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Serie Unos a Otros: Animaos

(Isaías 35:3, 4; 1 Tesalonicenses 5:11)
 
 INTRODUCCIÓN: Esta semana pasada llamé a varios hermanos de la congregación y les hice una pregunta muy inusual por parte de un pastor a su iglesia. La pregunta fue: "¿Qué consejo le daría a usted a un pastor desanimado?". Junto con la pregunta me anticipé a decirles que no era ese mi caso, por lo menos en ese momento, sino que la misma la hacía en función del mensaje que predicaría este próximo domingo. Algunos se rieron al principio; otros se sintieron aludidos; mientras que otros se sintieron sorprendidos, pues nunca se imaginaron que se vieran en una situación donde tuvieran que animar a su pastor, toda vez que el pastor -supuestamente- es quien debe traer el ánimo a su congregación. Los que se atrevieron a dar una respuesta fueron muy francos y, por supuesto, hasta chistosos. Entre todas las respuestas, la que más me llamó la atención fue aquella donde alguien dijo: "Para animar a mi pastor no hay cosa mejor que esté siempre en los cultos dela iglesia y que me involucre las actividades de la misma, poniendo mis dones y talentos a su servicio; y de paso lo invite a una sopa de gallina en mi casa". El asunto es que en el seno de la iglesia necesitamos todos animarnos, porque somos nosotros los llamados a infundir aliento a tantas vidas sin esperanzas. Vivimos en un mundo donde todas las cosas que pasan tienen el propósito de desanimarnos, frustrarnos y derrumbarnos con mucha frecuencia. Esta semana el mundo fue estremecido por la tragedia causada por el atentado terrorista que sufriera los EE.UU. Un gran desaliento ha venido en la vida de miles, acompañado de un gran dolor por la pérdida de tantas vidas; otros estarán mirando el futuro con muy pocas esperanzas; mientras que en algunos se estará encubándose un gran sentimiento de rabia, y hasta de venganza. En el mundo hay una fuente de desánimo permanente. ¿Cuál sería la esperanza para el mundo si la iglesia del Señor también está desanimada? El otro mandamiento que tenemos para edificarnos los "unos a los otros", es: "animaos los unos a los otros". De esto hablaremos hoy. Ninguna cosa es tan poderosa como una iglesia animada por el Señor.
 
 ORACIÓN DE TRANSIÓN: ¿Qué nos revela este imperativo bíblico?
 
 I. UN ESTADO DE CANSANCIO ESPIRITUAL
 Cada creyente debiera responder con honestidad a preguntas, tales como: ¿Qué clase de persona me considera mi familia, mis amigos y compañeros de trabajo? ¿Soy una persona negativa y criticona o por el contrario, inspiro confianza, esperanza y ánimo a otros? ¿Cómo reacciona la gente cuando me ve? ¿Produce mi rostro alegría que contagia a otros hasta el punto que me buscan? ¿Se sienten contentos de verme o tendrían reservas para acercarse a mí? ¿Inspira mi nombre confianza en los demás o los desanimo con mi actuación? Pero la verdad es que no fuimos salvados para vivir en el desaliento. El profeta de antaño nos exhortó de esta manera: "Fortaleced las manos cansadas, afirmad las rodillas endebles. Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis…" Is. 35: 3, 4. Las palabras del profeta, así como las de Pablo, nos indican un estado espiritual que requería de una "inyección" de aliento. "Manos cansadas" y "rodillas endebles" es una descripción muy gráfica que revela pesadez, aburrimiento, incomodidad, molestia y hasta fastidio. Hay en esta nota una especie de "cansancio espiritual".Es como si el gozo del Espíritu se fue de la vida por un tiempo. Es no sentir ninguna motivación ni razón para vivir en victoria la vida cristiana. El creyente desanimado tiene un espíritu de queja, un espíritu de crítica y nada le parece bien en el seno de la iglesia. Es el que cree que la iglesia siempre tiene que atenderlo, siempre tiene que mimarlo, siempre tiene que visitarlo, siempre tiene que llamarlo y siempre tiene que cuidarlo. Pero nunca piensa que él pudiera animar, consolar y levantar a otros. A este tipo de creyentes se nos pide que le digamos "esforzaos, no temáis". Esto hay que hacerlo, porque una persona que inspira ánimo tiene la capacidad o el don de alentarnos y edificarnos cuando está con nosotros; puede transmitirnos esperanza, confianza; motivarnos a seguir adelante y a seguir luchando aun cuando la lucha sea dura y las dificultades abunden. El estado de desánimo no debiera ser una actitud continua de nuestras vidas. Es verdad que a veces hay situaciones que crean desaliento, pero en cada creyente habita la presencia poderosa del Espíritu Santo para darle un rumbo nuevo a su situación. Me gusta lo que dijo Pablo acerca del Espíritu que nos ha sido dado: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y domingo propio” (2 Tim. 1:7) Es evidente que nos cansamos físicamente, y hay muchas razones diarias para ello. Pero un creyente no puede dar cabida al "cansancio espiritual". De allí que el imperativo bíblico es: "animaos los unos a los otros".
 
 II. UNA CONDICIÓN NECESARIA
 Un buen estado de ánimo es señal de una iglesia saludable. De la iglesia de Jerusalén se decía que “Todos los que habían creído estaban juntos… perseveraban unánimes cada día en el tempo… alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo… Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma… Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección de nuestro Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos” (Hch. 2:44, 46, 47; 4:32, 33) De la iglesia de Antioquia se nos dice que tenía “la gracia de Dios” (Hch. 11:23), y de la iglesia de los macedonios, Pablo habla de la manera tan entusiasta como quisieron participar en la ofrenda para los santos, aunque ellos vivían en “extrema pobreza”. No se conoce de una iglesia que esté creciendo rápidamente donde los miembros estén desanimados. Estas iglesias se asemejan a la final de una copa mundial de football. Allí los competidores y los espectadores están totalmente entusiasmados. No hay tal cosa como una cara de derrota, o un espíritu de desánimo. Allí todos se sienten ganadores. La condición de ánimo es necesaria en una iglesia. Con ello, cada visitante se sentirá motivado, contagiado y pronto estará involucrado. El entusiasmo de una iglesia prepara el terreno para que la predicación de la palabra “no vuelva vacía”. Un creyente animado le dice al mundo que vale la pena seguir a Cristo. Le dice a los demás que aunque los problemas no desaparecen cuando nos hacemos cristianos, nosotros contamos con alguien que es más poderoso que las circunstancias que vivimos, como lo es nuestro Señor, y ello nos hace ser más que vencedores. Una iglesia animada le dice al mundo que ni las tribulaciones, angustias, persecución, hambre, desnudez, peligro o espada nos podrá separar del amor de Dios. Mas bien dice que sobre todas estas cosas él es un vencedor a través de Jesucristo. Tal confianza le lleva a la conclusión que ni la “muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada” (Rom 8:35-39), le quitará su entusiasmo, ni lo hará vivir derrotado. 
 
 III. UN ESTILO DE VIDA
 Cuando la Biblia nos habla de “animaos los unos a los otros” no nos pone las condiciones que determinan un buen estado de ánimo. Pablo fue un campeón en este asunto de hablar del ánimo como parte esencial de una vida espiritual victoriosa. Creemos que después del Señor Jesucristo, nadie más habla tanto de animarnos y consolarnos en las pruebas, como lo hace él en sus diferentes cartas. Tuvo tantas razones para vivir desanimado, sin embargo, su espíritu jamás se doblegó frente a las circunstancias. Estando en Filipos junto con Silas, la primera ciudad de la provincia de Macedonia, y habiendo obrado allí un exorcismo a una muchacha que tenía un espíritu de adivinación, fueron tomados por los magistrados quienes les rasgaron la ropa y ordenaron azotarles con vara. No conforme con esto, le llevaron a la cárcel y le pusieron en el calabazo de más adentro, asegurando sus pies con el cepo como si se tratara de dos grandes delincuentes. Pero estando allí, en lugar de quejarse por lo que estaban viviendo, dice la Escritura que a la media noche oraban y cantaban al Señor, de modo que todos los presos les oían (Hch. 16:16-25) Amados hermanos, esto es mantener un espíritu inquebrantable frente a todas las adversidades que nos conducen al desaliento. El estar animados, más que una elección que tomamos todos los días, es una orden a la que nos enfrentamos cada vez que despertamos. Es verdad que el escenario que nos toca vivir todos los días: aquellos donde viene una mala noticia, la falta de dinero, la enfermedad, la muerte de un ser querido, la continua violencia que vive el mundo, etc. son fuentes de donde se puede suscitar el desaliento. Pero el estado de ánimo de un creyente no está determinado por las circunstancias que le toca vivir. Más bien son las pruebas y tribulaciones las que hacen creyentes de alta calidad. El creyente, cual oro refinado, pasa por el crisol de la prueba. Volviendo al caso de Pablo, encontramos en la segunda carta a los corintios, en su capítulo 4, lo que sería su declaración de victoria, y su estrategia para derrotar al desánimo. 
 1. La tribulación no le llevaba a la angustia. Pablo pasó por todas las "escuelas" de la tribulación. En su autobiografía habla de desvelos, hambre, peligros, naufragios, golpes, afrentas, enfermedades, traición, el "aguijón de su carne", ayunos, etc. Sin embargo, ninguna de estas cosas le llevó a la angustia. El desánimo no es el enemigo que debiera derrotar a un cristiano.
 2. Los apuros no le llevaban a la desesperación. Note como Pablo reconoce esa cadena de vicisitudes a la que estaba expuesto, pero que ninguna de ellas cumplió el objetivo de doblegarlo. La desesperación es la antítesis de la auténtica paz. Jesús durmió mientras el mar estaba embravecido. No podemos evitar los apuros, pero si podemos evitar la desesperación.
 3. La persecución le recordaba que no estaba solo. Se equivocaban los enemigos del cristiano cuando pretenden arruinar su gozo, su paz y su esperanza. A nadie se le ha prometido una compañía tan inigualable que a un hijo de Dios. Una poderosa razón para que nuestro "ánimo sea cumplido" es la promesa que dice: "… he aquí yo estoy con vosotros todos los días…".
 4. Podía estar derribado pero jamás estaba destruido. Pablo era un hombre inquebrantable. El secreto de su constante triunfo no radicaba en su fuerza ni en sus conocimientos. Su grito de batalla era: "Todo lo puedo en Cristo que fortalece". Un cristiano revestido con esta fortaleza no podrá ser alcanzado por el desaliento. Por lo tanto, ¡animaos unos a otros!
 
 CONCLUSIÓN: ¿Cómo animarnos los unos a los otros? Por un lado debemos mantener un vivo interés por cada creyente. Nadie escapa a los momentos de necesidades, pruebas y aflicciones. Utilicemos el poder de la mirada. Cuántas cosas comunicamos con nuestra mirada; desde el rechazo, desaprobación, etc. hasta comunicar ánimo, aprobación y aceptación. ¿Qué tal un apretón de mano o un abrazo fraterno? Muchas veces esto desarma una actitud negativa. Usemos también las palabras adecuadas para infundir ánimo. Por supuesto, cuidando de no lastimar. Las palabras de un creyente sincero estarán sazonadas con sal, y las mismas serán también para la necesaria edificación. Y finalmente podemos animarnos los unos a los otros cuando vamos de las palabras a los hechos. Una acción concreta puede quitar una carga en un corazón agobiado y lleno de desaliento.

 


Estudios de esta misma serie: 

Serie Unos a Otros: Amaos
Serie Unos a Otros: Animaos
Serie Unos a Otros: Animaos, alentaos y edificaos
Serie Unos a Otros: Exhortaos
Serie Unos a Otros: Soportaos

 Nota: Este estudio es brindado por entrecristianos.com y su autor para la edificación del Cuerpo de Cristo. Siéntase a entera libertad de utilizar lo que crea que pueda edificar a otros con el debido reconocimiento al origen y el autor.

 

 

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