¿Cómo saber si soy un díscipulo?

Jesús no busca multitudes, sino un discípulo verdadero. Descubre las señales bíblicas del discipulado genuino y el precio de seguirle fielmente. Estudio basado en Lucas 14:25-35.
Note cómo Lucas habla de «grandes multitudes» siguiendo a Jesús a todas partes, siendo esta palabra usada unas 150 veces Nuevo Testamento relacionada con el mismo tema. De esta manera podemos imaginar a cientos, e incluso miles de personas, viniendo de todas partes, para estar con Jesús.
Hablando de este texto, alguien preguntó: “¿Cómo sería si Jesús escribiera un libro sobre el crecimiento de la iglesia?” Sería, por cierto, muy distinto a la manera cómo las iglesias miden el crecimiento, y hasta los “avivamientos” hoy porque el foco está más en las estadísticas, en lugar de verificar si son verdaderos discípulos. En este sentido, si fuera un evangelista, o “evangelísticos” (así se conocen algunos) al ver a tanta gente viniendo a Jesús, celebrarían esas cifras con orgullo y jactancia. Ahora, siga pensando, ¿cómo sería la publicidad de nuestras iglesias para alcanzar a la gente? Sería todo lo contrario a la cruda verdad de este texto.
Así tendríamos que, mientras algunas iglesias seducirían a la gente a través de un lema como: “Cómo hacer que tu iglesia sea irresistible para cientos de personas”, el lema de Jesús podría ser: “¡Cómo reducir el gran número de tu multitud!”. ¿Por qué decimos esto? Porque aquí Jesús se vuelve e increpa a sus seguidores acerca de sus reales motivaciones para andar con Él. Y estas palabras, son, en efecto, las que dan origen al tema de la ocasión: “Cómo Saber si soy un Discípulo”.
La verdad sobre estas multitudes es que no siempre se está dispuesto a pagar el precio de seguirle, porque Jesús está interesado en discípulos, más que en tener una multitud de admiradores. Él busca verdaderos seguidores, y no hay otro pasaje de las Escrituras que define y tenga más demandas para saber si soy un discípulo como este. ¿Quiere usted saber si es un verdadero discípulo? ¿Se dio cuenta de que pregunté por un discípulo de Cristo, no por un cristiano? ¿Cuáles son esas demandas?
Un discípulo establece una prioridad en sus amores
La verdadera adoración exige un amor absoluto v. 26.
Se ha comentado que si solo tuviéramos el versículo 26 en toda la Biblia, nos veríamos ante una advertencia seria. Este pasaje parece formar parte de los llamados “dichos difíciles de Jesús”, que podrían ser motivo de crítica por parte de los escépticos hacia los cristianos. ¿Qué implica entonces “aborrecer” a padre, madre, esposa, hijos, etc.? Partimos del entendimiento de que Dios nunca se contradice. No es imposible que Dios afirme algo en una parte de la Biblia y lo niegue en otra. Por tanto, si en Éxodo 20, el quinto mandamiento dice: “Honra a tu padre y a tu madre”, está claro que el mandato de amar y respetar a nuestros padres no se contrapone con la enseñanza de Lucas 14. No debemos inquietarnos, como si Jesús estuviera respaldando una postura sectaria derivada de este texto. Este versículo no pretende que literalmente “odiemos” a nuestra familia. Lo que aquí se presenta es un hebraísmo, una expresión semítica que indica un amor más intenso por una cosa que por otra. Así, el amor que debemos tener por Cristo debe superar con creces el que tenemos por cualquier otra persona o cosa. Es un amor profundo, único, que no se comparte con nadie más.
La adoración verdadera exige un sacrificio mayor (v. 27).
En la época de Jesús, “llevar la cruz” significaba caminar hacia la ejecución, portando un símbolo de sufrimiento, deshonra y muerte. En el contexto de este pasaje, Jesús se dirige a una multitud atraída por su mensaje, pero que no está dispuesta a asumir el precio de seguirle. Es decir, hablamos de un “discipulado” que, al considerar el coste del sacrificio, decide no continuar. ¿A qué se refería Jesús al hablar así? Plantea la necesidad de renunciar a nuestros propios deseos y ambiciones, de aceptar el sufrimiento y las dificultades que implica seguirle, de estar dispuestos a morir a nuestras expectativas y planes para seguirle a Él y no a nuestros propios intereses. Jesús no afirma que debamos complacernos en el sufrimiento (como hacían los estoicos), sino que debemos estar dispuestos a aceptarlo como parte del camino del discipulado. Ser discípulo no es un trayecto sencillo, pero es el único que realmente merece la pena. Además, la expresión “venir en pos de mí” significa seguir a Jesús, imitar su ejemplo y vivir conforme a sus enseñanzas. Hoy en día, muchos lucen cruces costosas sobre el pecho, pero no están dispuestos a cargarla en el corazón; y eso, en definitiva, implica sacrificio, identificación y entrega total a Él. No hay cruz sin un real sacrificio.
Un discípulo determina el costo de la entrega
Hay que calcular el costo antes de comenzar (v. 28).
Jesús nos advierte que debemos sentarnos y analizar los gastos antes de iniciar la construcción de una torre; es decir, antes de comprometernos a seguirle. Esto implica reflexionar sobre lo que supone ser un discípulo de Cristo, los sacrificios que nos exige y las pruebas que deberemos afrontar. El primer deber de un discípulo es considerar el precio de seguir a Cristo. Barclay sugiere que la torre que el hombre deseaba edificar era probablemente una torre de viñedo. Los viñedos solían contar con torres para vigilar y proteger la cosecha de los ladrones. Esto nos enseña que un edificio sin terminar resulta siempre vergonzoso. ¡Cuántas obras han quedado inconclusas por comenzar sin un presupuesto previo! Jesús menciona a los “burladores” que aparecen cuando alguien fracasa en su intento de seguirle, por no haber calculado el costo. Estamos llamados a considerar el coste de seguir a Cristo. No obstante, aunque las exigencias de Cristo puedan parecer intimidantes, no debemos olvidar que quien nos pide tales demandas, nos acompaña en el camino difícil y estará con nosotros al final para encontrarnos. El que pone estas demandas, Él mismo nos da los recursos para seguirle.
Hay que contar los “soldados” para enfrentar al enemigo (vv. 31-32).
La decisión de seguir a Cristo no es algo a lo que uno deba lanzarse precipitadamente, como un rey que va a enfrentarse a otro rey sin haber preparado su ejército. Nuevamente, debemos reflexionar sobre estas cuestiones: ¿cuánto me costará? ¿Qué se exigirá de mí? ¿Cuánto tiempo llevará? Seguir a Cristo no significa simplemente haber hecho “la oración del pecador” o haber rellenado “una tarjeta de confesión”, porque esta experiencia va más allá de estos simples pasos. Incluso el propio término «Evangelio», que quiere decir «Buenas Nuevas», no puede comprenderse de forma adecuada sin considerar antes las «Malas Noticias» sobre nuestra condición sin Cristo. Somos pecadores, perdidos y separados de Dios. Él es santo y nosotros no. Dios se acercó a nosotros en la persona de Jesucristo. Él vivió la vida perfecta que nosotros no pudimos vivir y sufrió la muerte que merecíamos como castigo por nuestro pecado. Ha resucitado de la tumba para declararnos justos, es decir, justificados. Por la gracia de Dios nos arrepentimos, dándonos la vuelta de nuestro propio camino y nuestro pecado, volviéndonos hacia Cristo—lo cual implica—que ahora viviremos para Él. Desde este momento, Cristo será el primero en nuestras vidas, en una adoración total y una lealtad completa.
Un discípulo renuncia a todo para seguirle
No hay discipulado si no hay renuncia v. 31.
En la antigüedad, cuando un ejército enviaba un embajador con una bandera blanca, simbolizaba su rendición, y se esperaba que el ejército enemigo respetara la capitulación, recibiendo las armas de quienes se rendían, y ellos pasaban a la autoridad del otro ejército, dispuesto a hacer todo lo que ellos dijeran. Esta es la figura que Cristo está usando ahora. De acuerdo con la imagen del rey rindiéndose y levantando la bandera de la tregua, seguir a Jesús plantea una rendición del combate propio, y levantar la bandera para rendirse totalmente a Jesús. Cuando una persona viene a Cristo está “capitulando” a su vida; eso es, está renunciando a sus derechos, y a su estilo de vida, y ahora se somete al Señor y a sus demandas. Entonces, ¿qué significa “renuncia a todo lo que posee” en este texto? Aunque en algunos casos, hay hombres y mujeres que renunciaron a todo, y siguieron a Cristo, comenzando con los discípulos, misioneros…, el sentido de esta frase es que mis bienes materiales no deben ser un impedimento para seguirle, como el joven rico; que mis relaciones familiares, amigos y planes personales no deben ser un impedimento para seguirle; que mis metas, sueños y estatus social no deben ser impedimento. Y, sobre todo, que mis deseos de la carne no deben impedir seguirle.
No hay discipulado si no hay renuncia (v. 31)
En la antigüedad, cuando un ejército enviaba un embajador con una bandera blanca, simbolizaba su rendición, y se esperaba que el ejército enemigo respetara la capitulación, recibiendo las armas de quienes se rendían, y ellos pasaban a la autoridad del otro ejército, dispuestos a hacer todo lo que ellos dijeran. Esta es la figura que Cristo está usando ahora.De acuerdo con la imagen del rey rindiéndose y levantando la bandera de la tregua, seguir a Jesús plantea una rendición del combate propio, y levantar la bandera para rendirse totalmente a Jesús. Cuando una persona viene a Cristo, está «capitulando» a su vida; es decir, está renunciando a sus derechos y a su estilo de vida, y ahora se somete al Señor y a sus demandas. Entonces, ¿qué significa «renuncia a todo lo que posee» en este texto? Aunque en algunos casos, hay hombres y mujeres que renunciaron a todo y siguieron a Cristo, comenzando con los discípulos, misioneros…, el sentido de esta frase es que mis bienes materiales no deben ser un impedimento para seguirle, como el joven rico; que mis relaciones familiares, amigos y planes personales no deben ser un impedimento para seguirle; que mis metas, sueños y estatus social no deben ser impedimento. Y, sobre todo, que mis deseos de la carne no deben impedir seguirle.
El verdadero discípulo no se desvanece v. 34, 35.
¿Qué relación tienen estos textos sobre la sal con el tema de ser verdaderos seguidores de Jesús? Precisamente, que los auténticos discípulos, al igual que la sal genuina, nunca pierden su fervor ni su influencia. Recordemos cuando Jesucristo dijo: “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?” (Mateo 5:13). La sal se utilizaba para conservar los alimentos, especialmente cuando no existían formas de refrigeración. Su valor era tal que los soldados romanos recibían una porción de sal como parte de su salario, de ahí el término “salario”. ¿Cómo se aplica esto? Los verdaderos discípulos permanecen fieles a su Señor, no se dejan corromper por las impurezas del mundo ni pierden su capacidad de influir, del mismo modo que la sal conserva y da sabor allí donde se usa. Jesús afirma que, cuando la sal pierde su sabor, ya no sirve para nada. Así sucede con el discípulo que no está dispuesto a pagar el precio ni a vivir una vida transformada: pierde su propósito y testimonio, deja de ser una verdadera influencia y acaba viviendo superficialmente. ¿Vive uste para dar sabor?
Conclusión
El comentarista llamado Victor H. Prange, hablando de lo dicho por Jesús, y pensando en el tema de la ocasión afirmó: “Es necesario primero examinarse con madurez antes de unirse a la multitud de peregrinos que siguen a Jesús en el camino a la cruz. Ser un seguidor de Jesús exige renunciar a la familia, a sí mismo y a las pertenencias.
A menos que esto ocurra, los seguidores serán como el constructor que no pudo terminar la torre o como un rey que no pudo ganar la guerra. Cuando la marcha se vaya haciendo difícil, la lealtad a Jesús se irá enfriando. No es suficiente un corazón que se da a medias” (Lucas, ed. Roland Cap Ehlke, Armin J. Panning, and Loren A. Schaller, La Biblia Popular (Milwaukee, WI: Editorial Northwestern, 1999), 178.
Los verdaderos discípulos son conocidos por su amor a Cristo. Se conocen por la adoración total de Cristo, la lealtad total a Cristo y el abandono total para seguir a Cristo. ¿Soy un discípulo real?
