporcional: «Ten autoridad sobre diez ciudades». El reino de Dios no es un estado estático; es una expansión dinámica de responsabilidad y gloria para quienes han demostrado ser fieles en lo poco. Segundo, el siervo negligente, cuya mina le es quitada y entregada al que ya tenía diez. Y tercero, los rebeldes que rechazaron su señorío desde el principio, sobre quienes recae el juicio final.

Este cuadro no es cómodo. No fue diseñado para serlo. Jesús no estaba intentando que la gente saliera de esa enseñanza sintiéndose bien. Estaba intentando que salieran con una conciencia profunda de que el tiempo de espera tiene consecuencias eternas, y que la actitud con que vivamos este tiempo determinará nuestra posición ante el Rey cuando regrese. Jesús nos deja una realidad que no podemos ignorar: nadie sale de esta parábola igual; algunos son recompensados, otros pierden lo que tenían y otros enfrentan juicio. Como enseña el Evangelio de Lucas, “al que tiene se le dará… pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará”, recordándonos que la fidelidad nunca pasa desapercibida delante de Dios: cada acto de obediencia, cada paso de fe y cada esfuerzo por honrarle cuenta y será recompensado.

Pero también la negligencia tiene consecuencias; enterrar la fe, callar el testimonio y vivir sin compromiso también cuenta, y trae pérdida. Y luego Jesús va aún más lejos al hablar de aquellos que no quisieron que Él reinara sobre ellos, dejando claro que ya no se trata solo de negligencia, sino de rechazo al Rey, y que ese rechazo tiene consecuencias. Por eso, el llamado es claro: si eres fiel, permanece firme y no te canses, porque tu labor no es en vano; si has sido negligente, despierta y arrepiéntete mientras hay tiempo; y si aún no te has rendido a Cristo, hazlo hoy, no esperes a conocerlo como juez cuando hoy puedes recibirlo como Salvador. Porque el mismo Jesús que vino a buscar y salvar lo perdido también vendrá a juzgar, y esa es nuestra certidumbre en medio de toda incertidumbre: Cristo viene, y cuando Él venga, los fieles serán recompensados, los negligentes serán expuestos y los rebeldes serán juzgados. Así que hoy es el día, hoy es el momento: vive como un siervo fiel bajo el reinado del Rey.

Conclusión

Solo tienes una vida. Una sola. Y está pasando ahora mismo, en este instante, a una velocidad que no podemos detener. El apóstol Santiago lo dijo con una imagen impactante: somos como el vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece (Santiago 4:14). Cuando llegues al final de tu vida —y ese día llegará, aunque hoy parezca lejano— no importará cuánto dinero acumulaste, ni qué posición social alcanzaste, ni cuántos aplausos recibiste de los hombres.

Habrá una sola pregunta que importará: ¿Fuiste un siervo fiel, viviendo con urgencia y reverencia ante el Rey… o desperdiciaste el tiempo de espera que Él te dio? Hoy el Espíritu de Dios llama a cada corazón en este lugar. Llama al que ha enterrado sus dones por miedo: desentiérralos hoy y ponlos a producir para el reino. Llama al que vive en la pasividad espiritual, esperando condiciones perfectas que nunca llegarán: levántate y trabaja, porque el campo está maduro para la cosecha. Y llama también al que todavía no ha rendido su vida a Cristo, al que está entre los que dicen «no queremos que este reine sobre nosotros»: hoy es tu día de reconciliarte con el Rey antes de que regrese como Juez.

Cristhian Serrano Carias

Cristhian Rodas es pastor y maestro bíblico, graduado del BTCP y con una Maestría en Divinidad en Liderazgo Cristiano por la Universidad Liberty. Sirve como pastor asociado en la Iglesia Bautista Ambiente de Gracia, Fairfax Station, Virginia cuyo pastor principal es el Julio Ruiz. Esta casado con Sari Rodas
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