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Barrabás en lugar de Jesús – Lucas 23:13-25

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Barrabás en lugar de Jesús - Lucas 23:13-25

El pasaje de Lucas 23:13-25 nos muestra un dramático contraste entre Jesús y Barrabás. En esta escena, la liberación de Barrabás ilustra con claridad la gran doctrina de la sustitución divina.

El evangelista nos coloca frente a un contraste imposible de ignorar: de un lado está Jesús, el inocente; del otro, Barrabás, el culpable. Los evangelios presentan a Barrabás como un preso conocido, ligado a una rebelión en la ciudad y acusado de homicidio; no era un simple infractor, sino un hombre asociado con violencia, sedición y muerte.

En aquellos días de Pascua, cuando Jerusalén se llenaba de peregrinos y el ambiente nacionalista se intensificaba, el gobernador romano acostumbraba a soltar un preso escogido por el pueblo, probablemente como gesto político para calmar los ánimos y mantener el orden. Pilato intenta usar esa costumbre como una salida conveniente: pone delante del pueblo a Jesús, en quien no halla delito, y a Barrabás, cuya culpa era pública.

Allí se encuentran dos caminos: la pureza frente a la corrupción, la mansedumbre frente a la violencia, el Dador de vida frente al hombre marcado por la muerte. Humanamente, la decisión parecía obvia: soltar al inocente y castigar al culpable. Pero la multitud pide lo contrario. Barrabás queda libre y Jesús es entregado. Permítanme imaginar por un momento la escena de aquel día. Barrabás está en la prisión. Tal vez escucha los pasos de los soldados acercándose. Él sabe que es culpable; sabe que su sentencia puede terminar en una cruz. Quizá piensa: “Llegó mi hora”.

Pero cuando la puerta se abre, no vienen a llevarlo al madero, sino a anunciarle una libertad que no esperaba. “Barrabás, sal; estás libre”. El culpable sale caminando libre, mientras el inocente camina hacia el Calvario.  En esa escena, la injusticia humana se convierte en una ventana al evangelio: el culpable vive porque el inocente ocupa su lugar. Cristo tomó el lugar del culpable para darle una libertad que no merecía. He aquí la gran doctrina de la sustitución. 

Y para entender la doctrina de la sustitución,  Lucas nos lleva paso a paso desde la inocencia confirmada de Cristo hasta la libertad inmerecida del culpable.

Una radiografía sin ninguna mancha

La radiografía moral de su vida no revela pecado, corrupción, engaño ni violencia. Esto nos recuerda que Cristo no murió por sus propios pecados, sino por los pecados de otros.

  • No he hallado en este hombre delito alguno” v. 14. Esta frase establece la base del sermón: Jesús es inocente. Si el inocente termina condenado, entonces debemos preguntarnos por quién está siendo condenado. Pilato no está hablando como discípulo de Jesús, sino como juez romano; por eso su declaración tiene un peso especial.

    Desde el tribunal humano se confirma lo que el cielo ya sabía: en Cristo no había culpa, ni sombra de maldad, ni causa legítima para la muerte. La cruz, entonces, no será el castigo de un pecador, sino la entrega voluntaria del Justo por los injustos. La expresión “no he hallado en este hombre delito alguno” confirma que la condena de Cristo no nació de una culpa real, sino del rechazo humano y del plan soberano de Dios para salvarnos.  
  • “Y ni aun Herodes, porque os remití a él” v. 15. La inocencia de Jesús no depende de una sola opinión. Tanto Pilato como Herodes confirman que no hay causa digna de muerte. Lucas muestra que el veredicto se repite aun cuando Jesús pasa por diferentes manos y diferentes autoridades.

    Herodes pudo burlarse de Él, menospreciarlo y vestirlo de forma humillante, pero tampoco pudo señalar un crimen real. Así queda más evidente que Jesús no fue llevado a la cruz por falta de justicia en Él, sino por la injusticia de los hombres y el propósito redentor de Dios.  

Una indecisión que negoció la inocencia

  • “Le soltaré, pues, después de castigarle” v. 16. Pilato busca una salida que le permita evitar una decisión firme. La costumbre de soltar a un preso durante la fiesta parece ofrecerle una solución conveniente: podía liberar a Jesús sin enfrentarse directamente a la multitud. Este texto está lleno de una gran ironía. Lo que Pilato quiere hacer no es legal: azotar a un inocente para complacer a los acusadores. 

    Pilato, el encargado del veredicto, reconoce la inocencia de Jesús, pero no actúa con justicia completa. Quiere castigarlo, aunque sabe que no merece condena. Esta frase revela el conflicto interno de Pilato: quiere soltar a Jesús, pero también quiere complacer a la multitud. Pretende quedar bien con la verdad y al mismo tiempo quedar bien con el pueblo. Pero cuando la justicia se negocia, el inocente termina sufriendo y el culpable encuentra una puerta abierta. Así ha sido, y el juicio a Jesús mostró esa debilidad de la justicia, quedando mal parada.  

  • “Y tenía necesidad de soltarles uno en cada fiesta” v. 17. Aquí entra Barrabás en la escena. No aparece como un hombre inocente, ni como una víctima de injusticia, sino como un culpable reconocido. La comparación es inevitable: Jesús no tiene delito; Barrabás sí. Jesús merece ser soltado; Barrabás merece ser condenado. Sin embargo, la historia tomará el camino contrario. Pilato pensó que podía liberar a Jesús sin enfrentarse a la presión de la multitud, pero la verdad no puede sostenerse sobre soluciones a medias.

    Pilato sabía que Cristo era inocente; el problema no era falta de evidencia, sino falta de determinación. Muchas veces la indecisión busca esconderse detrás de procedimientos, costumbres o excusas para no obedecer lo que es correcto. Pilato quiso evitar el costo de hacer justicia, pero terminó participando en una de las mayores injusticias de la historia.

    La obediencia a Dios siempre requiere más que reconocer lo correcto; requiere la valentía de actuar conforme a ello. Pilato no pasó a la historia como un hombre decidido, sino como alguien que supo la verdad y no tuvo el valor de obedecerla. De Pilato no se dirá nada bueno después.

Una escogencia espiritualmente incomprensible

  • “¡Fuera con este, y suéltanos a Barrabás!” v. 18. La multitud toma una decisión espiritualmente incomprensible: rechaza al Santo y pide la libertad del criminal. La frase muestra rechazo y sustitución. No solo quieren la libertad de Barrabás; quieren que Jesús sea quitado de en medio. La multitud no está pidiendo simplemente un favor para un preso; está expresando el deseo de apartar al Santo de su presencia.

    En esa elección se revela la tragedia del corazón humano: cuando no quiere rendirse a Cristo, prefiere cualquier cosa antes que someterse a su señorío. Barrabás representa lo que el hombre escoge cuando su corazón está cegado por el pecado: violencia en lugar de paz, culpa en lugar de inocencia, muerte en lugar de vida. Esta escena nos confronta directamente, porque cada vez que el ser humano prefiere su propio camino antes que a Jesús, repite espiritualmente el mismo clamor: “fuera con este”.

    Pero la gracia de Dios se muestra precisamente allí, porque aun cuando Cristo fue rechazado por los hombres, fue entregado para salvar a pecadores. Cada vez que el pecado prefiere su propio camino en lugar de Cristo, repite en su corazón la misma elección: fuera Jesús, suéltanos a Barrabás
  • “¡Crucifícale, crucifícale!” v. 21. La voz del pueblo se vuelve más dura. Ya no basta con preferir a Barrabás; ahora exigen la muerte de Jesús. La multitud no responde con argumentos, sino con gritos; no presenta pruebas, sino presión; no busca justicia, sino satisfacción para un corazón endurecido. Pilato pregunta por la culpa de Jesús, pero ellos no pueden señalar ningún mal real, porque no había pecado en Él. Sin embargo, mientras más se afirma su inocencia, más fuerte se escucha el clamor por su crucifixión.

    Esto nos muestra que el problema no estaba en Cristo, sino en el corazón de quienes lo rechazaban. Pero aun en medio de esa injusticia, Dios estaba llevando adelante su propósito redentor. El mismo Jesús que ellos querían quitar de en medio sería levantado en la cruz para abrir camino de perdón, vida y reconciliación con Dios. Así es el pecado: comienza rechazando la autoridad de Cristo y termina levantándose contra Él.

Una pregunta que confirmó la inocencia

  • “Él les dijo por tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho este?” v. 22. La pregunta de Pilato vuelve a poner en evidencia la inocencia de Jesús. Por tercera vez intenta detener el proceso y obliga a la multitud a confrontar una realidad innegable: no existe una causa legítima para condenarlo. Sin embargo, la pregunta queda sin respuesta, porque no había mal alguno en Cristo. La multitud no responde con razones ni con evidencias; responde con gritos.

    Cuando el corazón se endurece, no dialoga con la verdad, sino que la resiste. Pilato conocía la verdad y reconocía la inocencia de Jesús, pero su insistencia resultó inútil porque no estuvo acompañada de una decisión justa. Pilato no pudo evitarle la cruz a Cristo, aunque insistió hasta seis veces. Sabía lo que debía hacer, pero no estuvo dispuesto a pagar el precio de hacerlo. Esta escena nos enseña que reconocer la verdad no es suficiente si no nos rendimos a ella.

    Muchos pueden admirar a Cristo, respetar sus enseñanzas e incluso afirmar que no hay falta en Él, pero mientras no se sometan a su señorío permanecen en la misma condición de Pilato: convencidos por la verdad, pero sin obedecerla y seguirla. 

Una sentencia que cambió el destino del culpable

  • “Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían…” v. 24. Finalmente, Pilato cede. Después de reconocer varias veces la inocencia de Jesús, pronuncia una sentencia que contradice su propio veredicto. Sabe que Cristo no merece condenación, pero prefiere satisfacer la voluntad de la multitud antes que defender la justicia. En ese momento, la voz de la presión popular pesa más que la voz de la verdad. Esta decisión revela hasta dónde puede llegar el corazón humano cuando el temor a los hombres supera el temor a Dios.

    La sentencia de Pilato no fue simplemente un error judicial; fue la entrega consciente del Inocente para complacer a una multitud endurecida. El juez que debía proteger al justo termina autorizando su condena. Sin embargo, detrás de aquella sentencia injusta estaba obrando la perfecta soberanía de Dios. Lo que para los hombres fue un acto de cobardía e injusticia, para Dios era el camino por el cual el Cordero sería llevado al sacrificio. Así, la sentencia que parecía el triunfo del pecado se convirtió en el escenario donde comenzó a manifestarse la redención. Pilato sentenció en la tierra lo que ya el cielo había decidido. 
  • “… y entregó a Jesús a la voluntad de ellos” v. 25. Estas palabras son de las más solemnes de todo el relato de la pasión. En ellas vemos el fracaso de la justicia humana, pero también el cumplimiento perfecto del propósito divino. Aquel a quien los hombres entregaron por odio, el Padre lo entregaba por amor. Jesús quedó en manos de pecadores para que los pecadores pudieran quedar en las manos de Dios. Nadie levantó su voz para defenderlo, y Él no abrió su boca para defenderse a sí mismo, porque sabía que estaba caminando voluntariamente hacia la cruz.

    Allí, el Inocente sería tratado como culpable para que los culpables pudieran ser declarados inocentes. Cada paso hacia el Calvario proclamaba una misma verdad: Cristo estaba ocupando el lugar que nosotros merecíamos. Ahora es el turno de las manos sucias por el pecado, agarrando y tocando la vida del hombre más santo, puro e inocente que haya pisado la tierra, el Señor Jesucristo. 

Barrabás como espejo

Al mirar esta escena, no debemos ver a Barrabás solo como un personaje histórico, sino como un espejo. Él representa al culpable favorecido por una libertad inmerecida. Jesús representa al Salvador inocente que ocupa el lugar del culpable. ¿Qué hizo Barrabás para merecer su libertad? La respuesta es: nada. No pagó la deuda. No presentó una defensa.

No consiguió su libertad por sus méritos. Otro ocupó su lugar. Y ahí está la grandeza del evangelio: Cristo tomó el lugar que correspondía al culpable. Por eso, la pregunta final no es solamente qué hizo aquella multitud con Jesús, sino qué haremos nosotros con Él. Rechazarlo sería repetir el grito de la multitud; creer en Él es reconocer que el Inocente tomó nuestro lugar para darnos vida. La decisión nuestra revelará de qué lado estaremos.

Jesucristo no opuso resistencia, porque previamente había dicho “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Él iba a ser nuestro sustituto. Así, pues, la pregunta de Pilato sigue vigente: “¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo?” 

Julio Ruiz

Julio Ruiz es pastor, teólogo y escritor cristiano. Posee una licenciatura en Teología del Seminario Teológico Bautista de Venezuela y realizó estudios de maestría en Canadá. Ha servido como presidente de la Convención Bautista Venezolana en tres ocasiones y como profesor en el Seminario Teológico Bautista. Durante más de 18 años ha compartido sermones, reflexiones y artículos en diversos medios digitales, publicaciones y redes sociales. Está casado con Carmen Almera Ruiz, con quien ha formado una familia de tres hijas y cuatro nietos. Actualmente es pastor principal de la Iglesia Bautista Ambiente de Gracia, Fairfax Station, Virginia.
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