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La piedra desechada -Lucas 20:1-19

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La piedra desechada -Lucas 20:1-19

La piedra desechada por los hombres es, precisamente, la piedra que Dios escogió y exaltó como fundamento de su gran obra de salvación. Lucas 20:1-19

Amados hermanos, al llegar a este pasaje no estamos simplemente ante un relato histórico. Estamos ante la Palabra viva del Dios santo, que hoy examina nuestro corazón. Aquí no solo vemos lo que aquellos hombres hicieron con Cristo al desecharlo. Aquí vemos también lo que el hombre natural sigue haciendo cuando rehúsa someterse al señorío del Hijo de Dios. Piense por un momento en una gran construcción.

Entre muchas piedras, los hombres toman una, la juzgan sin valor y la arrojan a un lado. Pero luego viene el arquitecto y declara que precisamente esa piedra desechada era la más importante de todo el edificio. Así sucede con nuestro Señor Jesucristo. Los hombres le despreciaron, le resistieron y le echaron fuera. Pero Dios, en su soberanía, le exaltó como la piedra principal. Y esa es la verdad central de este pasaje: Jesús fue desechado por los hombres, pero escogido y establecido por Dios.

A medida que avancemos en el texto, veremos cómo ese rechazo fue creciendo: primero resistieron su autoridad, luego despreciaron la voz de Dios, después levantaron su mano contra el Hijo amado, y finalmente tropezaron con la misma piedra que debió haber sido su fundamento. Que el Señor nos conceda oír esta porción de su Palabra con reverencia, con humildad y con un corazón dispuesto a rendirse a Cristo. Sigamos, pues, el movimiento ascendente de este pasaje, pensado en “la piedra desechada”. 

I.      LA PIEDRA PRIMERO FUE RESISTIDA

1. “Dinos: ¿con qué autoridad haces estas cosas?” v. 2.

Cuando vemos quiénes hicieron esta pregunta, pronto descubrimos el espíritu incorrecto de hacerla. Aquellos hombres odiaban y envidiaban a Cristo. Veían su creciente influencia. Observaban cómo menguaba su propio poder. Y si bien la pregunta sonaba respetuosa no nacía de un corazón humilde.

Era una forma de resistir a Cristo. No querían recibir luz; querían conservar su lugar. No buscaban conocer la verdad; buscaban evitar el señorío del Hijo de Dios. Y por eso Jesús les responde de tal manera que los deja al descubierto. Su problema no era falta de información. Su problema era falta de humildad. Así obra siempre el corazón orgulloso: hace preguntas, no para obedecer, sino para escapar. Y así el rechazo empieza resistiendo a Cristo para no rendirse a Él. Y eso sigue pasando hoy.

Muchos no rechazan al Señor diciendo: “No creo”. Lo rechazan diciendo: “Todavía no”. Como Faraón, endurecen el corazón cuando Dios los confronta. Hermanos, la piedra empieza a ser desechada cuando la autoridad de Cristo hiere nuestro orgullo y nos llama a una rendición sincera.  

2. “El bautismo de Juan, ¿era del cielo, o de los hombres?” v. 4.

Con esta pregunta, Jesús mostró que aquellos hombres no carecían de evidencia. Carecían de humildad. Si aceptaban a Juan, debían aceptar también su testimonio acerca de Cristo. Y si lo negaban, quedaban expuestos como rebeldes. ¿A caso no debían recordar cómo Juan había hablado de Él como Cordero de Dios, como Aquel de cuyas sandalias no era digno de desatar las correas?  Con esta pregunta, el Señor respondió con sabiduría y dejó claro que su rechazo nacía del orgullo.

No eran buscadores sinceros de la verdad. Eran defensores de su propio poder. Y así ocurre también hoy. Muchas veces el hombre no rechaza a Cristo porque falten pruebas, sino porque no quiere someterse a lo que ya sabe. La evidencia puede estar delante de sus ojos, pero un corazón endurecido siempre buscará una salida antes que una rendición. La luz no aprovecha al que cierra los ojos. Cuando Dios habla con claridad, la cuestión ya no es información. La cuestión es obediencia.

Hasta aquí vemos que el rechazo a Cristo no comenzó con violencia abierta. Pasa de resistirla a rechazarla una y otra vez. De esto habla el Señor en la parábola de la viña que ahora expone. 

LA PIEDRA FUE RECHAZADA VARIAS VECES

1. “Un hombre plantó una viña… y se ausentó por mucho tiempo” v. 9.

Esta es una de las pocas parábolas relatadas más de una vez por los autores de los Evangelios. Mateo, Marcos y Lucas, todos la exponen con total detenimiento. De este modo, su triple repetición nos señala su importancia. El énfasis será que el rechazo a Cristo se forma poco a poco en un corazón que se acostumbra a resistir a Dios.

En la parábola, el dueño representa a Dios, la viña a su pueblo, los labradores a sus líderes religiosos y los siervos a los profetas enviados con paciencia. Pero cada mensajero fue despreciado. Antes de rechazar al Hijo, ya había una larga historia de resistencia a la voz de Dios. Así sucede también con el pecador. Primero resiste una convicción. Luego desprecia una exhortación. Después posterga el arrepentimiento. Y finalmente se endurece.

Nadie cae de un solo golpe. El alma se enfría poco a poco cuando se acostumbra a ignorar los llamados del Señor. El rechazo abierto casi siempre fue precedido por muchas resistencias secretas. 

2. “…pero los labradores le golpearon, y le enviaron con las manos vacías” v. 10.

La conducta de los “labradores” malvados es una viva representación de la relación del hombre con Dios. Y esto pasó con Israel como nación, y sigue pasando hoy en aquellos que siguen rechazando al Señor. Aquí el rechazo empieza a manifestarse abiertamente. El siervo viene en nombre del dueño a pedir el fruto legítimo de la viña, pero los labradores lo golpean y lo despiden sin nada. No solo se niegan a dar lo que corresponde; también se levantan contra quien viene con autoridad. Enviarlo con las manos vacías fue negar al dueño sus derechos sobre la viña.

Así obra el pecado. Quiere disfrutar los beneficios de Dios, pero no rendirle obediencia, gratitud ni fruto. El hombre natural quiere la viña, pero no al Señor de la viña. Y cuando el corazón se acostumbra a retener lo que pertenece a Dios, pronto también resistirá toda voz que venga en su nombre. Hermanos, darle a Dios “manos vacías” es vivir recibiendo sus bondades sin responder con obediencia.

Pero el rechazo no se detiene en los siervos. La parábola avanza hacia su momento más solemne. Porque el dueño envía no a un mensajero más, sino a su propio hijo. Y es allí donde la maldad del corazón humano queda plenamente expuesta.

LA PIEDRA RESULTÓ SER EL HIJO AMADO   

1. “Este es el heredero; venid, matémosle, para que la heredad sea nuestra” v. 14.

Al llegar a esta parte de la parábola solo tenemos una interpretación. Cuando habla del envío del “hijo amado” Jesús está hablando de sí mismo y del trato que estaba a punto de recibir de manos de los sacerdotes y ancianos. Sabía que, mientras Él hablaba, ellos ya estaban planeando su muerte y diciendo: “Matémosle”.Con lo dicho por Jesús, el rechazo llega a su expresión más abierta y violenta.

Los labradores reconocen al heredero, y precisamente por eso deciden matarlo. No quieren rendir cuentas. No quieren someterse al dueño. Quieren quedarse con la viña sin reconocer autoridad sobre ella. Jesús no es un siervo más. Es el Hijo amado del dueño. Pero el corazón pecador no quiere a Dios en el centro; quiere gobernarse a sí mismo. Por eso procura quitar del camino todo lo que le recuerde que no es dueño de su vida. Al rechazar al Hijo, los labradores no solo manifiestan su rebelión; también sellan su ruina. Quien desecha al heredero termina perdiendo la heredad que quiso usurpar. El pecado no se conforma con desobedecer. Quiere destronar. 

2. “¿Qué, pues, les hará el señor de la viña?” v. 15.

Los labradores creyeron que, al matar al heredero, podrían apropiarse de la viña. Pero lo único que hicieron fue colmar la medida de su maldad. Así enseña el Señor que rechazar a Cristo no es un pecado pequeño. Es una rebelión que llama al juicio. El dueño vendrá. Defenderá su honra. Vindicará a su Hijo. Y quitará la viña de manos rebeldes.

La paciencia de Dios es grande, pero nunca cancela su justicia. Esta pregunta cae sobre el pasaje con un peso solemne, porque nos recuerda que el Señor de la viña no permanecerá en silencio para siempre frente al desprecio de su Hijo. Después de tanta paciencia, de tantos llamados y de tanta maldad acumulada, llega el momento en que su justicia santa responde. El dueño no olvidará al Hijo amado que fue rechazado, echado fuera y muerto. Después de enviar siervos una y otra vez, y después de que su hijo fue despreciado y muerto, ya no queda lugar para que la rebelión quedará impune. La destrucción de Jerusalén fue lo que hizo el dueño de la viña. 

 Ahora vea esto: La piedra rechazada por los edificadores fue puesta por el Padre como la piedra principal. Y esa es la esperanza gloriosa que el pasaje nos presenta en esta parte final. 

LA PIEDRA FUE EXALTADA POR DIOS

1. “La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo” v. 17.

Con este versículo Jesús está citando al salmo 118:22 que proféticamente está hablando de Cristo como la “piedra angular” rechazada. Y es aquí cuando vemos cómo resplandece la gran inversión del evangelio. Lo que los hombres desecharon, Dios lo exaltó. Los edificadores vieron a Cristo como inútil, pero el Padre lo estableció como la piedra principal.

Su rechazo no frustró el plan divino; lo confirmó. Su muerte no fue derrota, sino el camino señalado para su exaltación. El Hijo rechazado fue resucitado y puesto por Dios como el único fundamento seguro para la salvación. La opinión de los hombres no altera el valor que Cristo tiene delante del Padre. La piedra desechada por el mundo sigue siendo la piedra escogida, preciosa e indispensable para todo aquel que quiera ser salvo. Cristo no es un adorno espiritual. Es el fundamento mismo.

2. “Todo el que cayere sobre aquella piedra, será quebrantado…” v. 18.

Esa misma piedra produce dos efectos: para unos es fundamento de salvación; para otros, tropiezo y juicio. Nadie permanece neutral ante Cristo. O el pecador cae rendido sobre la piedra en arrepentimiento y fe, o finalmente la piedra caerá sobre él en condenación. Por eso este pasaje nos lleva a una decisión inevitable.

Si la vida está edificada sobre la propia justicia, sobre la religión o sobre la autosuficiencia, todo terminará cediendo. Solo Cristo sostiene, alinea y salva. Quien tropieza con Cristo no lo derriba a Él; se destruye a sí mismo. Cristo no puede ser tratado como un detalle secundario. O es el fundamento sobre el cual caemos humillados para ser salvos, o será la piedra ante la cual caeremos finalmente para ser juzgados. Si Cristo no es fundamento ahora, después será la piedra de tropiezo.

La piedra desechada

Esta parábola nos deja ante una pregunta que no podemos evitar: ¿qué hemos hecho nosotros con el Hijo? Porque el mismo corazón que resistió su autoridad, despreció a los siervos y levantó su mano contra el heredero, sigue siendo el corazón natural de todo hombre mientras no sea humillado por la gracia de Dios. No estamos delante de un pecado pequeño. Estamos delante del rechazo culpable del Señor de gloria. Cristo, la piedra desechada por los hombres, ha sido escogido, establecido y exaltado por Dios como el único fundamento seguro para pecadores.

De modo que la pregunta es urgente: ¿hemos caído ya sobre esta piedra en arrepentimiento y fe, o todavía seguimos tropezando con ella en nuestra rebelión? Hoy el llamado del evangelio es claro: abandone toda resistencia, renuncie a toda justicia propia y ríndase al señorío de Jesucristo.

Bienaventurado el pecador que es quebrantado ahora delante de Él, porque hallará misericordia, perdón y salvación. Pero terrible será el fin de aquel que persista en desechar al Hijo, porque la misma piedra que hoy es refugio para el creyente será mañana testigo de juicio contra el rebelde. Que el Señor, por su gracia soberana, nos conceda no resistir más a Cristo, sino descansar solo en Él, para la gloria de su Nombre. Amén. 

Julio Ruiz

Julio Ruiz es pastor, teólogo y escritor cristiano. Posee una licenciatura en Teología del Seminario Teológico Bautista de Venezuela y realizó estudios de maestría en Canadá. Ha servido como presidente de la Convención Bautista Venezolana en tres ocasiones y como profesor en el Seminario Teológico Bautista. Durante más de 18 años ha compartido sermones, reflexiones y artículos en diversos medios digitales, publicaciones y redes sociales. Está casado con Carmen Almera Ruiz, con quien ha formado una familia de tres hijas y cuatro nietos. Actualmente es pastor principal de la Iglesia Bautista Ambiente de Gracia, Fairfax Station, Virginia.
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