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Escrito por Julio Ruiz
Publicado el 17 Agosto 2008
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(1 Pedro 2:4-8)

INTRODUCCIÓN: No podemos imaginarnos un mundo sin piedras. Ellas han estado desde el principio de la creación. Algunas permanecen en  estado rocoso, mientras que las que han sido bañadas por las aguas, son lisas y hasta  transparentes. Su uso es milenario. Con ellas se construyeron las pirámides egipcias, verdaderos monumentos de asombroso acabado y de la más alta ingeniería, considerando que algunas tienen hasta  tres mil años de existencia. Qué decir de las ruinas del “Machupichu”   en el Perú o de las pirámides mayas en México. Las piedras fueron usadas para los primeros  altares donde los hombres comenzaron a presentar sacrificios para el Dios vivo. Sobre una piedra lisa fueron escritos los diez mandamientos. Nos acordamos que el pueblo de Israel, después que cruzó el río Jordán, se le pidió que tomaran doce piedras, una por cada tribu como testimonio para sus generaciones. David tomó  piedras lisas del arroyo y con una de ellas dio muerte al gigante. Salomón se aseguró de conseguir piedras de excelente tallado para la construcción del templo. Y, ¿qué decir de las piedras preciosas? ¿Cuál será la piedra más preciosa del mundo? ¿Será el rubí, el zafiro, el diamante o la esmeralda? El diamante es muy usado para sellar los compromisos, como el caso del anillo de boda, considerando que es la sustancia más dura conocida al hombre. Pero qué decir de nuestro Señor Jesucristo. Él es la piedra más preciosa, por ser una piedra viva y el fundamento de nuestra fe. Y  nosotros también somos una piedra preciosa. Más aún, somos “piedra vivas”. Pudimos estar en cualquier condición, como cualquier piedra tosca, pisoteada por todo el mundo, pero cuando el arquitecto divino la pulió y la puso en su casa, esa piedra ha servido para la edificación  del proyecto más completo que el Señor está haciendo, su iglesia. Pedro, quien estaba muy familiarizado con el concepto de la piedra, pues el Señor mismo le dijo que su nombre Pedro significaba “pequeña piedra”, habló de Jesús como la principal piedra y nosotros como las “piedras vivas” que edifican la casa. Veamos esta metáfora hoy.

 

I. LAS PIEDRAS VIVAS SE LEVANTAN SOBRE  LA PIEDRA PRINCIPAL

 

1. Cristo es una piedra viva v. 4.  Pedro llama a Jesús de esta manera porque él supo que Jesús se levantó dentro de los muertos. Él lo vio, pues se le apareció antes de aparecérsele al resto de los discípulos. De modo que lo primero que resalta al comienzo de la  carta es el tema de la resurrección: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos” (1 Pe. 1:3). Pedro conoció que Jesucristo era la roca sobre el cual se fundó la iglesia. Recordemos que fue sobre la declaración de Pedro que Jesús dijo que edificaría su iglesia (Mt. 16:18). Jesucristo es la piedra viva contrario a las piedras frías y muertas del templo antiguo.

 

2. Cristo es la piedra angular. Es bueno decir que esta piedra angular no está alineada a las paredes sino que las paredes están alineadas a ella. La consistencia de un edificio depende de la piedra angular. Las estructuras de los edificios antiguos requerían de esta piedra. Sin ella el edificio quedaba vulnerable y propenso para el derrumbe. Cuando Pedro usó esta metáfora estaba dando por cierto la importancia que tiene Jesús para la vida. Sin él no se puede levantar ninguna edificación. Pablo dijo que no hay otro fundamento sobre el cual podamos levantar el edificio de nuestra fe. "Edificaos sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo. (Ef 2:20). Más adelante, el mismo Pablo afirma esta verdad: Porque nadie puede poner otro fundamento que el que esta puesto, el cual es Cristo (1 Co.3:11).

 

3. Cristo es la piedra rechazada. Fue rechazada cuando nació por Herodes. Fue rechazada cuando creció por los fariseos y la casta religiosa. Fue rechazado por aquellos hombres de Gadara, quienes no vieron el milagro hecho a al poseído por demonios, sino la destrucción de sus cerdos. Fue rechazado por el joven rico quien prefirió sus riquezas antes que las riquezas de Cristo. Fue rechazado por Judas quien prefirió el salario de un esclavo, antes que vivir al lado del que todo lo tiene  y todo lo puede. Fue rechazado por la multitud que prefirió a Barrabás en lugar suyo. Ha sido rechazado por los autosuficientes, los que creen no tener necesidad de él. Ha sido rechazada por los que prefieren vivir su propia vida, ignorando el castigo eterno.  Sin embargo, lo que todos estos no saben es que la piedra que fue rechazada ha venido a ser la piedra principal. Lo que muchos dieron por inservible, ahora es lo principal para la vida eterna. Eso significa que todo, absolutamente todo, depende de él ahora. Nadie se escapará de Cristo.

 

4. Piedra de tropiezo. Desde los tiempos de Cristo, muchos hombres encontraron en él una piedra de tropiezo. Los hombres que habían hecho su propio programa para salvarse, especialmente  el sistema riguroso de la ley, encontraron en Jesús una piedra de tropiezo. Él quebrantó su tradición y por eso se escandalizaron hasta el punto de crucificarle. Jesús llega a ser una piedra de tropiezo para aquellos que han construido sus propios intercesores delante de Dios. Para aquellos que levantan su propia filosofía sin tomar en cuenta lo que Dios ha dejado para la salvación. Las Escrituras antiguas nos hablan proféticamente de la piedra que iba a ser puesta en Sion, como principal (Isaías 8:14) Para toda la humanidad, Jesucristo es el medio de salvación si lo acepta, pero también será el medio del juicio si rechaza el evangelio. Pedro termina diciendo que para los creen él es “precioso”, pero para los incrédulos es “roca que hace caer”.

 

II. LAS PIEDRAS VIVAS EDIFICAN LA CASA ESPIRITUAL  

 

1. Como piedras vivas. La vida que hemos llegado a tener en Cristo nos convierte, al igual que él, en piedras vivas. Pablo nos da en casi todas sus cartas un cuadro comparativo de lo que era nuestra vida antes de conocer a Cristo y lo que ahora somos en él. Al referirse a la vida pasada nos dice que estamos “muertos en vuestros delitos y pecados”. Pero el mismo Pablo nos dice que Dios, “que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo…, y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Ef. 2:4-6). Ahora somos “’piedras vivas” participando en un organismo vivo que es la iglesia. Es por eso que nuestra alabanza debe ser viva, nuestro servicio al Señor debe ser vivo, nuestra culto es vivo y racional. Recordemos que el Arquitecto divino dijo: “Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia” (Jn. 10:10b)

2. Piedras labradas para estar en la casa de Dios. Cuando Salomón construyó el templo las Escrituras nos dicen que las piedras para la construcción fueron talladas por manos especiales, de acuerdo a la sabiduría que les fue dada a los constructores de la obra. Hubo un procedimiento de cortar las piedras para que pudieran estar en la casa del Señor (1 Re. 6:7). Esta figura nos ilustra que todos los que somos parte de la casa espiritual, debemos pasar el proceso de ser tallados para poder encajar en la obra. Con la diferencia que mientras las piedras del templo llegaron ya pulidas, el Señor sigue trabajando para que seamos mejores. Por seguro que este proceso muchas veces es doloroso. El arquitecto divino tendrá que darle forma a esa piedra. Algunas veces usará una cierra cortante, otra veces usará una lija, pero al final obtendrá el resultado que la piedra encaje junto con las demás del edificio. Muchas de esas piedras llegan de distintas partes, así como las que usaron para el templo de Salomón, pero todas pasaron por las manos del tallador hasta que éste logró quitar la rudeza, aquello que impedía encajar junto a las demás piedras. Imagínese todos los lugares de donde hemos venido como “piedras vivas’.

3. Piedras pegadas con el fundamento. En lo que respecta a su dependencia, la piedra no será fuerte sino no está pegada con el fundamento. Cuando más nos sentimos en necesidad, más nos apretamos a Cristo. Mientras más nos sentidos afligidos, más echamos nuestra  ansiedad sobre él. Tomemos en cuenta que la piedra no soporta su propio peso, sino que descansa donde ha sido colocada. Cristo es el cimiento donde nosotros descansamos. Las piedras se adhieren al fundamento hasta lograr una unidad. La verdad es que la piedra y el fundamento se vuelven uno. Así es la vida del creyente. Nosotros podremos ser quebrados por los vientos tempestuosos, pero los lazos del amor que nos unen al fundamento nos mantienen tan pegados a él que difícilmente ocurrirá una separación. Los verdaderos creyentes jamás se divorciarán de Jesús.

4. Todas las piedras son necesarias. La razón por la que él espera que nosotros seamos “piedras vivas” es porque Dios  está construyendo un templo para Su alabanza, que no es, por cierto, el templo físico. Pero un templo no puede ser sólo cimientos. Cada piedra en esa pared llega a ser necesaria. Pero cada piedra debe ser viva para que pueda haber edificación mutua. ¿Qué decimos con esto? Los más débiles y los más humildes miembros del pueblo del Señor son tan necesarios como los más nobles y los más hermosos, pero esos miembros recibirán alabanza solo cuando hayan sido incorporados a la pared. Déjeme recordarles lo siguiente, cuando un creyente elige a Cristo, elige también a su pueblo. De esta manera él ha dispuesto que seamos construidos juntos. ¿Con qué propósito? Para que “todo el edificio bien  coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor". Qué bueno es pensar que cada uno de nosotros, indistintamente de cuan insignificante seamos, terminemos siendo los ladrillos o las piedras en el grandioso templo que el Señor está edificando. Y a lo mejor no nos veamos en esa pared como otros, pero lo importante es que donde quiere que estemos, estamos unidos a Cristo sin que nadie tenga preeminencia sobre los demás. El Edificador divino no desecha ninguna piedra.

5. Somos edificados como sacerdocio santo.  En esta “casa espiritual” tenemos privilegios y responsabilidades. La idea es que nos interrelacionamos llegando a ser inseparables, así como las piedras en un edificio.  Ahora el apóstol Pedro nos dice que las “piedras vivas” toman la función de sacerdotes dentro del cuerpo, llegando a ser “un sacerdocio santo”. Los sacerdotes  eran elegidos de  una casta especial. La tribu de Leví había sido escogida para ese oficio y más nadie podía ejercer el sacerdocio. Sin embargo, ahora nosotros, como “piedras vivas”, podemos ejercer el sacerdocio santo. Todos tenemos acceso al Padre sin necesidad de intermediarios, y a su vez todos podemos interceder los unos por los otros. Somos ministros de reconciliación entre la gente y nuestro Dios, y lo somos para ofrecer sacrificios vivos en la misma casa espiritual. Ese sacrificio vivo, de acuerdo a Romanos 12:1, es la ofrenda de nuestro propio cuerpo.

CONCLUSIÓN: El llamado es: “Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa…”. En la medida que nos acercamos a Cristo nos acercaremos más los unos a los otros. Pedro fue una piedra tosca, muy mal trabajada por la vida, pero cuando vino a Cristo llegó a ser una piedra tallada y preciosa. Él, como “piedra viva”, ayudó en la construcción de la casa espiritual que seguimos construyendo hoy. ¿Qué tipo de piedra somos en la casa del Señor?  Por supuesto que lo último que quisiéramos ver es que tú eres una piedra de tropiezo, o una piedra en el zapato. Esperamos que seas una piedra preciosa para ayudar a la edificación de la “casa espiritual”, mientras llegamos al cielo donde nos aguarda una ciudad cuyos cimientos son de oro puro y sus muros y sus puertas de las más finas preciosas que se puedan conocer (Apc. 22:18-21). ¡Qué privilegio el que nos aguarda en los cielos!

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