Del escritorio de Julio Ruíz

El camino de la restauración

El camino de la restauración

Nehemías 1

Todo creyente que ame al Señor y su historia debería estudiar el libro de Nehemías, porque no hay otro como él para revelarnos las consecuencias de la desobediencia cuando se dejan los mandamientos del Señor.

Los muros de la ciudad de Jerusalén eran su más grande símbolo de seguridad, protección y prosperidad. Pero al ser derribados nos encontramos con una ciudad destruida y sumergida en la más asombrosa miseria. Pero la verdad de ayer es la misma de hoy cuando vemos cómo los muros de protección moral y espiritual de nuestros países y familias han sido destruidos, convirtiendo lo que vemos en dolor y en una gran miseria humana.  

Las ruinas de Jerusalén son un cuadro vivo de lo que significa dejar al enemigo entrar, derribar y destruir nuestros muros de protección. Y es aquí donde el libro de Nehemías nos va a mostrar el camino de la restauración frente a la ausencia de la paz, la falta de seguridad, hasta llegar a ordenar la condición maltrecha de nuestra vida.

Nehemías era el copero del rey, o sea quien probaba el vino por si alguien procuraba envenenarlo. Pero el oír de las noticias desalentadoras de la condición Jerusalén en ruinas, la ciudad de Dios y de sus padres, produjo en él un estado de profundo dolor y tristeza que lo llevó a salir para involucrarse con las miserias de su pueblo.

En eso consiste el libro de Nehemías y de eso se trata esta predicación. Sigamos a Nehemías en esta obra de reconstrucción. Consideremos cuándo y cómo prosigue la restauración de nuestros muros caídos.  

Comienza cuando escuchamos que todo anda mal

Los de la cautividad están en gran mal y afrenta

Nehemías 1:3a. El informante de las malas noticias de la condición de Jerusalén fue dado por Hanani, hermano de Nehemías. No siempre hay noticias creíbles, porque depende quien las diga, pero esta no deja lugar a las dudas. Una comisión precedida por su propio hermano vino a dar la noticia.  

Nehemías preguntó por los que habían escapado y por los que se habían quedado. 2, y la respuesta es que estaban muy mal. Considere lo siguiente de esta noticia: Nehemías vivía en el palacio con toda la comodidad, pero aquí está su gente sufrida, trayéndolo una noticia desoladora, informando del dolor y la miseria en la que ahora están. El sufrimiento de ellos no pudo ser comparado con la comodidad de Nehemías.

Y los establecidos en Babilonia también habían prosperado, porque de los tres millones que se fueron, solo unos 50.000 habían regresado. Pero los habitantes de Jerusalén estaban en “gran mal y afrenta”. Estas dos palabras describen cuán mala era aquella noticia. ¿Y no es acaso esta noticia la que estamos viviendo hoy? Mientras algunos están en comodidad, otros viven en una gran afrenta.

El muro de la ciudad está derribado

Nehemías 1:3b. Cuando leemos un poco de la historia del cautiverio causado por el rey Nabucodonosor, nos encontramos que, desde ese tiempo hasta los días de Nehemías habían pasado 100 años cuando los primeros cautivos regresaron a la Tierra Prometida; y a esto se añaden 50 años más cuando Jerusalén fuera destruida.  

Pero ¿cuál era la situación? Pues que después de tanto tiempo, los muros de la ciudad todavía estaban en ruinas. Esta noticia no podía ser peor. Una ciudad sin muros en ese tiempo estaba estancada, y con todas sus cosas valiosas listas para ser saqueadas, y eso sucedió en Jerusalén. Si tomamos el muro de Jerusalén derribado como símbolo de nuestras vidas descubrimos muchas lecciones.

Cuando nuestros “muros espirituales” han sido derribados ya no queda ninguna habilidad para resistir los ataques destructivos. Al romperse esos muros dejas abierta la puerta para que entren muchos hábitos pecaminosos los cuales son difíciles de dejar.  Cuando el muro de protección ha sido derribado quedas sin protección y a expensas de quienes te conquistaron. Al darse esto, los enemigos de tu alma te invaden  sin ninguna salida. ¿Te encuentras en cautiverio ahora?

Las puertas quemadas al fuego

Nehemías 1:3c. Si el muro era importante, mucho más lo eran las puertas para la ciudad. El muro contenía un total de doce puertas. Un estudio de cada una de esas puertas nos muestra su importancia y su razón de ser para toda la ciudad. P

or ejemplo, “la puerta de las ovejas” era el lugar donde los sacerdotes llevaban a estos animales para el sacrificio. Por “la puerta de los caballos” entraban y salían los jinetes para la guerra. “La puerta del pescado” era la entrada para el comercio de este necesario alimento. Y así el resto de las doce puertas. Cada una de ellas tenía una función importante.

Ahora imagínese todas esas puertas quemadas por el fuego durante tantos años. La ciudad quedó desamparada, a merced de quienes querían seguir saqueando y destruyendo. He aquí un cuadro triste y doloroso. Las puertas arruinadas y quemadas son un símbolo de una falta de protección, y a su vez es un reflejo del trabajo del enemigo hecho en nuestras almas.

Por otro lado, las puertas son vías de entrada y salida. Son la forma en que otras personas llegan a conocerte como realmente eres. Tal vez tienes “puertas” destruidas o quemadas, y estás sufriendo en silencio y nadie tiene acceso a ti, entonces es hora de abrir tu puerta al Señor.

Continúa con un quebrantamiento del alma

“Cuando oí estas palabras me senté y lloré…”

Nehemías 1:4ª. Hay noticias que tocan las fibras más íntimas de nuestro fuero interno, y dependiendo de su magnitud, algunas de ellas producen un visible quebrantamiento y en algunos casos se convierten en desbastadoras. Esto parece ser lo ocurrido con Nehemías.

Hay tres verbos en esta corta oración: oír, sentarse y llorar. A veces no hay quebrantamiento en nuestras almas porque no oímos de las necesidades de otros. Podemos estar tan metidos en nosotros mismos que nos convertimos en seres insensibles. Pero ¿qué hizo Nehemías?

Pues lo primero fue oír. No siempre tenemos esa capacidad cuando nos están hablando de alguna situación negativa; a veces eludimos ese tipo de conversación.

Pero además de eso, Nehemías se sentó. Esto habla de la capacidad de pararse y digerir una situación en la vida. No siempre nos sentamos, porque estamos acostumbramos a ir andando y de prisa. Pero es sentado cuando podemos vernos internamente y a su vez ver cómo levantar la carga de otros. Es sentado, en la meditación con el Señor, donde se da el quebrantamiento. También es sentado cuando brotan las lágrimas. La restauración no puede venir si no me detengo para oír a mi Señor en la intimidad.

“Hice duelo por algunos días…”

Nehemías 1:4b. Ahora Nehemías sabe del gran drama de su gente, pero antes de emprender alguna acción, él deja que su alma se quebrante. Cuando Dios quiere usarte para bendición de otros primero debe hacer un trabajo contigo.

Hacer duelo por varios días es postrarse delante del Señor en total rendición a él. El duelo más cercano del que tenemos conocimiento es cuando muere un ser querido. En la antigüedad había la costumbre de hacer duelo por muchos días cuando moría alguien muy importante para una nación o familia. Tenemos el caso de Moisés donde el pueblo tuvo cuarenta días de duelo por él.

El duelo de Nehemías fue para ser parte del dolor de su gente, pero a su vez lo fue para él mismo. En su caso, “hacer duelo por algunos días” es como si él mismo hubiera muerto. Era una actitud de profunda tristeza. Debemos reconocer que no siempre tenemos esta actitud, pero la condición del mundo debiera llevarnos a hacer duelo también por él.

El duelo es una experiencia dolorosa del alma. Es un dolor por algo que se ha ido (un familiar o amigo), y en el caso de Nehemías, es un dolor por el estado de pobreza de su gente. Más adelante el rey le preguntaría “¿Por qué está triste tu rostro?” (2:2).       

Y ayuné y oré delante del Dios de los cielos”

Nehemías 1:4c. Nehemías es un vivo ejemplo de mantener la palabra y la fe en medio de un contexto totalmente pagano, como era el caso de estar en el palacio de un rey no judío. Pero este joven, al igual que Daniel y sus amigos, no negaron su fe, y aunque estando lejos de su tierra, y su herencia judía, nunca abandonaron su fe y aquello que la alimenta.

Nehemías había aprendido las dos disciplinas para llegarnos delante del Padre celestial si deseamos ver su intervención en nuestras vidas, y en las de otros: el ayuno y la oración. Así, pues, después de oír, sentarse, y llorar, Nehemías decidió entrar en la presencia misma de Aquel que le daría la dirección ante las noticias oídas.

No hay disciplinas más quebrantadoras del alma como son el ayuno y la oración. En la primera se somete al cuerpo, así como Pablo decía: “golpeo mi cuerpo” para que me obedezca. La segunda disciplina es la de la oración; es entrar “confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16).

La Biblia dice que a un corazón humillado Dios siempre le dará la bienvenida, y el ayuno y la oración son las herramientas usadas por él para ese quebrantamiento.

Prosigue con la búsqueda de una salida

A través del carácter de Dios

Nehemías 1:v.5b-6a. Nehemías oyó de la ruina de su pueblo. La noticia lo había devastado, pero ahora expone su causa no ante el rey Artajerjes, sino ante el Dios de sus padres, el único y sabio Dios. Lo primero que hace es reconocer su carácter.

Reconocer quién es Dios es el camino en la recuperación de la angustia y la ruina. El Dios de Nehemías era de los cielos, “fuerte, grande y temible”. A ese Dios, él ora y pide que estén “abiertos sus ojos” para una demanda de su atención. Eso quiere decir que, frente a la angustia de su alma y el sufrimiento por su gente, Nehemías sabía dónde refugiarse y a quién invocar en ese momento

¿Te sientes como Nehemías, y tienes ganas de llorar y de lamentarte? Pues cuéntaselo a Dios. Ese siempre será el lugar para comenzar, porque Dios es un Dios que oye. Él presta atención a las oraciones de su pueblo, porque él  es un Dios de poder para no dejarnos postrados en nuestra condición.

A través de una confesión de nuestros pecados a él

Nehemías 1:6b-7.  Hay algo grande en esta declaración de Nehemías. Lo primero en observar es la ausencia de la justicia propia. Él no era un fariseo para considerarse sin responsabilidad ante las malas noticias.

Al saber de la situación que llevó a su pueblo a ese estado tan deplorable, él simplemente dice: «Yo he contribuido a este problema. Hay cosas que hice o dejé de hacer que han hecho posible esta ruina. Confieso ante ti, Señor, mis pecados y los de mi gente». Una oración quebrantada de esta manera siempre será oída, porque el “corazón contrito y humillado no desprecias tú, oh, Dios”.  El no reconocer nuestras faltas, y hasta justificarlas no contribuyen para nuestra restauración.

Seguramente Nehemías no tenía necesidad de una confesión de este tipo, porque a lo mejor le llevaron a ese palacio siendo muy joven, pero él sí sabía las causas de aquella ruina. Cuando sabemos del deterioro en el que vive nuestra familia, la sociedad y el mundo, nos vemos obligados a hacer este tipo de confesión.

A través del recordatorio de las promesas

Nehemías 1:8-10. Si algo sabía Nehemías era de las promesas de Dios. Aun cuando vivía lejos de su pueblo, lo que recibió en su infancia estaba muy vivo en su corazón. De esta manera, él recuerda las promesas dadas a Moisés su siervo en Deuteronomio 28-30.

En esas promesas Moisés describe proféticamente toda la historia de Israel. Dijo que si desobedecían a Dios serían esparcidos entre las naciones e irían al exilio. Pero si allí se volvían su maldad, Dios los restauraría y los traería de vuelta a la tierra. Nehemías le recuerda a Dios esa promesa maravillosamente llena de gracia. Con esta promesa Nehemías reafirma a un Dios de perdón, de restauración, y a un Dios grande en poder. 

Cuando el corazón está bien, Dios puede cambiar todas las circunstancias externas de una situación y hacerla completamente diferente. Y lo hará. ¡Él promete que lo hará! Sus promesas no han dejado de cumplirse.

El camino de la restauración

Los versículos 10-11 son claves en esta oración para cerrar este camino a la restauración. Un hombre como Nehemías sabía que nadie era más poderoso como su Dios. Que nadie más podía suplir las necesidades para emprender esta empresa de restauración como lo haría Dios, pero a su vez está consciente que hay un rey terrenal quien podía ayudar a sus hermanos en este momento.

Cuando nuestro corazón está en la misma sintonía con la del Señor, incluyendo el quebrantamiento del alma, Dios no dejará nuestra oración en una simple súplica, él usará sus instrumentos para darnos la respuesta y de esa manera proseguir en el camino de la restauración.

Nehemías era el copero del rey v. 11, lo cual le permitía un acceso constante a su presencia y solicitar los recursos para la reconstrucción. No importa cuál sea la ruina de nuestra vida, siempre. 

¿Cuál son tus “muros” a restaurar? ¿Serán “muros” emocionales o espirituales? ¿“muros” derribados por el rencor o falta de perdón? ¿Serán los “muros” derribados por una adicción o por una herida no sanada?  Nehemías nos deja el secreto para comenzar esa restauración. Jamás restauraremos nuestros caídos sin el quebrantamiento debido.


Estudios de la serie: Levantemos los muros

1: El camino de la restauración
2: La fe restauradora
3: El desafío de la misión
4: ¡A levantarse todo el mundo!
5: ¡Que se mantenga el ánimo!
6: Cuando el enojo es necesario
7: Vayamos hasta el final
8: Renovados por la Palabra
9: Decisiones correctas

Julio Ruiz

Venezolano. Licenciado en Teología. Fue tres veces presidente de la Convención Bautista en Venezuela y fue profesor del Seminario Teológico Bautista de Venezuela. Ha pastoreado diversas iglesias en Venezuela, Canadá y Estados Unidos. Actualmente pastorea la Iglesia Ambiente de Gracia en Fairfax, Virginia.
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