Del escritorio de Julio Ruíz

Jesús es indetenible (Lucas 13:31-35)

Jesús es indetenible

En el libro de Lucas descubrimos que Jesús es indetenible, avanzando en su misión de Jesús a pesar de las amenazas de Herodes y el rechazo de Jerusalén. El amor de Jesús y su compasión se revelan como protección sobre su pueblo, como una gallina que cubre a sus polluelos bajo sus alas, mostrando que nada ni nadie puede detener su plan redentor. En esta oportunidad daremos basaremos nuestro estudio en Lucas 13:31-35

En esta historia nos encontramos con la figura de una zorra y una gallina. La primera se aplica a Herodes, a quien Jesús compara con este animal porque su vida estuvo marcada por la astucia, el engaño y la crueldad. El Herodes de ese momento era Antipas, el gobernante de Galilea, quien, entre sus muchos crímenes, fue responsable de la muerte de Juan el Bautista (Mateo 14:1-12); ahora está buscando a Jesús para matarlo (Lucas 13:31).

Aquel hombre era enemigo de la verdad y, por eso, su conducta se ajusta perfectamente a la descripción de este animal. Por otro lado, tenemos la imagen de Jesús comparado con una gallina que protege a sus polluelos. En el reino animal, los zorros son depredadores de las gallinas, y no se conoce un caso en el que un zorro huya vencido por una gallina, pero en este pasaje eso ocurre. “Jerusalén” representa a los “polluelos” bajo las alas protectoras de Jesús, quien quiso varias veces proteger a su ciudad del juicio divino.

Relacionado con esto, hay una historia conmovedora recogida por National Geographic que ilustra perfectamente esta imagen de Jesús: tras un devastador incendio forestal, los bomberos encontraron el cuerpo calcinado de un ave en el suelo. Al acercarse y mover cuidadosamente el cuerpo quemado, para su sorpresa, de debajo de sus alas salieron vivos varios polluelos. La madre, consciente del peligro inminente, no huyó; al contrario, utilizó sus propias alas para cubrir y proteger a sus pequeños, sacrificando su vida para salvar la de ellos.

Esta escena se ha convertido en un poderoso símbolo del amor y la entrega, mostrando cómo la valentía y el sacrificio de una madre pueden vencer incluso las amenazas más mortales. Pues esto mismo ocurrió con Jesús. Ahora le vemos ir camino a Jerusalén para morir en esa ciudad por los pecadores. Y aunque Él era plenamente consciente de esa muerte, nada lo detuvo porque Jesús es indetenible. Veamos, de acuerdo con este pasaje, lo que no puede detener a Jesús en su misión, y cómo su compasión actúa para que nada le detenga.

Jesús es indetenible frente a otros poderes

Ante el poder religioso del momento (v. 31).

Esto resulta sorprendente, pues los fariseos no habían dejado de atacar a Jesús. Hay dos posibles interpretaciones: por un lado, que no todos los fariseos eran malos, ya que hubo algunos que buscaron y amaron a Jesús, como Nicodemo, Gamaliel, José de Arimatea y, posteriormente, Pablo. Por otro lado, es posible que la advertencia fuese una estratagema para disuadirle de continuar con su misión como Mesías. Quizá oyeron la amenaza de Herodes y la aprovecharon para intentar frenar la misión de Jesús. Sin embargo, vemos que Jesús no se acobarda, sino que escucha sus advertencias. Como nota al margen, podríamos pensar que Jesús habría dicho: “Bueno, la mayoría de los fariseos son egocéntricos y religiosos que me rechazan, así que yo también los rechazo”. ¿No reaccionaríamos nosotros así? Pero Jesús no hizo eso; los escuchó y siguió su camino. La advertencia de estos fariseos recuerda a Pedro, quien intentó impedir el plan redentor de Cristo al hablar de su futura muerte. Ante esa tentación, Jesús reprendió a Pedro, llamándolo Satanás. Jesús es indetenible.

Ante el poder reinante (v. 31b).

La preocupación de los fariseos era: “Sal y vete de aquí, porque Herodes te quiere matar”. Otra versión dice: “¡Sal de aquí si quieres vivir!” (NTV). Si uno recibiera una amenaza de muerte así, ¿cómo reaccionaría? Jesús sabía que Herodes Antipas era un hombre intrigante y engañoso, astuto como un zorro. Por ello, les da este mensaje: “Id y decid a esa zorra que seguiré mi ministerio hoy, mañana y pasado, y que terminaré mi obra”. Es como si dijera: “Decidle a Herodes que no puede detenerme. Nada puede detenerme. Actúo de forma independiente a las maquinaciones y planes de ese zorro. Todo continuará como hasta ahora”. Y así fue; el poder de Herodes, otorgado por el César de Roma, no pudo porque Jesús es indetenible. Como curiosidad, este mismo Herodes fue a quien Pilato envió a Jesús durante el proceso de su crucifixión para ser juzgado, y este rey también le escarneció y se burló de él (Lucas 23:6-12). Pero en ese momento, Herodes no pudo detenerle. Finalmente, Jesús demuestra su determinación en el versículo 31, dejando claro que no se dejará intimidar ni alterará su agenda por una amenaza, porque aún tiene trabajo en Galilea antes de ir a Jerusalén.

Ante el tiempo que se plantea (v. 33a).

Esta afirmación indica que Jesús está decidido a continuar con su misión, ocurra lo que ocurra. La palabra “necesario” implica una obligación o necesidad divina, lo que sugiere que Jesús cumple un plan de Dios, y por eso es imposible detenerle. Jesús sabía a dónde se dirigía. Es reconfortante estar con alguien que sabe a dónde va, ¿verdad? ¿No resulta frustrante seguir a alguien que no tiene idea de su destino? Jesús lo tenía claro. Así, vemos de nuevo la firme determinación de nuestro Señor para completar la tarea por la que vino: vino a morir. En la última parte del versículo 32 dice: «Y al tercer día seré perfeccionado», lo que equivale a decir: «Llegará el día —ni antes ni después— en que mi obra estará terminada». Esta es la obra redentora para la que vino Jesús. El significado de la expresión parece ser: “Debo continuar la carrera que he comenzado, seguir adelante como hasta ahora”. La palabra usada significa simplemente “caminar”, pero también implica “mantener una trayectoria de vida”.

Ante la muerte anunciada (v. 33b).

La traducción sería: “No es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén”. Alguien dijo que esta expresión era proverbial: “Dada la reputación de Jerusalén de matar a los siervos de Dios, sería muy raro que un profeta muriera en cualquier otro lugar que no fuera Jerusalén. Ese es el sitio por excelencia donde mueren los justos”. Jerusalén tenía esa reputación, ya que allí mataban a los profetas y apedreaban a quienes Dios les enviaba: allí quisieron apedrear a David (1 Samuel 30:6); apedrearon a Adoram (1 Reyes 12:18), a Nabot (1 Reyes 21:13) y a Zacarías (2 Crónicas 24:21). Por eso, Jerusalén haría honor a esa fama al matar a Jesús poco después de esta declaración. Así, tampoco fue extraño que muchos líderes de la iglesia primitiva fueran asesinados, como Esteban según Hechos 7. Drusius y A. Clarke señalan que un hombre que afirmaba ser profeta solo podía ser juzgado por el gran sanedrín, que residía en Jerusalén. Jesús sabía que ese era el lugar del sacrificio donde, como cordero, llegaría para morir.

Jesús es indetenible en su compasión por otros

El lamento lleno del más grande amor (v. 34a)

Jesús, al pronunciar este lamento, no solo denuncia la historia de rechazo y violencia de Jerusalén contra los mensajeros de Dios, sino que también revela su propio corazón compasivo y firme. A pesar de saber que la ciudad rechazaría una vez más al enviado de Dios, Jesús sigue adelante con su misión sin detenerse ni dejarse intimidar por el peligro o el rechazo. Él anhela que su pueblo lo reciba como su legítimo Mesías, pero no lo harán. No están dispuestos. Él desea reunirlos como una gallina cuida con ternura a sus polluelos bajo sus alas para protegerlos, amarlos, cuidarles y preservar sus vidas, pero “no quisieron”. Como dice Juan 1:11: “A lo suyo vino, pero los suyos no le recibieron”. No quisieron. La expresión “cuántas veces” puede referirse a todos los mensajes y a todas las invitaciones que durante siglos había enviado a Jerusalén por medio de los profetas. Por otro lado, las palabras “quise y no quisiste” expresan una profunda tristeza, pues ponen la responsabilidad de la pérdida del alma claramente sobre aquellos que se pierden. Yo “quise”, pero tú “no quisiste”. Aquí se enfrentan dos voluntades: la de Cristo, dispuesto a hacer el bien, y la del hombre, que rechaza el bien que se le ofrece. Así, ni entraron ni dejaron entrar.

Las consecuencias de rechazar este amor compasivo (v. 35).

Esta frase significa literalmente: “Vuestro Templo, en el que os gloriáis, vuestra santa y hermosa casa, queda ahora privada de su gloria. Dios se ha apartado de él y ya no se complace en él”. Son palabras profundamente solemnes. El mismo Lucas nos habla del dolor de Jesús cuando llegó a Jerusalén y lloró por ella (Lucas 19:41-44). Así, Jesús mira hacia el futuro, a la terrible destrucción del templo de Jerusalén a manos de los romanos en el año 70 d.C., cuando la “casa de Jerusalén queda desolada” (v. 35). El historiador judío Flavio Josefo narra la destrucción de Jerusalén durante el asedio romano dirigido por Tito, que trajo inmenso sufrimiento: hambre extrema, violencia interna y la total devastación de la ciudad y su Templo. Según Josefo, las murallas fueron arrasadas, el Templo incendiado y no quedó piedra sobre piedra, cumpliéndose así la profecía de que la casa quedaría desolada. El lamento de Jesús fue justificado, porque solo él supo de los horrores que sufriría la ciudad del gran Rey, la ciudad escogida por Dios para manifestar su gloria. El castigo sobre ella sería terrible.

Aplicación: Cuando Jesús dijo: «Os digo que no me veréis hasta que llegue el momento en que digáis: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!», en el contexto de su lamento, era una alabanza que un día pronunciarían los pueblos al verle venir en gloria. De hecho, esto comenzó cuando Jesús entró en Jerusalén para ser crucificado, y así fue aclamado. Pero, al final, cuando Él regrese de nuevo, como dice Pablo más adelante, toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesús es el Señor, y tendrán que decir “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” (Filipenses 2:10-11). Sin embargo, para algunos esa confesión será demasiado tarde, porque será para despedirse de Él.

Conclusión

En resumen, Herodes el Grande intentó detener a Jesús poco después de su nacimiento, pero no pudo.  Herodes Antipas no pudo detenerlo. Los escribas y fariseos no pudieron detenerlo. Satanás no pudo detenerlo. Los soldados no pudieron detenerlo. La cruz no pudo detenerlo.

La muerte no pudo detenerlo. La tumba no pudo detenerlo. Nadie, ni en el cielo ni en la tierra, pudo detenerlo, porque Jesús es indetenible. Por ahora, su amor sigue siendo indetenible, como el de la gallina que protege a sus polluelos bajo sus alas; pero si sigues rechazando y posponiendo el momento de venir a Él, ten cuidado, porque un día todo se detendrá cuando Él venga, y toda lengua le confesará, pero será tarde para algunos, cumpliéndose lo dicho en Apocalipsis 22:10-11. Ven a Cristo hoy, mientras hay tiempo.

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