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La batalla de nuestros pensamientos - 4.5 de 5 basado en 4 votos
Escrito por Julio Ruiz
Publicado el 19 Febrero 2009
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(Mateo 5:27, 28; Salmo 119:9-15)

INTRODUCCION: Solemos pensar que  la contaminación está en el ambiente que nos rodea,  pero casi nunca pensamos en la  contaminación del corazón. Sin embargo esto fue lo que Jesús vio: “Porque de dentro, del  corazón  de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios…Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre” (Mt. 7:21-23). Sin duda que el reto más grande de todo creyente es llegar a ser puro. El creyente es como aquella flor blanca que nace en las minas del carbón. Que a pesar de todo lo que le rodea puede mantener su color y su brillo. Se sabe que los pensamientos y los impulsos son uno de los asuntos más serios con los que nos enfrentamos todos los días. Se ha dicho que el 90 % de las compras que se hacen son por impulsos. ¿Se ha dado cuenta la frecuencia con la que la gente devuelve un producto porque descubrió que no era lo que estaba buscando? Lo que nosotros hacemos está determinado por lo que pensamos; pero sobre todo por lo que vemos. Así que no es cierto que lo que uno ve no lo afecta. Si esto fuera así, ¿por qué la gente que cree en la TV invierte millones de dólares por un comercial, con apenas fracciones de segundo? ¿Por qué  cree usted que la pornografía es uno de los productos más buscado en el Internet, el cine, la TV y las revistas? Los especialistas en este problema nos hablan desde la adición incontrolada hasta los efectos síquicos y espirituales, con secuelas muy dañinas para quien lo practica y para los que están muy cerca de usted. Jesucristo, el Maestro por excelencia, nos ha revelado en uno de los textos más sorprendentes de las Escrituras, la batalla del corazón del hombre: “Oíste que fue dicho: No adulterarás. Pero yo os digo que cualquiera que mirare a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”.  El mandamiento antiguo ponía la prohibición en el acto mismo, pero  Jesús lo puso en  los pensamientos; allí comienza todo.  De modo que el tema que más debe ocupar nuestra atención será cómo podemos enfrentar esta batalla del corazón. Creo que todos estaremos interesado en saberlo. Veamos algunos pasos. 

I. HAY QUE RECONOCER QUE HAY UN CAMINO SUCIO  (Sal. 119:9) 

1. Hay caminos que nos parecen derechos. La pregunta de este texto plantea una situación que debe ser atendida. Da por hecho la existencia de un problema, pues nos habla de una limpieza. El texto reconoce la edad de la persona afecta: el joven. Pero también nos revela qué es lo que debe ser limpiado: el camino. La palabra hebrea “camino”, en este contexto, tiene la idea de un surco. Una persona con pensamientos impuros tiene un surco sucio en su mente. Esta es la persona que siempre piensa y habla de lo mismo.  Bien pudiera ser que en estos momentos sus pensamientos están invadidos por codicias. Está codiciando alguna compañera o compañero de trabajo. A lo mejor pudiera ser la mujer de su prójimo. Quizás alguna joven o un joven de la iglesia misma.  A lo mejor su lucha es con una adición al mundo de la pornografía, y vive con los deseos de la carne muy activos. A lo mejor estás atrapado en deseos lascivos y morbosos de los que no haya cómo salir. Déjeme decirle, amado hermano, que mientras usted no  admitida que existe el problema no podrá salir de tal condición. Y a lo mejor se siente tan mal que cree que ya es un caso perdido para Dios. Pero usted tiene que saber que Dios siempre limpiará el pecado. Él no limpia una justificación; él limpia la ofensa. Olvídese de las excusas. Enfrente su problema. No justifique su debilidad  ni busque apoyo bíblico para ello. No mal interprete la Biblia respecto a esto. Los que justifican su desviación sexual, vista en el homosexualismo y el lesbianismo por ejemplo, lo hacen amparados en Romanos 1:28, donde dicen que Dios viendo su condición los entregó a tal naturaleza. Pero lo que el texto dice es todo lo contrario. El pecado sexual es repudiado por él. Dios hizo a un hombre y a una mujer para el sexo en  el sagrado matrimonio. 

2. El poder purificador de la palabra. Dios quiere limpiarle. No importa cual sea su condición ahora. Dios quiere limpiarle, y su instrumento para eso es la palabra. Jesucristo, sabiendo el poder que tiene la palabra para limpiarnos, ha dicho: “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Jn. 15:13). La palabra acá es la que da origen a lo que se conoce como catarsis, que tiene que ver con la idea de limpiarse. A la palabra limpiar se agrega la obra directa del Señor cuando la Biblia nos dice: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos de nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9). La figura es la misma cuando Jesucristo entró en el templo e hizo una limpieza, diciendo que su casa sería llamada “casa de oración”. Lo mismo es nuestros cuerpo, su templo. El quiere limpiarlo de toda esa suciedad de nuestro corazón. Nada es más agradable que un lugar limpio. Un cuarto limpio. Una cocina limpia. Una casa limpia. Un garaje limpio. Y por qué no, una vida limpia. Entonces, hay que admitir el problema. Hay que reconocer que puede haber una adición inmoral secreta. Al hacerlo, vendrá la limpieza. La sangre de Cristo nos limpia de todo pecado. 

II. TOME LA RESOLUCIÓN DE NO SEGUIR CONTAMINÁNDOSE v. 10 

1. Camine horas extras con su corazón. El salmista no tenía complejos en revelar su devoción por su Señor. Él sabía de los desvaríos del corazón. Él sabía que su corazón era engañoso y perverso más que todas las cosas, pues justamente había ofendido a Dios con el mandamiento de donde Jesús toma para mostrarnos lo que hace la codicia del corazón. Después de haber ofendido a su Dios como lo hizo, necesitaba caminar horas extras con su corazón; de allí su resolución: “Con todo mi corazón te he buscado…”. Aquí radica uno de los mayores secretos para mantenerse alejado de la contaminación que produce ceder a las intenciones del corazón.  Admiramos la grandeza de los hombres que han logrado subir a la cima de su vida espiritual con un testimonio intachable. Pero lo que muchas veces ignoramos es la resolución de ellos para honrar su vida y a su Señor. La vida de Daniel es uno de esos casos. Es considerado como uno de los más grandes profetas. Pero, ¿qué había hecho antes? Cuando fue llevado para ser presentado delante del rey de Babilonia, como uno de los jóvenes sabios y de buen entendimiento, propuso “en su corazón no contaminarse con las comidas del rey” (Dn. 1:8). Una experiencia que nos descubra esa naturaleza salvaje, que da lugar a la apertura del engaño del pecado, debe llevarnos a esta resolución. No fuimos hechos para vivir en el mismo estado. Busquemos a Dios con todo nuestro corazón y comprobaremos el poder de una vida consagrada. 

2. No manchar mi nuevo vestido. Al momento de creer en el Señor fuimos equipados con un nuevo vestido. Pablo nos habla de un  vestido que debe ser quitado y otro que deber colocado: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:22-24).  Hay un hombre nuevo que ha sido vestido de santidad.  Nada será más importante que mantener a ese vestido limpio de toda mancha. ¿Por qué afirmamos esto? Porque pudiera ser que procuramos  limpiarnos y no permanecer limpios. No podemos luchar a medias. La batalla por nuestros pensamientos nos plantea el reto de la firmeza; de la constancia mientras se libra. Joven que me escuchas ¿te has propuesto mantenerse puro? No será fácil,  a menos que hagamos resoluciones que tienen que ver con nuestro dominio propio. Mire la decisión de Job respecto a su pureza sexual: “Hice pacto con mis ojos; ¿cómo, pues, había yo de mirar a una virgen?” (Job 31:1).  Hay que afirmar esta decisión. Una de las ilustraciones que me ha gustado usar cuando explico esto es lo que tiene que ver con el armiño. Por cierto, la piel de este animal es muy buscada. Los cazadores reconocen que la mejor manera de matar a este animalito es poniendo lodo en la entrada de su cueva. Cuando él va huyendo de sus captores y se encuentra en la entrada de su habitación esta suciedad, no entra, pues sabe que su delicada piel se ensuciará si entra por esa abertura. Allí lo capturan. Hermano que me escucha, ¿deseas realmente permanecer puro?   

III. CONSIDERE LA IMPORTANCIA DE PROTEGER SUS PENSAMIENTOS v. 11 

 

1. ¿Dónde debería estar la palabra? Como el salmista sabía que su problema era su corazón, reconoce que es en ese lugar donde debiera poner la palabra para la defensa. La palabra de Dios nos puede ayudar a enfrentar el gran problema de la pornografía. Solo ella nos  puede ayudar a mantener un corazón purificado. Juan 17:17 dice: “Santifícalo en tu verdad, tu palabra es verdad”. Uno de los retos que debemos todos hacer es memorizar la palabra de Dios. El salmista dice: “En mi corazón he guardado tus dichos para no pecar contra ti”. Note el lugar donde la palabra debe ser guardada, en el  corazón. ¿Por qué? Porque Jesucristo dijo que es del corazón donde salen los malos pensamientos. La Biblia es su real protección. Si usted no se llena de ella, más nada lo hará. Hay que meterse en la palabra. ¿Toma usted un tiempo para estar a solas con el Señor y su palabra? La palabra de Dios no valdrá nada si usted no la lee. Pero tampoco valdrá nada si usted la lee y no la aplica. El reto para el corazón es no mirar con un sentido codicioso. La meta de todo creyente es tener pensamientos según los reveló el apóstol Pablo a los filipenses 4:8. Hay que tener un antídoto para los pensamientos. Cuando la palabra de Dios abunda en nuestros corazones, ¿sabe usted cuáles son los resultados? Nuestra boca se llena de la alabanza del Señor. ¿Cuál son sus pensamientos antes de dormirse y cuáles son para despertarse? v. 12 

2. ¿Cómo debiera ella ser aplicada? La palabra hay que traducirla de forma personal. Dios debe hacer real su palabra en nuestros corazones. Una cosa es que la palabra la leamos y otra muy distinta es que Dios nos hable por su palabra. La misión de todo lector de la palabra es que ella le hable, y al hacerlo, esa palabra se personifica en nuestras vidas. Dios quiere enseñarnos con la palabra. ¿Cómo hacer que la palabra se encarne en nosotros? Al abrirla, pregúntese. ¿Hay un pecado que debo confesar? ¿Hay una  promesa que debo hacer mía? ¿Hay un mandato que debo seguir? ¿Hay un ejemplo que debo imitar? Otra forma es que debemos hablar la palabra. Úsale en sus oraciones, en su alabanza. Y sobre todo, compártala. Apocalipsis nos dice que “ellos le han vencido por la palabra de Dios”. Hay que contar y cantar la palabra. Ella debe tomar cuerpo en nuestras vidas, esa será una poderosa manera para enfrentar los pensamientos. 

CONCLUSIÓN: Creo pensar que Santiago, quien fue hermanos de Jesús por parte de madre,  estuvo bien familiarizado con lo que Jesús dijo respecto a la codicia del corazón cuando escribió sobre las tentaciones y sus orígenes (Santiago 1:12 y 13). La batalla de los pensamientos la libramos en el corazón. Hagamos las “cirugías” necesarias por medio de la palabra guardada en el corazón para no pecar contra nuestro Dios.

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