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¡A levantarse todo el mundo!

¡A levantarse todo el mundo!

Este estudio titulado ¡A levantarse todo el mundo! está basado en Nehemías 3:1-12

En el mensaje anterior nos quedamos escuchando a una gente motivada ante las palabras de ánimo de Nehemías, y el desafío de su misión; esto fue lo que dijeron: “Levantémonos y edifiquemos”. En este capítulo nos encontramos con un pueblo levantado, decidido a edificar y arreglar lo que estaba quemado y en el suelo. De esta manera no será raro ver en el capítulo que la palabra “levantarse” aparece siete veces, la palabra “restaurar” treinta y una vez, y “edificar” diez veces.  

Esto significa que, para cada una de estas acciones, ellos se levantaron por lo menos unas cuarenta y ocho veces a la edificación. Ahora bien, reconozco que para un predicador no es fácil preparar un sermón de un texto con tantos nombres y oficios; sin embargo, ver a la gente haciendo el trabajo, con un gran entusiasmo, al final uno se siente motivado para acometer la tarea de “levantarse” y predicar de esto.  

Frente a esta visión somos empujados a buscar enseñanzas y verdades prácticas para exponerlas a la congregación, porque al ver en esta historia a tanta gente levantarse nos lleva al mismo Nuevo Testamento; eso es, a la iglesia del Señor, vista como un cuerpo con muchos miembros, ejerciendo sus respectivas funciones, pero todos trabajando simultáneamente.

Y es que un cuadro como este, con gente viniendo de otras partes, hombres con diferentes oficios, y familias enteras trabajando con entusiasmo, nos reta también para levantarnos y edificar, siendo este nuestro tema de hoy. ¿Qué vemos en este capítulo? ¿Cuál es su mensaje? ¿Por qué debemos levantarnos para edificar en la obra del Señor? He aquí nuestra respuesta.  

Porque cada persona cuenta en la restauración

1. Cada nombre para Dios es importante.

En todo este capítulo tenemos un total de 42 personas. Nombres como Eliasib, Hananeel, Senaa, Meremot, Mesulam, Joiada, Hatús,  Malquías…, por mencionar algunos de esa larga lista, nos podrán parecer raros, aburridos y seguramente no se los pondremos a nuestros hijos, pero les aseguro que para Dios cada uno de esas personas, con sus nombres tuvo su importancia.

Todos estos nombres aparecen aquí no como un número estadístico; Dios los dejó para recordar que “él no es injusto para olvidar el trabajo de amor” que hacemos para su obra (Hebreos 6:10). Seguramente Nehemías no conocía esa cantidad de nombres, y a esas familias, pero Dios sí los conocía. Los conoció desde el mismo vientre de sus madres; sabía de su origen, también de su procedencia.  Ver una lista de nombres como esta en nuestras Biblias nos recordará a un Dios preocupado por cada individuo que le sigue y le sirve. 

Nos revela cuán valiosos somos para él. A lo mejor para otros el nombre que llevamos no signifique nada, o ni siquiera nos guste, pero para Dios tu nombre tiene un profundo significado. Por ejemplo, el nombre “Mesulam”, significa “recompensado”, y el de “Hananeel”, significa “bondoso”. Y si no le gusta su nombre, le tengo una buena noticia: “hay un nombre nuevo en la gloria”. Esa es la promesa.  

Porque cada oficio para Dios es importante

Nehemías 3:1, 7-8, 14, 16. Entre los que le dijeron a Nehemías: “Levantémonos y edifiquemos” había de todos los oficios. Ver a cada hombre poniendo al servicio del Señor su oficio, profesión y lo que sabían hacer, es simplemente extraordinario.

En la lista aparecen los sacerdotes, dando el ejemplo. Los que estamos al frente de la obra debemos ser los primeros en dar el ejemplo. Los pastores no solo predicamos los domingos, estamos listos para lo que sea. También había gobernadores trabajando. Bien podían ellos enviar a sus obreros, pero no fue así, ellos mismos se envolvieron en la obra.

Sus manos acostumbradas al escritorio, ahora se están ensuciando con el barro, las piedras y la manera. Se quitaron las corbatas, se arremangaron la camisa, y se pusieron a trabajar. Había porteros, guardias, granjeros, plateros e incluso hasta perfumistas estaban involucrados en el trabajo. No sé lo que hicieron. Sus manos probablemente eran suaves, pero ahora están trabajaron en las paredes, a lo mejor llevando la madera, agua o pasando el material de construcción. Esta es la visión de la iglesia. Todos también tenemos distintos servicios, y qué bueno es ponerlos al servicio del Señor. Levantémonos y hagámoslo.  

Porque cada lugar de procedencia para Dios es importante

Nehemías 3:5, 7, 13. Observamos algo muy interesante de toda esta gente que se prestó para la reconstrucción del muro y la edificación de las puertas. Dios no solo conocía sus nombres, sus oficios, sino también su lugar de procedencia.

Esto le agrega mucha más importancia al capítulo. Algunos eran tecoítas, gabaonitas, meronotita, y otros cuantos venían del otro lado del río. Hubo gente de todas partes, y se unieron para este gran trabajo. Es posible que entre ellos había gente de diferentes lenguas y con trasfondos culturales distintos. Pero eso no fue impedimento.

Yo me imagino a Nehemías ubicando a cada grupo en su lugar, en algunos casos poniéndolos juntos y así todos participando.  Algunos textos dicen cosas como estas: “junto a ellos restauró Meremot hijo de Urías…” v. 4. Este hombre se unió al que estaba edificando la puerta del Pescado. Otro texto dice: “Junto a ellos restauró Melatías gabaonita, y Jadón meronotita…” v. 7. Esta gente se unió a los judíos Joida y Mesulam, quienes repararon la puerta Vieja. Todo esto para decirnos que también Dios nos pone en una iglesia, con nuestras distintas procedencias, para trabajar juntos sin distintos de razas y culturas.

Porque cada cooperación cuenta en la restauración

Juntarse unos a otros en lo que están haciendo

Nehemías 3:2, 4c., 7, 8-9. En este capítulo hay palabras que se repiten muchas veces, y una de ellas es “junto a”. Esta frase se repite doce veces en todo el capítulo para indicarnos el compromiso de la unidad, y el poder que eso trajo para un pueblo afligido, maltratado y sin esperanza como fue Jerusalén antes de esta reedificación.

Nehemías había organizado todo de una manera tan disciplinada, que a cada uno se le asignó una sección del muro o una puerta. Me imagino a Nehemías entrevistando a todos los que venían, y al considerar sus oficios los iba agrupando y poniendo al lado de aquellos donde podían usar muy bien sus habilidades.

Esa unidad en el trabajo iba dando sus resultados, sobre todo en el levantamiento de los muros, porque nos dice el versículo 8: “Así dejaron reparada a Jerusalén hasta el muro ancho”. ¿Cuáles otro resultado trajo aquella unidad?  En lo personal me imagino el profundo gozo y satisfacción de Nehemías al ver a tanta gente trabajando.

Otro resultado pudo ser el conocerse unos a otros. No siempre nos conocemos en las iglesias, porque no todos tienen la capacidad del “acercamiento”. ¿Se imagina usted la unidad y el compañerismo en 52 días de trabajo?

Ir cumpliendo con el trabajo asignado

Nehemías 3:1, 8, 31. Siguiendo con las estadísticas, la frase “hasta a” se menciona veintiuna veces en este capítulo. Esto era otra gran satisfacción generada en ese trabajo juntos. Me imagino aquello como una “competencia santa”. Se podía oír los gritos de alegría cuando cada uno iba terminando la tarea. Es más, hubo casos donde algunos grupos aun pasaron sus metas y avanzaron unos metros más.

El versículo 13 se traduce así: “La puerta del Valle fue reparada por Hanún y los habitantes de Zanoa. También repararon quinientas yardas de la muralla hasta la puerta del Estiércol” (NVI). Los creyentes osados y entusiasmados no se conforman con reparar un tramo, sino ayudar a otros e ir más allá.  

¿Cuáles son las cosas buenas que suceden cuando trabajamos en equipo? Hacemos más cosas. Desarrollamos más nuestras habilidades y dones espirituales para nuestro crecimiento y la edificación de la iglesia. ¿Qué más sucede? Nos divertimos más.  Hacemos más amigos. Aprendemos cosas nuevas; y, sobre todo, alabamos juntos al Señor. Este capítulo es un reto para el compromiso. Es decidirse a hacer la parte que me corresponde. Es no dejar a otros solos, o al pastor solo con su carga.

Hacerlo con el mayor fervor

Nehemías 3:20.  Nehemías era el director y administrador de la obra. Él sabía cómo se iba desarrollando el trabajo de la edificación. Y al ver la manera cómo todos trabajaban y se dedicaban, observó a un hombre llamado Baruc que “con todo fervor restauró otro tramo”

La palabra griega para fervor da la idea de hacer algo vigorosamente, con mucha pasión. No en vano el nombre “Baruc” significa: “’Bendecido, protegido, venturoso”. Cuánto de “baruc” tenemos cuando nos dedicamos al trabajo de la obra. Todos hacían un excelente trabajo, pero Baruc se destacaba. Este texto no está puesto por casualidad.

No siempre se hace la obra con ese fervor. Es más, a veces trabajamos por una asignación, para cumplir una tarea. Y no será difícil para un líder como Nehemías detectar cuando un obrero haga las cosas de mala gana, pero también le será muy fácil darse cuenta cuando alguien hace las cosas para el Señor con un gran fervor en su corazón.

Cuán  distinto es el trabajo para el Señor al hacerlo de corazón, al hacerlo con entrega y  un fervor contagioso. No siempre se ve esto; sin embargo, esto debiera ser la actitud cuando el servicio lo hago para el Señor. ¿Se cansa usted de servir al Señor? ¿Le aburre las cosas del Señor?

Porque cada puerta cuenta en la restauración

Nota: Las puertas en las Escrituras se ven como medios de acceso y salida. Representan todo aquello que permitimos para nuestra salvación y edificación, pero también representa aquello que debe salir del corazón y lo que no debe entrar más. En fin, estas puertas tienen una gran simbología. Fueron un total de doce puertas restauradas, y todas ellas tienen enseñanzas prácticas. Para los efectos de esa aplicación, estoy escogiendo tres debido a su importancia para nuestras vidas.  

La puerta de nuestra salvación

Nehemías 3:1.  En esta área tenemos varias puertas, pero usaremos especialmente la “puerta de las ovejas” debido a su extraordinario significado. No es coincidencia que haya sido esta la primera puerta reparada. Por esa puerta entraban las ovejas para el sacrificio por los pecados. Los pastores sabían cómo debían ser ellas, sin manchas y sin defectos, propias para el altar.

Esto inmediatamente nos recuerda a Cristo y lo dicho por dos profetas: Isaías y Juan el Bautista. Isaías nos habla de Cristo como una oveja que no abrió su boca cuando fue llevado al matadero (Isaías 53:7).  Mientras que Juan el Bautista al ver a Cristo, dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). La Puerta de las Ovejas nos recuerda la cruz en acción en la vida de un cristiano; allí donde comenzamos nuestra vida como cristianos. 

En nosotros debiera haber también un principio de muerte, el de nuestro yo natural.  ¿Qué significa esto? Que cuando venimos a Cristo renunciamos al control de nuestra propia vida. Ya no debemos hacer sólo lo que nos apetezca. Somos llamados a obedecer, a seguirle, y a caminar con él. Jesucristo murió como una oveja, para convertirse después en la puerta de acceso al Padre celestial.

La puerta de la Palabra

Nehemías 3:15, 26. La puerta sexta es la de la “fuente”, y la puerta décima, la de “las aguas”. Ambas tienen un símbolo particular. La de la “fuente” estaba ubicada al final de la piscina de Siloé, en la parte baja del valle en el sur. Tiene que ver con una fuente que brotaba de lo profundo. Jesús en Juan 7 hizo referencia a esos “ríos de agua viva» (Juan 7:38), brotando en cada creyente. 

Lo interesante de esta reparación es que previo a ella se habla de “la puerta del muladar” o del “estiércol” v. 14.  Quienes repararon esa puerta sabían de toda la inmundicia que había que salir de la ciudad. Y al conectar esto con la fuente de limpieza, nos damos cuenta de la limpieza de la palabra de Dios y del Espíritu de toda la inmundicia del alma.

El agua en las Escrituras es símbolo de las Escrituras. Esta es la puerta que nos recuerda nuestra necesidad de la Palabra de Dios. Lo interesante de este relato es que nadie reparó esa puerta, pues llegaron “hasta el frente”. ¿Sabe por qué?  Porque ella no necesita reparación. La Palabra de Dios nunca necesita mejora ni reparación, porque es para siempre, es indestructible. Ella no está destruida.  

La puerta de la evangelización

Nehemías 3:3. Esta puerta es llamada la “puerta del pescado”, porque los pescadores de Galilea y de la costa traían su mercancía a la ciudad a través de esa puerta. No hay que pensar mucho para recordar la simbología de esta puerta.

Jesús les dijo a sus discípulos: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mateo 4:19). La pesca es un hermoso símbolo del testimonio a los demás, y de la necesidad de compartir con otros acerca de Cristo. Esta es una de las puertas que requiere de la más grande reparación en la vida de una iglesia.

Por lo general nos esforzamos en reparar las puertas donde nos sentimos más identificados, y hasta cómodos, pero la “puerta del pescado” demanda de una reparación mayor. Era aquella puerta por donde entraba este necesario alimento para satisfacer el hambre de los habitantes. El pescado aquí es un símbolo del evangelio que debe ser llevado con urgencia. La verdad es que en nuestras iglesias abundan muchos espectadores, pero muy pocos pescadores.

El texto dice que fueron los hijos de Senaa quienes edificaron la puerta; la enmaderaron, y pusieron sus cerraduras y sus cerrojos. Esta puerta debe ser arreglada con urgencia. Los pescadores con este alimento deben entrar pronto a la ciudad. La gente dentro de ella espera ser alcanzada y el evangelio de Cristo es ese alimento.

¡A levantarse todo el mundo!

En este largo capítulo, el versículo 5 es muy significativo, porque nos deja una declaración digna de ser examinada y revisada con una gran aplicación para todos; así nos dice: “E inmediato a ellos restauraron los tecoítas; pero sus grandes no se prestaron para ayudar a la obra de su Señor.

Este texto nos revela la verdad por las que pasa la obra del Señor: no todos quieren comprometerse y trabajar. Por lo general, cuando esperamos a la gente involucrarse en la obra y servir, nos encontramos que los “grandes” son los últimos en levantarse.

Desconocemos los nombres de esos “grandes”, pero el no haberse levantado para edificar nos deja una sensación de una falta de compromiso y entrega a la obra del Señor. Pero qué bueno que esos “grandes” no son muchos, porque aquí vemos a la mayoría envueltos en la obra. Levantémonos y edifiquemos.


Estudios de la serie: Levantemos los muros

1: El camino de la restauración
2: La fe restauradora
3: El desafío de la misión
4: ¡A levantarse todo el mundo!
5: ¡Que se mantenga el ánimo!
6: Cuando el enojo es necesario
7: Vayamos hasta el final
8: Renovados por la Palabra
9: Decisiones correctas
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