Acción de Gracias: Recuperar la Gratitud que Honra a Dios
Una vez más se celebra Acción de Gracias En nuestras sociedades modernas hay una tendencia curiosa: adoptamos con entusiasmo tradiciones ajenas que poco o nada aportan a nuestra vida espiritual, mientras dejamos de lado aquellas que podrían fortalecer nuestra fe. Un ejemplo evidente es cómo celebraciones como Halloween se han extendido rápidamente, incluso entre quienes profesan a Cristo, mientras que una festividad tan significativa como el Día de Acción de Gracias pasa casi inadvertida. No hablamos de un simple día festivo, sino de una actitud que debería marcar nuestra vida: dar gracias a Dios.
La Escritura está llena de llamados a cultivar un corazón agradecido. La gratitud no es solo una emoción: es una disciplina espiritual, una postura del alma, una evidencia de madurez en Cristo. Por eso, aunque en muchos países no existe oficialmente una celebración de “Acción de Gracias”, los cristianos tenemos razones —y mandatos— para vivir agradecidos todos los días.
Una tradición que no deberíamos perder
Muchos argumentan que Acción de Gracias es una tradición extranjera, específicamente estadounidense. Sin embargo, el principio que hay detrás de esta celebración es profundamente bíblico: reconocer a Dios como el dador de todo bien.
Mientras el mundo exalta fiestas centradas en el miedo, la oscuridad o el consumo, el pueblo de Dios está llamado a destacar por lo contrario: por la luz, la gratitud, la humildad y la memoria de las bondades divinas. Cuando dejamos de lado la gratitud, nuestra fe se debilita; cuando la practicamos, nuestra fe se enciende.
El Salmo 103:2 nos recuerda: “Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios”.
Olvidar es humano; recordar con gratitud es obedecer.
Dar gracias cambia nuestra perspectiva
La gratitud no es solo reconocer lo que Dios ha hecho, sino también recordar quién es Él. Cuando damos gracias, nuestra mirada se eleva por encima de los problemas, los temores y las distracciones.
En 1 Tesalonicenses 5:18 encontramos un mandato claro: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.”
No dice “por todo”, sino “en todo”. Incluso en medio de la lucha, Dios sigue siendo digno de gratitud.
Ser agradecido no significa negar el dolor, sino afirmar que Dios permanece fiel aun cuando la vida se torna difícil. La gratitud es un arma espiritual: rompe la queja, sana el corazón y nos ancla en la verdad de que Dios siempre obra a nuestro favor.
La ingratitud: el gran peligro de nuestro tiempo
Romanos 1:21 describe una de las raíces del alejamiento del hombre respecto a Dios: “pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias.”
La ingratitud es más peligrosa de lo que pensamos.
Cuando dejamos de agradecer, dejamos de reconocer la mano de Dios.
Cuando dejamos de reconocer la mano de Dios, comenzamos a creer que todo depende de nosotros.
Y cuando creemos que todo depende de nosotros, abrimos la puerta al orgullo, a la ansiedad y al pecado.
Por eso, celebrar Acción de Gracias —como día o como actitud— es contracultural y profundamente espiritual.
Cómo cultivar un corazón agradecido
- Recuerda lo que Dios ha hecho
Haz memoria. Escribe, repasa, testifica. El pueblo de Israel erigía memoriales; nosotros tenemos la Biblia y nuestro propio testimonio. - Da gracias por lo que Dios está haciendo ahora
Incluso en temporadas difíciles, Él sostiene, cuida, guía y transforma. - Agradece por lo que Dios hará
La gratitud también es fe: creer que Dios seguirá obrando conforme a sus promesas. - Haz de la gratitud un hábito diario
No esperes un día al año. Cada oración debería contener palabras de agradecimiento.
Asumamos lo que edifica
Quizás tu país no celebre oficialmente Acción de Gracias, pero tú sí puedes practicarla. No permitas que tradiciones vacías ocupen el lugar de disciplinas espirituales profundas. En un mundo que normaliza la queja y la insatisfacción, la gratitud es un testimonio poderoso del evangelio.
Hoy, toma unos minutos para detenerte, recordar y agradecer. Porque Dios ha sido bueno, es bueno y seguirá siéndolo.
