Del escritorio de Julio Ruíz

Santo, Santo, Santo

Santo, Santo, Santo

Santo, Santo, Santo es el primer estudio de la serie acerca de los atributos divinos basado en Éxodo 15:11 e Isaías 6:1-8. La serie está escrita por el pastor Julio Ruiz

Hablar de los atributos de Dios pudiera ser uno de los desafíos más grandes para un predicador. Porque como dice Pablo: “¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?” (Romanos 11:34-35).  Es muy difícil hacer esto, porque estamos tratando de describir a Dios, y eso no es fácil, porque somos seres finitos tratando con un Dios infinito. ¿De qué estamos hablando cuando traemos el tema de los atributos de Dios? 

Los atributos de Dios son aquellas características que hacen a Dios distinto a todo lo creado, incluyendo a los humanos. Los atributos de Dios se han clasificado en comunicables e incomunicables. Los atributos incomunicables son aquellos donde no pueden ser transferidos a alguna criatura, como su eternidad, omnisciencia, trascendencia etc. No hay nada de su eternidad que Él pueda pasarla a nosotros. Mientras que los atributos comunicables son aquellos donde Dios comparte algunas cosas de lo que Él es con nosotros, como su amor, fidelidad, misericordia y santidad, entre otros.

Dios es, pues, un ser inmortal, inalterable, incomparable, inigualable y perfecto, inescrutable, insondable… y entre todos esos atributos, el de su santidad es el más grande, porque es lo que lo hace estar separado de toda corrupción moral y es hostil a ella. Hablar de este atributo de Dios es como alguien lo ha clasificado: “el atributo de los atributos”. Con este primer mensaje vamos a ver que humanamente hablando nos gustan algunos atributos más que otros, y este de la santidad de Dios no es muy popular.

No nos gusta escuchar los atributos de su justicia, su ira, su poder, etc., sino de su amor, bondad o misericordia. Queremos escuchar siempre mensajes de aliento, positivos, sin estrés, pero aquellos donde debo tomar algunas decisiones drásticas, tales como este de la santidad con sus demandas, no me siento animado a oírlo. Sin embargo, este es el atributo que más debo poner atención, “porque sin santidad, nadie verá el Señor”. Entonces, veamos la naturaleza de este atributo. Consideremos cuán serio es comenzar el año hablando de esto. Que la santidad sea nuestra búsqueda en este año.

La santidad es el atributo que repite tres veces

Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, Santo, Santo…

Isaías 6:3. Alguien llegó a la conclusión que esta declaración es un resumen de todo el Antiguo Testamento. En el marco de esta sublime declaración vemos una triple visión del profeta: la visión de la gloria de Dios, la visión de su propia condición y la visión de lo que sería su misión.

Una visión de la gloria de Dios, oyendo que Él es tres veces santo, no puede dejar al hombre igual. Aquella visión debió ser la del Cristo preencarnado, porque nadie puede ver a Dios y vivir (Éxodo 33:20).  Fue proclamada por los serafines, los seres celestiales quienes al parecer proclaman y adoran la gloria eterna de Dios. Esta frase repetida tres veces es una absoluta referencia a la santidad de Dios; pero ¿qué es lo que esto significa?

La santidad de Dios se refiere a que Él está «apartado» o es distinto de toda la creación, y especialmente lo que respecta al pecado. Para la lengua hebrea, repetir una palabra tres veces consecutivas tenía un valor muy importante por ser esto un estado absoluto.  No hay ningún atributo repetido de esta manera. Por ejemplo, no vemos una declaración de “amor, amor, amor”. Esto nos confirma por qué la santidad es el atributo más excelso y sublime de la gloria de Dios.

No cesaban día y noche de decir: Santo, Santo, Santo…

Apocalipsis 4:8. Ahora la experiencia de Isaías también la tuvo Juan. La referencia es a los cuatro seres vivientes con las mismas características de las seis alas, pero con ojos por todas partes. Otra diferencia es que esos seres (serafines o querubines) no cesan; o sea, no paran de decir siempre la misma alabanza.

El puritano Steven Charnock, un autor famoso por escribir cientos de páginas acerca de los atributos de Dios, ha dicho que, sin la santidad de Dios, estas serían las características: “Su paciencia sería una indulgencia para pecar, su misericordia sería como un cariño, su ira sería una locura, su poder una tiranía, y su sabiduría una astucia indigna”.

Cuando hablamos de la santidad de Dios, pronto descubrimos con qué clase de personas lidiamos, porque este es el atributo más odiado de todos. Y la razón es porque Dios a través de esto nos confronta con nuestros pecados e iniquidades. Cuando estos ángeles, cuya función permanente es exaltar la gloria de Dios, hacen su trabajo todo el tiempo, revelan el carácter sagrado de Dios, y por qué Él odia tanto el pecado. La santidad es lo que separa a Dios del resto de todo lo creado, por eso es proclamado de esta manera.

Hay un santo Hijo y un Santo Espíritu.

El canto y el reconocimiento constante de los serafines es para el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En el mismo Apocalipsis 3:7, Jesucristo se define como Santo y Verdadero. Santidad es el término usado por el Señor Jesús para referirse a sí mismo.

En el capítulo 14 de Juan, Jesús hace la mejor revelación del trabajo de la Santa Trinidad. Jesús va a la cruz y luego irá al cielo. Pero antes de eso les dice a los entristecidos discípulos (v. 1-2) que no los dejaría huérfanos (v. 18). En los versículos previos (16-17) hace el anuncio de su nueva venida, pero en la persona del Espíritu Santo.  Ese Espíritu, además de ser santo, también lo llama “Espíritu de Verdad”. Pero además sería el Consolador, a quien el Padre estaría enviando “en mi nombre”. De esta manera, Jesús no lo llama Espíritu de amor sino Espíritu Santo. 

Así tenemos que Jesús en un mismo capítulo habla del Padre enviando al Espíritu Santo, y Jesucristo regresando al Padre. ¡Qué pasaje tan sublime para describirnos el trabajo de la Santa Trinidad! Con esto concluimos que Jesucristo también es el Santo de Israel. Dios es glorioso en su Santidad. El Padre, el Hijo, el Espíritu Santo es de igual manera el espíritu infinito y eterno, pero revelado en Cristo.  

La santidad es el atributo que describe a Dios

Frente a los ídolos él se presenta como el Santo

Isaías 40:25. En este pasaje el profeta Isaías habla de los ídolos de fabricación casera como vanos e inútiles, y es frente a esto cuando surge la pregunta del profeta: “¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis? dice el Santo”.Estas son las palabras de Dios. Él mismo se está describiendo. El profeta Isaías fue quien entendió más este concepto, y habla hasta 22 veces de Dios como el Santo de Israel.

En este mismo sentido, si le preguntamos a Dios: «¿Quién eres?» seguramente va a decir: «Yo soy el Santo». Usted no va a leer algunas veces: «Yo soy el que ama, sino yo soy el Santo».  El atributo de la santidad describe la esencia del carácter de Dios. Ha sido considerado como la belleza de su carácter o la armonía de sus atributos. Les aseguro que ningún ídolo hecho por los hombres puede describir su belleza.

Es más, todos los ídolos son feos, porque en la mente de quienes lo hacen no hay la intención de la belleza, sino lo grotesco y hasta vulgar. Un ídolo no tiene nada de santidad, pero cuando hablamos de Dios, Isaías lo describe como” santo, santo, santo” (Isaías 6:3).

Frente al pecado de su pueblo Él es un Dios santo

Oseas 11:9. Este es uno de los grandes pasajes de la profecía de Oseas y habla de la lucha que tuvo Dios por el perdón de su pueblo pecador. Con el versículo 9 vemos la decisión de Dios de no ejecutar el ardor de su ira, sin que el profeta lo explique cómo lo hará, sino hasta llegar a Romanos 3, donde Pablo se refiere al el Hijo de Dios como la propiciación por nuestros pecados, y mediante la fe en su sangre aprendemos cómo Dios puede pasar por alto el pecado.  

La única manera de entender lo dicho por Oseas respecto a Dios, no ejecutando su ira contra el pecado, es porque con el sacrificio de Cristo, Dios aplacó su ira.  Hemos dicho que un Dios tres veces santo no puede ver el pecado y no condenarlo, esa es la explicación de su ira.

Sin embargo, la única manera cómo Dios se vuelve   sus hijos, en lugar de destruirlos, es cuando ve a su Hijo muriendo por nuestros pecados, y es allí cuando se vuelve al pecador es cuando ve a su Hijo muriendo por nuestros pecados, y es allí cuando se vuelve al pecador en su condición y exclama con estas preguntas tan llenas de misericordias: ¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Te entregaré yo, Israel? V. 8. La única manera cómo esto no sucede es cuando el hombre se vuelve a Dios a través de Jesús.

Frente a todo lo demás Él está separado

La palabra que se usa para referirse a Dios como un ser santo, y su santidad es “qodesh”, para definir su total separación del resto de lo creado. Esto quiere decir que Dios es único en su clase, no tiene parecido; en otras palabras, no hay un ser como Dios. Nadie es más alto, más grande, ni más santo como Dios.

Otra palabra para hablar de la santidad de Dios es “qadash”. Eso habla de su pureza, de un ser sagrado y santo. Dios es sagrado y moralmente puro en su esencia, llegando a ser totalmente separado de lo demás en toda su existencia. Por esta razón el salmista nos anima a adorar a Dios en la hermosura de su santidad (Salmos 96:9).

Mis amados, según esta definición, este es el atributo al cual todo hijo de Dios debe prestar la mayor atención. En este sentido debemos saber que Dios odia y aborrece todo tipo de pecados en nuestras vidas, porque su santidad no es compatible con nada que se llame pecado en nosotros.

Un ejemplo de ver la seriedad de Dios en torno a este atributo de su santidad fue cuando expulsó a Satanás del cielo y después a Adán y a Eva del mismo paraíso. Con la santidad de Dios vemos que Él no admite ningún pecado en su presencia; en todo caso se aleja de donde él esté.

La santidad es la responsabilidad de los santos

Sed santos, porque yo soy santo

1 Pedro 1:16. Estoy consciente que cuando tratamos este tema de la santidad como el atributo de los atributos de Dios, y luego somos confrontados con textos como este, pronto nos sentimos tocados, juzgados y hasta sucios al ver nuestra condición humana, y sobre todo, nuestra condición pecaminosa. Pero si queremos conocer a Dios y relacionarnos con él, este es el camino.

Nuestra visión de Dios nunca irá más allá de ser algo trivializado, a menos que tomemos muy serio este imperativo bíblico. He escuchado estos días un tema acerca de la santidad de Dios y me ha llamó la atención esta frase: “Los creyentes corremos el peligro de reducir a Dios a una divinidad manejable, que yo pueda manipular, engañar; y que pueda convertir a ese Dios en mi mente de alguien que siempre está dispuesto a perdonarme de una manera tan superficial, hasta el punto de decir: yo puedo pecar porque Dios siempre me perdonará, porque ese es su trabajo” (sermón de Miguel Núñez).

Este es un serio peligro y esta pudiera ser la característica de esta generación. Pero el texto me demanda ser santo porque Dios es santo.  La santidad es el camino más exigente para vivir una vida cristiana transparente.

La santidad de Dios debe quemar mi impureza

Isaías 6:6-7. El asunto más importante de la visión de Isaías no solo fue ver al Señor en ese estado de gloria, sino verse así mismo como un hombre pecador, verse a sí mismo con una nueva luz. Cuando nos vemos a nosotros mismos a la luz de la gloria y santidad de Dios, es allí cuando nos damos cuenta cuán lejos hemos caído de esa maravillosa imagen.

Cuando nos encontramos frente a este atributo divino, vemos nuestra propia contaminación, y entonces gemimos como Isaías: “¡Ay de mí! que soy muerto…”. Pero eso no siempre sucede. La verdad es que nos hemos vuelto tan insensibles y religiosas en la adoración de su santidad. Podemos llegar a la casa de Dios, hablamos, nos saludamos, nos sentamos, y ahora revisamos en el celular, pero no hay una expectación de algo que va a suceder en el culto.

¿Cuál fue la experiencia de Isaías en la casa del Señor? Vio a Dios, y vio su pecado; y fue en ese reconocimiento de su indignidad que voló un serafín con un carbón encendido y tocó sus labios impuros, con el que se sintió limpio de su pecado, para luego aceptar la comisión, y poder decir: “Heme aquí, envíame a mí” v. 8.   La santidad de Dios tiene que sacudir todo nuestro ser.

Aplicación: La santidad de Dios me confronta con mis pensamientos ¿son ellos puros? Me confronta con mis palabras ¿son corrompidas? Me confronta con lo que veo ¿hay codicia en mis ojos? Me confronta como me visto ¿me visto para el Señor o para que vean mi cuerpo? Me confronta con lo que hago ¿glorifica a Dios lo que hago? Y me confronta con mi devoción ¿adoro de corazón la santidad de Dios? ¿Es esto lo que más busco y anhelo en vida?

Santo, Santo, Santo

La santidad de Dios es el atributo más relevante en todas las Escrituras. Desde el principio de la creación vemos a un Dios santo. Antes de llegar a Génesis 3, tenemos a Dios con su criatura Adán y Eva en una total santidad (Génesis 2). Y cuando seguimos leyendo la Biblia al final vemos el descenso de la santa ciudad donde viviremos (Apocalipsis 21:11-14).

Tan grande es la santidad de Dios que cuando Él se topa con el pecado lo destruye. Dios mató a los hijos de Aarón, porque ellos ofrecieron fuego extraño en el altar de su santidad. Mató a los hijos del sacerdote Elí por sus pecados, y Dios casi destruye a su propio Hijo, cuando él llevó nuestros pecados, poniéndolos sobre sus hombros cuando deberíamos ser nosotros. Por esta razón debemos alejarnos de todos esos pecados por los que Jesús pagó en la cruz del calvario.

Si somos hijos de Dios, la santidad no es una opción, sino una necesidad y una obligación. No en vano la palabra de Dios nos dice: “Sed santo, porque yo soy santo”. Nosotros no podemos ser santos como Dios es santo, pero si podemos vivir en santidad porque el Espíritu Santo vive en nosotros. Amén.


Estudios de la serie: Atributos Divinos

1: Santo, Santo, Santo
2: La permanente fidelidad de Dios
3: El amor más grande
4: Por Su misericordia
5: La Justicia de Dios
6: La revelación de la ira divina
7: El rostro de la gracia

Julio Ruiz

Venezolano. Licenciado en Teología. Fue tres veces presidente de la Convención Bautista en Venezuela y fue profesor del Seminario Teológico Bautista de Venezuela. Ha pastoreado diversas iglesias en Venezuela, Canadá y Estados Unidos. Actualmente pastorea la Iglesia Ambiente de Gracia en Fairfax, Virginia.
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