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Los siete Pecados Capitales, Parte 1 - 1.0 de 5 basado en 1 voto
Escrito por Julio Ruiz
Publicado el 28 Diciembre 2005
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La pretensión de la Soberbia 

Iniciamos con esta entrega, una serie que se propone abordar los “Siete Pecados Capitales”. Los tales son denominados así por ser “cabeza” o principio de todos los demás pecados. Son ellos: la soberbia ,la pereza, la lujuria, la avaricia, la gula, la ira y la envidia. Se sabe por su propia naturaleza, que ellos son los que afean el carácter y delinquen contra el sumo bien que anhela cada ser humano. Un estudio profundo y detenido de cada uno de ellos nos revelará por qué actuamos, o por qué somos así en determinadas circunstancias. Nos ayudará a ponderar las excelencias que se esconden detrás de las virtudes, pues como reza el antiguo proverbio español “contra siete pecados, siete virtudes”. Más aún, nos ayudará a valorar y reforzar las áreas de ese lado bueno de nuestra personalidad, y rechazar lo que se propone afectarnos síquica, emocional y espiritualmente. Su consideración recobra una importancia perentoria por cuanto nos movemos en una sociedad que está rayando los linderos de toda permisología, dando al traste con todos los valores morales y espirituales donde se ha edificado nuestra herencia piadosa. Por cuanto tales pecados muestran de una manera incuestionable la cuna de todo que lo es moralmente reprobable, un análisis de los mismos repercutirá en mi actuación personal, familiar y corporativa, al momento de relacionarnos con el prójimo. En el orden sugerido , la soberbia ocupará nuestra primera consideración. Ella se define como “el amor desordenado de sí mismo”. Para Santo Tomás, la soberbia era “un apetito desordenado de la propia excelencia”. El soberbio no es bien visto, ni siquiera por Dios, porque: “Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6) La soberbia le quita el brillo a un corazón bondadoso.


Por otra parte, la soberbia es la madre de donde se alimentan otras faltas. Ella tiene su más legítima expresión en la arrogancia, la que llega a ser la raíz de todos los males. Se sostiene que esto fue lo que dio origen a la rebelión celestial y más adelante a la caída de la raza humana. Entre sus “hijas” favoritas está la vanagloria, que no es sino aquella complacencia egoísta por lo que se tiene o se es frente a los demás. Otra de sus “hijas” es la Jactancia. Ella es la tendencia de los que se esfuerzan en enaltecerse a sí mismos para que se vea su superioridad y sus buenos actos. La altanería aparece como otra de sus “hijas” y se manifiesta en la forma altiva hacia el trato con el prójimo. Este mal, que tiende a apabullar a los demás a la hora da hablar, se pone de manifiesto en el orgullo, la terquedad, y en el tono displicente con el que se dirige hacia los demás. En estas “hijas” no podría faltar la ambición. Debe decirse, en honor a la verdad misma, que la ambición es “el mal capital” de nuestra sociedad. Tiene mucho que ver con ese deseo desordenado de encumbrarse en honores y dignidades a través de alguna posición viendo más los beneficios que pueden ser cosechados, incluyendo la fama y los reconocimientos.

De todo esto podemos concluir que la persona soberbia trata de sobreponerse a los demás. En su delirio personal se siente creída; y superior en brillantez, poder y honores. Tenemos en Alejandro el Grande, el legendario rey de macedonia, aquel que conquistó todos los imperios de su tiempo, un axiomático ejemplo de la soberbia. En la ocasión cuando asistió a los juegos olímpicos de Grecia, alguien le preguntó si tomaría parte en tales juegos, y su arrogante respuesta fue: “Tomaría parte si supiera que allí tendría a reyes como rivales”. Pero la soberbia tiene su lado opuesto en la virtud de la humildad. La persona humilde reconoce su propia inferioridad (sin que esto menoscabe su personalidad) y actúa de conformidad con ese conocimiento. Sobre todo, una persona humilde reconoce la total dependencia que uno tiene de Dios y su disposición siempre de servirle. Sin embargo, una persona soberbia ha sacado a Dios de su vida, porque no lo necesita. Él se considera suficiente en sí mismo y hasta se mofa de los que ponen en Dios su esperanza. En él se cumple lo que dijo el salmista: “El malo, por la altivez de su rostro no busca a Dios. NO hay Dios en ninguno de sus pensamientos” (Salmo 10:4) De Jesús aprendemos que era “manso y humilde de corazón”.Él es el modelo para enfrentar este primer pecado capital.

 


 

 

Estudios de esta Serie:

Los siete Pecados Capitales, Parte 1
Los siete Pecados Capitales, Parte 2
Los siete Pecados Capitales, Parte 3
Los siete Pecados Capitales, Parte 4
Los siete Pecados Capitales, Parte 5
Los siete Pecados Capitales, Parte 6
Los siete Pecados Capitales, Parte 7

Nota: Este estudio es brindado por entrecristianos.com y su autor para la edificación del Cuerpo de Cristo. Siéntase a entera libertad de utilizar lo que crea que pueda edificar a otros con el debido reconocimiento al origen y el autor.  

 


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