El pecado en el espejo

Descubre ‘El pecado en el espejo’ (Lucas 16:13-18) y reflexiona cómo Jesús nos revela nuestras lealtades, ambiciones y fidelidad en la vida diaria.
Previo a la lectura del mensaje, quisiera señalar que hay dos parábolas en Lucas 16. Vimos la primera el domingo pasado y, si Dios quiere, veremos la segunda el próximo. Ambas mencionan a un hombre rico: un hombre rico que tenía un mayordomo deshonesto (versículos 1-13), y luego a un hombre rico y a Lázaro.
Entre estas dos parábolas hay cinco versículos que, a primera vista, pueden parecer desconectados: los versículos 14-18, el texto de la ocasión. En las últimas semanas hemos visto a Jesús contar estas parábolas. Al contarlas, es como si tomara un espejo, lo sostuviera frente a los fariseos y les preguntara: «¿Se ven reflejados en la historia?» «¿Ven cada uno de sus rostros al oír esto?» Porque es fácil escuchar la predicación mientras la aplicación del mensaje parezca estar dirigida a otras personas. Pero la Palabra de Dios cobra especial significado para nosotros cuando nos reflejamos en ella; esa es la verdad de Santiago, cuando dijo: «Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos» (1:22).
Alguien ha dicho que, al leer y estudiar la Palabra de Dios, siempre es útil orar de esta manera: «Señor, muestra nuestro ser, nuestro pecado y a nuestro Salvador». Es bueno, entonces, llegar ante esa Palabra y orar, diciendo: «Señor, ayúdanos a mirarnos en el espejo de Ella, a vernos a nosotros mismos, a ver nuestro pecado y a sorprendernos por lo que vemos, y poder decir: gracias, Dios, por mostrarme mi condición, corregirme y guiarme en el camino de la salvación». Al acercarnos a esta Palabra como a un espejo para el alma, ¿qué es lo que nos muestra?
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Mostrarnos una lealtad dividida
“Ningún siervo puede servir a dos señores…” v. 13a.
Los dos señores acá son Dios y las riquezas. ¿Por qué no se puede servir a estos dos señores? Porque cada señor tiene demandas y expectativas diferentes, y no se puede satisfacer a ambos al mismo tiempo. La lealtad a uno de los señores implica una falta de lealtad al otro. El dinero y la riqueza llegan a ser nuestros propios amos que nos alejan de Dios. Cuando Jesús habla en estos términos, se refiere a un corazón que está dividido entre la lealtad a Dios y la lealtad a las cosas del mundo.
La verdad aquí propuesta por nuestro Señor parece, a primera vista, demasiado obvia para admitir discusión. Mucha gente trata continuamente de hacer aquello que Cristo declara imposible: se esfuerzan en hacerse amigos del mundo y amigos de Dios al mismo tiempo. Sin embargo, y como lo expresa Alberto T. Platt al comentar este texto, “las emociones están tan encadenadas a las cosas terrenales, que nunca llegan a ser verdaderos cristianos.
Hay en sus corazones demasiada religión como para ser felices en el mundo y demasiado del mundo como para ser felices en su religión”. Ahora bien, Jesús no está diciendo que el dinero o los bienes son malos; es a quien le damos lealtad.
“… porque o aborrecerá al uno y amará al otro…” v. 13b.
Esta frase del versículo sugiere que las lealtades son exclusivas. No podemos dividir nuestro afecto y nuestra devoción de manera complaciente entre dos amores. Por supuesto, la naturaleza humana tiene una tendencia a inclinarse hacia lo que más valora, pero cuando ese valor es hacia los placeres del mundo, se corre el riesgo de alejarse de Dios.
¿No es esto una ocasión para reevaluarnos y preguntarnos a quién o a qué estamos realmente sirviendo en nuestras vidas? O, ¿quién es mi verdadero señor? Mis hermanos, no sé si usted está consciente, pero este versículo es más serio de lo que pensamos, y no podemos verlo tan fríamente. Si el mundo es mi señor, yo aborrezco a mi Señor.
Este versículo nos invita a considerar el impacto de nuestras elecciones diarias en nuestra relación con Dios. Entonces, la pregunta será: ¿estamos utilizando nuestras riquezas y recursos para honrar a Dios, o nos estamos dejando arrastrar por el deseo de acumular más? La invitación es a vivir con propósito, buscando primero el Reino de Dios y su justicia, y confiando en que todo lo demás nos será añadido. En efecto, no podemos servir a dos señores porque ambos nos exigen lealtades.
Mostrarnos las ambiciones del corazón
“Y oían también todas estas cosas los fariseos, que eran avaros…” v. 14.
Ya había dicho en alguna ocasión que uno de los más “fieles” seguidores de Jesús eran los fariseos; sí, aunque esto pareciera irónico. Se habla de hasta 100 referencias de los fariseos en el Nuevo Testamento, y unas cuantas de esas fueron encuentros de Jesús con ellos. No vemos muchos elogios de Cristo hacia ellos, sino reproches, y la palabra más favorita de Jesús contra ellos era “hipócritas”. Pero ahora aparece otra: “avaros”.
Esto significa que ellos no se preocuparán realmente por las cosas espirituales, aunque eran conocedores de la ley, porque su afán fue más por las cosas terrenales, como el dinero. De hecho, Lucas identifica a los fariseos en este texto como «amantes del dinero». ¿No es algo indignante considerar a un notable y religioso, pero ser conocido como «amante del dinero» en lugar de «amante de Dios»? ¿No lo creen? ¿Pero acaso no actuamos igual cuando sí confiamos en Dios para todo, pero en el fondo nos aferramos a nuestro dinero porque realmente confiamos en él? He aquí el dilema: amantes de Dios o amantes del dinero, ¿cuál es mi decisión? Cuando pongo mi rostro en el espejo de esta palabra, ¿descubro el pecado de la avaricia en él?
“… y se burlaban de él” v. 14b-15
Esta parte de este texto es chocante. Yo quiero pensar que todo tipo de burla en sí es un pecado, pero burlarse de Jesús debe ser la cumbre de este pecado. La burla en sí es una forma de menospreciar o ridiculizar a alguien, y hasta causar daño emocional y espiritual. Por supuesto que Jesús no fue afectado por la burla, aunque hasta la misma cruz tuvo a muchos burladores. La burla, en el caso de Jesús, era un signo de orgullo y arrogancia, pues estos hombres al burlarse de Jesús se sentían superiores a Él.
Esto finalmente nos dice que los fariseos se burlaban de Jesús porque se consideraban justos y rectos. Sin embargo, Jesús les dice que Dios conoce sus corazones y que lo que es elevado entre los hombres es abominación delante de Dios. En este caso, la burla es un pecado visto en el espejo del alma que refleja nuestra propia justicia y nuestra tendencia a juzgar a los demás porque alguien no llena nuestros estándares sociales, los más comunes para la burla.
Volviendo al caso de los fariseos, la burla de ellos era un gran reflejo de una gran ceguera espiritual, y esto los llevó a otro gran pecado: la justificación propia (v. 15). Ambos rechazaban la salvación (la burla ilustrada de acuerdo con 2 Reyes 2:23-24).
Mostrarnos la ignorancia de la revelación
“La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado…” v. 16a.
Aquí podemos estar escuchando a Jesús decir: “Miren, la ley y los profetas —los mandamientos morales del Antiguo Testamento— fueron proclamados hasta la época de Juan el Bautista. Esa ley antigua fue dada a la gente para mi venida y para la llegada del Reino. Desde entonces, con la llegada de Juan el Bautista, el reino de Dios ha sido predicado, y todos se esfuerzan por entrar en él. Esto quiere decir que, antes de la llegada de Juan el Bautista, se predicaba la ley, llegando a convertirse esa ley en un espejo donde todos venían a verse.
¿Qué significa esto? Pues que cuando te miras en la ley y te ves a ti mismo, a tu pecado, tienes la necesidad de un Salvador. Esa ley fue el espejo para los fariseos hasta Juan. Pero el trabajo de Juan el Bautista fue preparar a la gente para la llegada del Reino, y el mensaje de aquel solitario profeta, que hizo estremecer a aquella generación, entre los que había muchos fariseos, fue: “Arrepentíos y convertíos, porque el Reino de los cielos se ha acercado”. Y el Reino de Dios llegó cuando irrumpió en este mundo caído, viniendo a nosotros en la persona de un Salvador, el Mesías, Jesucristo.
Pero más fácil es que pasen el cielo y la tierra, que se frustre una tilde de la ley” v. 16b.
Con esta declaración, Jesús subraya la inmutabilidad de la Palabra de Dios. Aunque su ministerio introduce una nueva dimensión del Reino, esto no invalida los principios eternos de la Ley. Para Jesús, toda la Escritura tiene cumplimiento y relevancia, así ha sido hasta ahora. Para Jesús es más fácil que pase la creación sin que se cumpla una parte de la ley. Esto nos muestra que la ley de Dios es perfecta y que nosotros somos los que no cumplimos con ella. Ese era el serio problema de los fariseos, y en consecuencia es el mismo nuestro.
¿Cuál era la situación de los fariseos respecto de la ley? Que ellos vivían arropados con el manto de ella, pero la ley no había penetrado en sus corazones. Lo que Jesús nos dice acá es que estamos llamados a buscar el Reino de Dios con pasión, a confiar en la firmeza de la Palabra y a proclamar su mensaje con valentía. Esta declaración de Jesús es garantía total y absoluta. Confirma lo que dijo antes el profeta de la Palabra: “Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (Isaías 40:8). Estudiemos con discernimiento la Palabra, buscando encontrar a Jesús en ella.
Mostrarnos una fidelidad quebrantada
“Todo el que repudia a su mujer, y se casa con otra, adultera…” v. 18a.
Cuando uno lee este texto, inmediatamente piensa qué relación tiene con el tema en discusión. Pero este versículo tiene un contexto, y es la confrontación de Jesús con los fariseos, y la hipocresía de ellos en la manera cómo entendían la ley. Para enfrentar esto, Jesús los trae a la declaración de la Biblia respecto al matrimonio como una relación entre un hombre y una mujer para toda la vida. Dios lo dijo así en Génesis 2, donde expresó que los dos son una sola carne: “y lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre” (Mateo 19:6).
Este es el ideal de Dios para el matrimonio. Necesitamos sentir el peso de esta verdad hoy. La permanencia y no la separación es el ideal del matrimonio. Entonces, ¿cuál era la situación de este tiempo? Que, si bien la ley permitía el divorcio por varias razones, tales como infidelidad, incompatibilidad y esterilidad, la infidelidad era la “causa justa” para el divorcio, según era la escuela de Shammai, mientras que la escuela de Hillel permitía el divorcio por razones más triviales, como si la esposa quemaba la comida o si el esposo encontraba a otra mujer más atractiva. El divorcio cambia el diseño original del matrimonio, y eso es lo que Jesús previene.
“… y el que se casa con la repudiada del marido, adultera” v. 18b.
Otra vez, para aquellos que encuentran en el divorcio la “vía de escape”, estas palabras las dijo Jesús. Quisiéramos que fueran menos severas, pero las dijo Jesús. Lo cierto es que Jesús nos muestra con esto que el divorcio no es solo una cuestión de reglas establecidas por el hombre, sino de lealtad a Dios y a sus mandamientos. Al vernos en el espejo de este texto, esto debe ser nuestra consideración: El matrimonio es para siempre; no hasta que “otros nos separen”.
Pero también es cierto que el divorcio no es una opción fácil. Cada caso es un caso, y amerita un tratamiento especial y “una pastoral del divorcio”. El planteamiento de Jesús es de proteger a la familia y con ello a la pureza en el matrimonio. Cuando se le preguntó a Jesús por qué Moisés dio carta de divorcio (Mateo 19:39), su respuesta fue categórica: “Por la dureza de vuestro corazón” porque eso no fue el diseño original. Cada matrimonio debe trabajar para preservarse. Y si bien Jesús no minimiza la santidad del matrimonio, también ofrece gracia y redención a aquellos que han fallado.
El pecado en el espejo
Al aplicar el tema «el pecado en el espejo», y ver estos textos, como: «ningún siervo puede servir a dos señores…», v. 13, pregúntese: ¿Realmente amo a Jesús más que a nadie o a nada? En el versículo 14, Lucas identifica a los fariseos como «amantes del dinero». ¿Y tú y yo? Ante el texto «vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante del hombre…», v. 15, pregúntese: ¿Es nuestra vida una apariencia cristiana al justificarnos a nosotros mismos? Ante el planteamiento: «Lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación», v. 15, pregúntese: ¿Estoy más enfocado en esta vida que en la vida venidera? Frente al texto «… y todos se esfuerzan por entrar en él», v. 16b, pregúntese: ¿Nos esforzamos cada vez más por entrar en el Reino?
Frente al texto «Pero más fácil es que pasen el cielo y la tierra, que se frustre una tilde de la ley», pregúntese: ¿Puede mi ignorancia de la Palabra llevarme a desobedecerla como los fariseos? Y, por último, frente al texto: «Todo el que repudia a su mujer, y se casa con otra, adultera…», v. 18, pregúntese: ¿Qué valor e importancia tiene para mí el matrimonio? ¿Qué estoy haciendo para mantener el pacto del matrimonio recibido de Dios? ¿Se vio en el espejo?
