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Escrito por Julio Ruiz
Publicado el 11 Octubre 2010
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(Proverbios 10:22; Deuteronomio 28:1-6)

INTRODUCCIÓN: En algunos de nuestros países existe una muy sana costumbre donde los padres enseñan a sus hijos a pedir la bendición. Este sencillo acto crea lazos afectivos y hasta espirituales en los hijos. Muchos hijos no saldrían de sus hogares sin pedir la bendición. El hijo que se formó en ese ambiente cree que la bendición posee una especie de cobertura de bienestar para todo el día. Al regresar a su casa volverá a hacer lo mismo, como si esta vez estuviera agradeciéndole a sus padres por la protección dada.  El hijo cree que esta declaración tiene una especie de “unción divina” que lo cubrirá siempre. Por supuesto que la fuerza de la costumbre hace que muchos padres hayan perdido el sentido de lo que hacen. La otra bendición es la que acostumbramos a darnos los creyentes al momento de vernos o al despedirnos. Al decir “bendiciones” o “Dios te bendiga”, estamos deseando que un favor muy especial sea otorgado a la persona que saludamos. Lo mismo hacemos cuando escribimos alguna carta o algún e-mail. Algunos de nosotros no nos despediríamos sin otorgar esa bendición. En el caso de la iglesia es normal desearnos una bendición. De hecho los pastores solemos dar nuestras bendiciones a las familias  y hermanos que componen la iglesia. Al hacer esto les manifestamos a los demás nuestros más profundos deseos porque todas las ayudas del cielo acompañen a la persona. Por supuesto que  el impartir esta bendición no debiera hacerse de una manera mecánica, como un simple saludo porque voy de paso. Por otro lado tenemos que estar avisados porque hay bendiciones que por venir de ciertos conjuros mágicos, de fuentes espirituales ocultas, empobrecen. Muchas personas sin saberlo están acarreando maldiciones por haber recibido alguna vez  una “bendición” de esos lugares. Así que fuimos llamados para ser herederos de  bendición; pero, ¿qué tipo de bendición? Consideremos  la bendición que enriquece.

I.    LA BENDICIÓN QUE ENRIQUECE TIENE UN ORIGEN DIVINO

1. Jehová te bendiga y te guarde (Nm. 6:24-26).  Esto es lo se ha conocido como la “bendición sacerdotal”. Israel no conoció otra bendición que no fuera esta. El que la pronunciare un ministro del Señor como lo era el sacerdote, llevaba consigo los beneficios de una larga duración en el tiempo. Y es que toda  bendición verdadera proviene de Dios. Él es su fuente original. Esta bendición está relacionada con la vida misma. Cuando Dios creó la primera pareja lo primero que hizo fue darles su bendición (Gn. 1:28). Tras esa bendición se le ordenó crecer y multiplicarse, lo cual pronto lo hicieron.  La bendición está acompaña de la fecundidad. Solo Dios puede crear vida, el hombre lo que ha hecho es una extensión de lo que ya Dios ha hecho. Solo Dios tiene la fuente de toda bendición. Y bajo esta bendición el hombre fue formado; la maldición le vino como consecuencia de su pecado. Lamentablemente no fue sino por su desobediencia que todo sería maldito, incluyendo la tierra que luego tendría que labrar. Contar con la bendición de Dios es algo que nos hace vivir seguros todos los días. Después que Caín mató a su hermano Abel, le acompañó una maldición de la que nunca se separó  hasta la muerte. Sin embargo Enoc caminó en bendición, y agradó te tal manera a Dios, hasta ser el primer mortal que experimentó arrebatamiento al cielo. Al caminar así buscamos la bendición del Padre, del Hijo y la del Espíritu Santo. Un creyente genuino camina en esta bendición.

2. “Haga resplandecer su rostro sobre ti. …” La bendición de Jehová se manifiesta en el rostro de la persona. ¿Cómo puede el rostro de Dios resplandecer sobre alguien? La versión internacional traduce: “Dios te mire con agrado”. Aquí tenemos un símbolo de complacencia de parte del creador. El rostro del Señor es su gesto de favor y bondad hacia los que considera sus propios hijos. A través de su rostro descubrimos nuestro  verdadero rostro, de vernos más como hijos y no como esclavos. Ese rostro no se hace a través de una máscara o careta.  No es hecho a través de una cirugía plástica. El propósito de la bendición de Dios ejerce una cobertura sobre una persona hasta sacar de ella un cambio profundo.  Cuando tenemos un encuentro con el Señor su bendición se refleja en  nuestro rostro cambiado. No hay feos en la comunidad de la iglesia. El resplandor de Dios lo hace hermoso. No importa las características que tenga su rostro: ancho, largo, chiquito, ovalado, negro, blanco, moreno… El asunto es que cuando alguien le vea pueda ver en usted un rostro distinto. Como Esteban, cuyos asesinos vieron el rostro de un ángel al morir. Usted es llamado para brillar. Si tiene esta bendición, su  rostro debería brillar.


II.    LA BENDICIÓN QUE ENRIQUECE TRASCIENDE LO MATERIAL

1. La bendición de Dios es más que una cuenta bancaria (Lc. 12:15). Alguien dijo que “un hombre verdaderamente rico, es aquel cuyos hijos corren a sus brazos aun cuando tiene las manos vacías”. Si trabajamos solo para dejarles bendiciones materiales a nuestros hijos, estaremos creando hijos sin principios ni valores. El asunto es que la bendición de Dios no se mide con los bienes materiales. Con sabiduría Jesús dijo: “La vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lc. 12:15). Así que contrario a la mal llamada “teología de la prosperidad”, en la bendición de Dios hay algo más profundo y subjetivo que no depende de cuánto tenemos en nuestras cuentas de ahorrado o a la abundancia de posesiones de nuestras casas. Mas bien la promesa de la palabra nos dice: ““Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos; y brotarán entre hierba, como sauces junto a las riberas de las aguas.” (Isaías 44:3-4). Si la bendición de Dios es derramada sobre el “sequedal” y sobre las “tierras áridas”, hemos de saber que lo que Dios nos da trasciende lo temporal y lo material. La bendición que enriquece no “añade tristeza con ella” (Pr. 10:22), porque al venir de Dios, libra al hombre de las ansiedades y preocupaciones que lleva consigo el bienestar mal adquirido.

2. La bendición de Dios mira lo que no se ve (2 Co. 4:18). Nos acostumbramos a contar las bendiciones por las cosas que poseemos. La vida de muchos hombres es parecida al “rico insensato”, quien después de haber acumulado tanto, le dijo a su alma: “Alma, muchos bienes tienes… repósate, come, bebe, regocíjate…” (Lc. 12:19). Los que de esta manera viven no pueden ver las “cosas que no se ven”. No pueden ver las bendiciones espirituales que otros disfrutan, viviendo en una gran felicidad aunque estén desposeídos de todo. Pablo decía que las “cosas que no se ven son eternas”, por lo tanto son las que más debemos buscar. Pero también es un hecho que cuando buscamos primeramente el reino de Dios y su justicia, todas las cosas son añadidas. Sin nuestra prioridad son las cosas espirituales, si estas bendiciones son las que más buscamos, no nos sorprendamos de cuantas bendiciones materiales Dios nos da. El Señor le dijo a la mujer samaritana: “Cualquiera que bebiera de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiera del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás…” (Jn. 4:13,14). Las bendiciones de Dios trascienden el “agua” del pozo de Jacob. Las bendiciones de Dios van más allá de los panes y los peces. Las bendiciones de Dios ponen en libertad a los cautivos por causa del pecado.

III.    LA BENDICIÓN QUE ENRIQUECE DEPENDE DE LA OBEDIENCIA

1. La bendición y la maldición están delante (Dt. 30:19).  El pueblo de Israel nació bajo una bendición. Dios le pidió a  Abraham que saliera de su tierra natal para darle otra que fluía leche y miel. Como resultado de su obediencia, Dios le dijo que haría de él una nación grande para que fuera bendición a otros. Los que le bendijeran, Dios los bendecía; y los que le maldijeren, Dios le maldeciría (Gn. 12:2, 3). Desde entonces la bendición y la maldición han quedado para ser tomadas. Quien bendiga a Israel recibirá bendición, pero quien maldiga a este pueblo queda bajo maldición. Este mismo asunto quedó para ser aplicado en la vida de Israel mismo, pero ahora sujeto a su grado de obediencia. Dios puso delante de su pueblo ambas cosas: la bendición y la maldición. La bendición si oían su voz, y la maldición si se apartaban de su palabra (vv. 28, 29). Las promesas de la bendición no podían ser mejores. En vista de su obediencia, las bendiciones vendrían a ellos y le alcanzarían (Dt. 28:2). Cuando obedecemos a Dios, su bendición vendrá sobre la ciudad, el campo, el fruto del vientre, el fruto de la tierra, el fruto de las bestias. Habrá una bendición para la salida y la entrada.  La bendición vendrá sobre los graneros y sobre todo aquello que pusieres tu mano. El pondría a su pueblo por cabeza y por cola (Dt. 28:2-14). Dios bendice la obediencia. Lo hizo ayer y lo hace hoy con sus hijos. Escojamos lo mejor (Dt. 30:15).

2. Las bendiciones que dependen de nosotros (Dt. 30:9-10). Una y otra vez descubrimos por la palabra que Dios está altamente interesado en bendecirnos, pero que muchas veces no disfrutamos de su bendición por nuestra propia desobediencia. Aunque hemos dicho que las bendiciones de orden material no son las más importantes, no es menos cierto que nuestro Dios está muy interesado en aliviar nuestras cargas cotidianas y darnos bendiciones materiales como lo hizo con su pueblo en el pasado. Una revisión de la forma cómo Dios sostuvo a su pueblo nos indica que las bendiciones materiales responden a nuestro grado de lealtad y fidelidad a su palabra. En Deuteronomio 30:9, 10 encontramos esta declaración: “Y te hará Jehová tu Dios abundar en toda la obra de tu mano… cuando obedecieres a la voz de Jehová tu Dios…”. Un asunto que nos revelan estos textos es que somos llamados a liberar esas bendiciones. La obediencia nuestra es la llave que libera las ventanas de bendición de las que el mismo Dios nos ha hablado. Hay bendiciones represadas en los almacenes divinos. Jesucristo dijo: “Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre, pedid y se os dará…”. ¿Está librando esas bendiciones?

IV.    LA BENDICIÓN QUE ENRIQUECE ESTÁ  EN JESUCRISTO

1. Bendecidos con toda bendición (Ef. 1:3). Hay personas que se gozan porque tienen bendiciones materiales o las que han cosechado como resultado de algún logro académico o hasta sentimental. Pero note que cuando venimos a Cristo, cada uno de nosotros ha sido dotado con “toda bendición”. El apóstol Pablo se refirió a los colosenses en su gran carta de la Cristología, diciendo: “Y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad” (Col. 2:10). No nos falta absolutamente nada cuando conocemos a Cristo. En Cristo encontramos la bendición de la gracia, contrario a las exigencias de la ley. En Cristo encontramos la bendición del perdón, contrario a la condenación del pecado. En Cristo encontramos la vida abundante, contraria a la muerte y destrucción que ofrece Satanás.  En Cristo la vida tiene sentido, contrario a la vida vacía y sin propósito que el mundo nos deja. Pero sobre todo, en Cristo encontramos la bendición de la vida eterna, contrario a la perdición que se hallará en el infierno. La bendición de Cristo llena cada área de nuestra vida.

2. Bendecidos en los lugares celestiales (Ef. 1:3). Las bendiciones de los que somos objetos aquí en la tierra, ya tienen su repercusión en el cielo. Pero muchos que han sido perdonados y limpiados con la sangre de Cristo pudieran vivir en las miserias. Es sabido a que a muchas vidas cristianas pareciera faltarles algo, de allí que vivan buscando nuevas experiencias. Hay creyentes que viven inseguros, insatisfechos, sin gozo verdadero. Muchos creyentes no han entendido la posición que tienen en Cristo. Pablo nos dice en Efesios 2:6 que después que fuimos resucitados con Cristo, “nos hizo sentar en lugares celestiales en Cristo Jesús”. Y, ¿dónde está Cristo ahora? ¡Al lado del trono de su Padre! ¿Se había puesto a pensar que esa es también su posición? Por seguro que algunos de ustedes me dirán, “pastor yo no me siento en esos lugares, más bien me siento como en un desierto, en medio de frustraciones, pruebas y padecimientos, no entiendo eso”. El asunto es que en el mismo momento que tú pones tu confianza en el Señor, él mismo te introduce a su presencia, pues Cristo se encargó de abrir el acceso al Padre. Es un asunto sublime que mientras viva en la tierra, ya tengo una posición en los cielos. No es poca cosa lo que significa mi posición delante del Señor. A través de Cristo ya disfruto de esas bendiciones celestiales. Ahora puedo ver la gloria del Padre y las dimensiones celestiales. Cristo ha hecho posible mi salvación, pero también mi bendición celestial. Esta es la bendición que enriquece.

CONCLUSIÓN: Hemos dicho que la bendición que enriquece definitivamente proviene del cielo, trasciendo lo temporal, demanda de nosotros obediencia y es la bendición que se encuentra en Jesucristo. Uno de los grandes textos de las Escrituras que nos recuerdan las promesas con las que Dios quiere bendecirnos, nos dice: “Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan” (Is. 58:11). Estas son las bendiciones que enriquecen. ¿Ha sido usted enriquecido por esta bendición? ¿Puede usted contar esas bendiciones ahora? ¿Ha sido salvo?


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- - La bendición que enriquece

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