Del escritorio de Julio Ruíz

El amor más grande

El amor más grande

El amor más grande es otra entrega de la serie Atributos Divinos y está basado en Juan 3:16

Seguimos con nuestro tercer mensaje de los atributos comunicables de Dios al hablar del amor. Para este único e inigualable tema vamos a usar a Juan 3:16. Este texto es el más amado, mimado, memorizado y leído de todos los amantes de las Escrituras.

No hay un texto en toda la Biblia que resuma la verdad del evangelio como este. De hecho, se dice que Juan 3:16 es una Biblia en miniatura. Y se justifica la deferencia por este texto debido al mundo de teología encontrado en tan pocas palabras, y el más grande de los sacrificios, en la más sublime e inexplicable entrega del Dios del universo a favor de los pecadores.

Mis amados, si la humanidad logrará entender y aceptar el contenido y el mensaje de este solo versículo, lograría descubrir la razón por la cual Dios te tiene en esta vida. Voy a tratar de desempaquetar las verdades sencillas y a la vez profundas de este pasaje, con el firme propósito de lograr ser abrazados por el contenido dejado  por Juan en este incomparable pasaje de su libro. Estoy consciente de mis limitaciones físicas, emocionales y hasta espirituales para exponer la belleza y la magnitud de estas 29 palabras contenidas en un solo verso.

Un texto del Antiguo Testamento que adorna la belleza de este texto de Juan es el de Jeremías 31:3: “…con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia”. Presentar este atributo divino es revelar  todo lo que Dios es, porque “Dios es amor” (1 Juan 4:8). Ciertamente hemos dicho que la santidad y la fidelidad son atributos intrínsecos con los que Dios revela su carácter, pero hablar de su amor es como tocar su propio corazón, y es allí donde Juan 3:16 pareciera tener su explicación. Veamos por qué el amor es el más grande de los atributos divinos según la visión de este texto.

Porque hay un Dios que ama de tal manera

Porque de tal manera amó Dios…

La primera cosa que nos sorprende de este inagotable texto es el verbo “amó”. Si la Biblia dijera: “De tal manera estimó, apreció, se compadeció, protegió, ayudó… al mundo”, eso tendría un gran sentido, porque provenía del corazón de Dios, pero no fue así. Yo creo que nadie estaría en desacuerdo en afirmar que el amor es la virtud más apreciada en el hombre.

¿Quién no desea ser amado? ¿Sabe usted lo que produce en la vida de otro cuando escucha las palabras “te amo?”. Pero el problema con nuestro amor es que siempre será limitado e imperfecto, por lo tanto, nosotros no amamos perfectamente. Sin embargo, ese no es el caso de Dios. Él es perfecto en todas sus perfecciones, y el amor es el atributo que lo conduce a amar “de tal manera”.  Esta declaración revela a un Dios sin límites en todas sus capacidades.  

El profeta Isaías habla con un lenguaje poético y figurado de la grandeza de Dios al poner el agua de los océanos en el hueco de Su mano, y hasta tomar la medida del Universo con Su palmo. También dice el profeta que Dios conoce por nombre a cada una de las estrellas y las cuenta una por una (Isaías 40:26). De esa medida es el amor de Dios. Su amor no se acaba como les pasa a algunas parejas, que no siguen porque se les acabó el amor. Pero el verdadero amor, de acuerdo con la Palabra, “nunca deja de ser”.

Porque hay un mundo amado por Dios

… amó Dios al mundo…

El objeto del amor de Dios fue el “mundo”. ¿Pero cuál mundo? Si pensáramos en esta declaración como una referencia a una cantidad de personas, estaríamos limitando a Dios, porque su amor excede a cualquier número que tengamos en mente.  

¿Sabe usted cuántas personas han nacido desde el principio del mundo?  El “mundo” de este texto al parecer va más allá de un conglomerado número de personas. Si pensamos más bien en el mundo caído, cuando Adán y Eva pecaron a tal punto que Dios desde ese mismo momento comenzó a cubrir su desnudez, pareciera entonces que es a ese tipo de mundo al que Dios amó “de tal manera”.

Dios es omnisciente, pero también es soberano, ambos atributos hablan de su eterno conocimiento y de su exclusiva decisión. Y en este sentido, y de acuerdo con el contexto del presente pasaje, si la decisión de salvarse dependiera de uno mismo, nadie sería salvo. Nadie puede nacer de nuevo por sí mismo; ese es el planteamiento del v. 8 de Juan 3.

El nuevo nacimiento es una obra soberana del Espíritu, porque ningún ser humano tiene la voluntad de creer o recibir a Cristo. Increíblemente todos los seres humanos nacen aborreciendo la luz (v. 18-20). El mundo del cual habla Juan es un mundo que aborrece a Jesús. Y es a ese mundo al cual Dios ama y desea salvar.

Porque Jesucristo es la ofrenda de su amor

 …que ha dado a su Hijo unigénito

El amor no es asunto de palabras, es una demostración de hechos. Eso fue lo que Dios hizo. Considere este extraordinario asunto. Dios no solo nos dio la tierra donde habitar, una viva para vivir, una familia al cual pertenecer, sino que nos dio a su Hijo.

Nos dio al Mesías en la persona de su Hijo para morir por nuestros pecados y después vivir con él para siempre (Romanos 5:8). Por eso, “el que tiene al Hijo de Dios tiene la vida”. Una de las cosas que ni siquiera en la eternidad entenderemos es saber cuánto nos amó Dios al momento de entregar a su Hijo.

Algunos escritores antiguos decían que, desde el mismo nacimiento, toda la misión de Jesús hasta su muerte fue la de aplacar la rabia del Padre contra la humanidad pecadora. ¿Cómo explicar esto? ¿Quién mató a Jesús?  ¿Los romanos? ¿Los judíos? ¿El populacho que decía crucifícale, crucifícale? Entonces, ¿quién mató a Jesús? Vamos a verlo en este ejemplo.

Abraham tuvo el hijo de la promesa en su vejez. Siendo un muchacho (algunos calculan entre 18 a 20 años), Dios le pidió que lo ofreciera en sacrificio; y Abraham, en obediencia, fue a la montaña de Moriah a sacrificarlo, y justo cuando levantó el cuchillo, una voz del cielo lo detuvo (Génesis 22). Pero luego Dios sí le permitió sacrificar un cordero trabado en el zarzal. Ese cordero representaba  a Jesús después. Abraham no mató a su hijo, pero Dios sí mató al Suyo, entregándolo por nosotros.

Porque nadie está excluido de ese amor 

… para que todo aquel…

¿Para quién es la invitación? “Para todo aquel”. Esto significa que a Dios no le importa tu condición social, familiar o económica. Para Dios todos cuentan. Cuentan los blancos, los negros, hispanos, americanos, altos, bajos, indios, mulatos, intelectuales o analfabetos; a Él no le importa los años que tengas y el tipo de vida que hayas tenido.

“Todo aquel”, es todo aquel. Es cierto que nadie puede salvarse por sí mismo, pero todos tenemos un papel que desempeñar en nuestra salvación. Dios espera que creamos en él; si eso no se da, no habrá salvación. Esta es su expectativa debido al gran sacrificio efectuado.  Este texto nos dice que el amor de Dios vence todas las barreras y todos los prejuicios. No hay ninguna discriminación en el amor de Dios. El amor de Dios no te rechaza, independientemente de lo que hayas hecho. El amor de Dios es tan serio que te acepta así tú has blasfemado contra él.

Había dos ladrones muriendo al lado de Jesús, y dice el texto que ambos le injuriaban:“Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban crucificados con él” (Mateo 27:44). Ninguna persona escapa al amor de Dios. La oportunidad es para “todo aquel en él crea”. La promesa de la palabra de Dios no excluye a nadie, pues todos los que vengan a él ninguno será echado fuera (Juan 6:37).

Porque hay un sólo medio de alcanzar ese amor

… todo aquel que en él cree…

¿Qué vemos en esta declaración? Que, si bien Dios hace un llamado universal, y esto tiene que ver con las palabras previas (todo aquel), esto se convierte en un llamado personal. Esto habla de una salvación individual. Pero a su vez, esto habla de la única manera cómo podemos ser salvos. No podemos entrar al cielo a menos que vengamos primero a Cristo.

Uno de los grandes textos reveladores de la Palabra, nos dice: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). La condición para ser salvo es que tu creas, pero creer en Cristo. Esto es tan importante mencionarlo, porque algunos han condicionado su entrada al cielo por el solo hecho de tener fe. Pero la pregunta seguirá siendo ¿fe en qué?

Algunos hablan de la fe que mueve la montaña, pero no es la fe, sino el Señor quien puede mover una montaña. La fe debe ser en Cristo, y en nadie más. Nicodemo había identificado a Jesús como un maestro venido del cielo, pero Jesús detuvo a ese otro maestro de la ley, y lo confronta acerca de nacer de nuevo (v. 8). Y el v. 18 pone el asunto más cuesta arriba si no creemos en Cristo. De acuerdo con esto, o somos salvos si creemos o somos condenados si no creemos en Cristo. El “creer” en la Biblia significa “recibir” (Juan 1:12).

Porque hay un glorioso resultado de ese amor

 … tenga vida eterna

Dios ha creado un gran futuro para ti y para mí. El hombre fue creado para la eternidad. Dios quiere que vivamos en su presencia para siempre. Cuando ponemos nuestra fe en Jesús, nuestros pecados son perdonados, y Dios nos da la vida eterna. La vida eterna es nuestro presente y futuro, y Dios ya hizo ese arreglo para todos a través de Cristo (Efesios 2:4-6).  

La vida eterna es el resultado glorioso de su gran amor por nosotros. Pero en este mismo texto se dan dos posibilidades respecto al tema de la vida eterna, según los versículos 17 al 21. Por un lado, se nos afirma el propósito de Dios al enviar a su Hijo al mundo, no para condenarlo, sino para salvarlo. Por otro lado, quien no crea (reciba a Cristo y con eso su nuevo nacimiento), está condenado v. 18. ¿Y por qué vendrá esa condenación? No es por la decisión divina, sino porque “los hombres amaron más las tinieblas que la luz…” v. 19.

La Biblia una y otra vez nos dice que la vida eterna está en el Hijo; eso lo afirma Juan 3: 37 de este mismo texto. Otro texto que el mismo Jesús nos dejó está en Juan 17:3. La vida eterna más que verla en términos de infinitud, o algo sin límites de días o de años, debe verse en términos de comunión con el Padre para siempre. Jesús nos enseñó que la vida eterna debemos medirla en función de la relación, más allá del tiempo.

El amor más grande

Cuando hablamos del amor como uno de los más grandes atributos de Dios, y usamos Juan 3:16, debemos ubicarnos en su contexto inmediato del v. 14. Esa referencia a la serpiente levantada en el desierto es un episodio sucedido en Número 21.

¿Qué había pasado? Los israelitas pecaron, murmurando contra Dios y Moisés, y quejándose de tener “fastidio de este pan tan liviano” v. 5; y fue frente a este insulto, porque se quejaron del Maná enviado por Dios, que Dios en lugar de Maná les envió serpientes ardientes y murió mucha gente de Israel v. 6. Pero Moisés clamó a Dios, y Él le ordenó hacer una serpiente de bronce y ponerla en un hasta, “y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía” v. 9.

Pero ¿por qué eso se aplica a Cristo? ¿Por qué hablar de una serpiente en este pasaje del amor? Porque de la misma manera que Moisés levantó esa serpiente en un hasta, Dios también levantaría a su Hijo en una cruz “para que todo aquel que en el cree no se pierda más tenga vida eterna” v. 15. Pero ¿por qué una serpiente fue relacionada con Cristo? ¿Por qué no fue levantado un cordero? ¿No tendría esto más sentido?

Que sepamos, la serpiente fue maldita en el Edén, y llegó a ser un animal inmundo para los judíos. Y este es el misterio del amor de Dios, porque Jesucristo se hizo maldición por nosotros, aceptando la terrible ira de Dios por nuestra salvación (Gálatas 3:13). Cristo fue maldito por Dios para que nosotros alcanzáramos la justicia de Dios en Él. He aquí la expresión más grande de amor jamás hecha, y jamás conocida. Si alguien se va al infierno no podrá culpar a Dios, porque “de tal manera” Dios lo ha amado. Reciba ese amor hoy.  


Estudios de la serie: Atributos Divinos

1: Santo, Santo, Santo
2: La permanente fidelidad de Dios
3: El amor más grande
4: Por Su misericordia
5: La Justicia de Dios
6: La revelación de la ira divina
7: El rostro de la gracia

Julio Ruiz

Venezolano. Licenciado en Teología. Fue tres veces presidente de la Convención Bautista en Venezuela y fue profesor del Seminario Teológico Bautista de Venezuela. Ha pastoreado diversas iglesias en Venezuela, Canadá y Estados Unidos. Actualmente pastorea la Iglesia Ambiente de Gracia en Fairfax, Virginia.
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