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Miembros de la Familia de Dios - 3.8 de 5 basado en 4 votos
Escrito por Julio Ruiz
Publicado el 29 Junio 2008
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(Efesios 2.19)

INTRODUCCIÓN: Entre todas las figuras con las que se representa a la iglesia, la que nos ofrece Efesios 2.19, como “familia de Dios”, toca muy de cerca lo que fue el plan de divino en su misma creación. Porque la iglesia es ante todo la familia y el pueblo de Dios. Lo primero que  Dios formó fue la familia. A Dios no le pareció bien que el hombre estuviera solo, de allí que vino la compañera. De esta manera Dios puso al hombre en el paraíso y le dio  la tierra por casa para que la poblara con muchos hijos. Pero el hombre cometió el disparate de alejarse de Dios, siguiendo el engaño de la serpiente antigua. Sin embargo, y aun cuando Dios pudo haber acabado con aquella naciente familia, le mostró al hombre que él era la corona de su creación y que  lo había amado con “amor eterno”. Fue así como se empeñó en buscarlo y perdonarlo. Así que, de esa humanidad caída, Dios escoge a un pueblo a quien llamó Israel y con quien estableció su alianza. Israel sería el pueblo elegido para bendecir a las familias de la tierra. De ese pueblo vendría una hija, elegida y preparada por Dios para traer a Jesús, el Hijo de Dios que se hace hombre. Por lo tanto Jesucristo se ha puesto al frente de la humanidad redimida, dando su vida por la iglesia a fin de presentársela santa, sin mancha y sin arruga. Con  su muerte conquistó a la familia  de quien vendrían todos los hijos de Dios y a través del poder del Espíritu Santo poder llamarlo: “¡Padre nuestro!”. Entonces, ¿por qué es importancia que  se destaque a la “iglesia como familia”? Si nos basamos en las necesidades que tenemos los seres humanos, la iglesia como familia de Dios debería ser el mejor lugar para nuestro bienestar. Esto lo decimos porque las cosas que más busca el ser humano son amor y aceptación. Y déjeme decirle que las iglesias que están creciendo son las iglesias amorosas.  Eso pasaba con  la iglesia del primer siglo. ¿Por qué decimos esto?

I. LA IGLESIA COMO FAMILIA NOS DA UN SENTIDO DE PERTENENCIA

1. Lo que éramos y lo que somos. El contexto de Efesios 2 nos presenta la más completa descripción de lo que éramos y lo que somos en  la familia de Dios. Pablo se aseguró de poner una lista completa de lo que éramos, a lo mejor pensando en su propio testimonio antes de conocer a Cristo, para hablarnos de un estado lúgubre, triste, vacío y sin esperanza fuera de la comunión con Cristo. Lo primero que nos recuerda es que estábamos “muertos en nuestros delitos y pecados” v. 2. Nos recuerda que seguíamos las corrientes de este mundo liderizados por su príncipe Satanás, lo cual nos hacía hijos de desobediencia v. 2. Pero además de estos poderes, vivíamos bajos los deseos de la carne, haciendo siempre su voluntad, lo cual nos convertía en esclavos v. 11. Y por cuanto pertenecíamos al pueblo gentil, se nos catalogaba como incircuncisos, “alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” v.12.  Pero Jesucristo por medio de su sangre hizo al hombre nuevo,  logrando la paz y la reconciliación, poniéndonos a todos en un solo cuerpo y como una gran familia. Por lo tanto no somos extraños (extranjeros), sino que ahora somos “miembros de la familia de Dios”. Los que son suyos no tenemos distinción sino pertenencia.

2. Tenemos a un Padre para todos. En la familia de Dios tenemos un solo Padre a quien  llamamos “Padre nuestro”. Ninguna otra revelación nos toca tan cerca que aquella donde llamamos a Dios de esta manera. Hay en esto un sentido  de  seguridad, de provisión y de completa confianza sea cual sea la necesidad que enfrentemos. Jesucristo se aseguró de mostrarnos a Dios de esta manera. Solo una vez se dirigió a él como Dios, en su grito de dolor en la cruz, pero aún allí lo llamó dos veces Padre. Y la afinidad era tan grande que lo llamó “Abba Padre”, con lo que se mostraba un gran grado aún superior de intimidad. Juan nos da un gran texto para hablarnos del carácter de este  Padre: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por eso el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él” (1 Jn. 3:1). En esta familia solo tenemos a un Padre.

3. Tenemos un Hermano mayor. Pablo nos dice que en la familia de Dios llegamos a ser no solo herederos de Dios sino coherederos con Cristo (Ro. 8:17). Esta distinción nos pone igual con el Hijo de Dios. Por cuanto Dios le hizo heredero de todo (Heb. 1:2), ahora cada hijo adoptado en esta familia recibirá por la gracia divina la herencia completa que Cristo ha recibido por derecho divino (2 Cor. 8:9). En la familia de Dios, Jesucristo como nuestro hermano mayor es nuestro gran intercesor. Es el abogado. El gran sumo sacerdote. Es el que nos conecta con el Padre especialmente a través de nuestras oraciones. Solo en la familia de Dios se da esta experiencia. Y lo más importante es que él no se avergüenza de llamarnos sus hermanos (Heb 2.11). No se avergüence usted tampoco de llamarlos así. Como hermanos todos tenemos la misma dignidad. Nadie en esta familia debe ser más importante, ni tenemos derecho de menospreciar a los más pequeños. Mire la forma cómo Jesús nos distingue (Mt. 25:40).

II. LA IGLESIA COMO FAMILIA NOS DA UN  SENTIMIENTO DE SEGURIDAD

1. Debemos ser atendidos al nacer. Así como un bebé es recibido con alegría y es atendido con especial cuidado, la iglesia como una familia debe proveer para el recién convertido su seguridad, de modo que pueda haber un crecimiento sustentado. Pedro nos presenta la figura del infante que busca la leche como su principal alimento al compararlo con la lecha espiritual que debe ser bebida para el crecimiento. A los que entran a esta familia les dice: “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis  para salvación” (1 Pe. 2:2). Esta debe ser la tarea más cuidadosa de la iglesia. Llegamos a ser parte de la familia de Dios mediante el nuevo nacimiento. Es nuestra tarea alimentar adecuadamente a los recién nacidos.

2. Las promesas de provisión son para todos. Una de las primeras cosas que aprende el nuevo miembro de la familia de Dios es que el cuenta con el Dios de toda provisión. Además de darle la promesa espiritual que él “es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría” (Judas 24), también escucha la gran promesa que Cristo dejara tocante a las necesidades materiales: ““No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?  Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas (Mateo 6.31-32). La seguridad que sentimos es que en medio de las más fuertes crisis de nuestras vidas, el creyente no se quedará allí. Él no entra en  pánico ni en desesperación porque toda su vida ahora está en las manos del Señor. Él llega  aprender que “vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad…”.

3. Aliento para los tiempos de desánimo. Los tiempos de desaliento llegan con mucha frecuencia. Los hijos se desaniman cuando ven que sus sueños no son cumplidos. La presencia de una madre amorosa  y de un padre optimista  hace la diferencia en la vida de sus vástagos. Esto mismo sucede en la iglesia. Tenemos miembros que son presa fácil del desánimo y el desaliento. Si fungimos como la auténtica familia de Dios todos esos estados emotivos cambiantes debieran disiparse por el  contagio del gozo, del amor y de la esperanza que expresamos  los unos con los otros. Pablo conocía muy bien la tendencia del  desánimo en los hermanos, de allí su exhortación: Que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos (1 Tes. 5.14). El sentimiento de seguridad es trasmitido por los cuidados que otros tienen de mi persona.

III. LA IGLESIA COMO FAMILIA NOS DA UN SENTIMIENTO DE IDENTIDAD

 1. Soy digno de ser llamado su hijo. La oración que más repitió el “hijo pródigo” antes de llegar a casa fue: “Ya no soy digno de ser llamado tu hijo”. ¿Sabía usted que ese sentimiento de indignidad es el que más abunda cuando se ha malgastado la vida, viviendo perdidamente? Pero cuando alguien viene a la familia de Dios recobra la dignidad que el pecado le había quitado. En esta nueva familia descubre que es un linaje escogido, un real sacerdocio, una gente santa y que ha sido adquirido por Dios a través de Cristo (1 Pe 2:9).Vivimos en una sociedad que hace rato perdió el respeto por la dignidad de la persona. La vida no vale nada. Pero la incorporación a la familia de Dios levanta al individuo y lo llena de profundo respeto. El hombre en Cristo descubre la grandeza y el propósito de su creación. Descubre que él no nació para el pecado sino para su Dios.

 2. Vivo para mi nueva familia.  Nada hay nada más hermoso que una familia unida. Los padres somos testigos de las bendiciones que se logran al conformar la familia bajo el  regazo del amor. Los hijos que se crían así tienen sentido de identidad personal. Crecen seguros, estables y así forman sus propias familias. Esto pasa en la familia de Dios. No encontramos en la Biblia a creyentes solitarios y hermanos privados de la comunión lo unos con los otros. Por cuanto tienen una nueva familia, su deseo es identificarse plenamente con dicha congregación. Esto les libra de ese individualismo independiente de nuestra cultura que está creando muchos huérfanos espirituales, creyentes “conejos” que saltan de una iglesia a otra sin identificarse, sin rendir cuentas, ni comprometerse con nada. Muchos piensan que pueden ser buenos cristianos sin la cobertura de una iglesia local, pero Dios no está de acuerdo con eso. La triple relación de un creyente tiene que ver con su Dios, su familia cercana (padre, hijos, esposos) y la iglesia.

 
IV. LA IGLESIA COMO FAMILIA NOS PROVEE  DE ACEPTACION ESPIRITUAL

Para nadie es un secreto que nuestro mundo tiene visos de discriminación. Las clases sociales, los colores de la piel así como los idiomas, etc., son los principales focos que algunas sociedades han presentado para establecer sus propias barreras entre unos y otros. Pero aquí es donde la iglesia, actuando como la verdadera familia de Dios, abre sus puertas para que todos los que a ella vengan experimenten el calor de la aceptación y el amor incluyente de cada uno de sus miembros.  Nadie más experimentó las barreras de exclusión que la iglesia del primer siglo, especialmente por el fanatismo de los judíos contra los gentiles. El templo mismo tenía una separación para las mujeres y para los gentiles. Nadie podía traspasar esos lugares, “pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación…” (Ef. 2:13, 14). Ya no hay separación en esta nueva familia.

CONCLUSIÓN: Si creemos que la iglesia es la familia de Dios, entonces aquí no debiera haber diferencia por cuanto todos somos hermanos. La iglesia como familia de Dios es el único lugar donde todos somos hijos de un mismo Padre. Por lo tanto, todos somos miembros de un mismo cuerpo. Todos participamos de la misma vida, pues por todos corre la misma sangre, es decir, la gracia de Dios que llevamos dentro desde el mismo momento que el Espíritu Santo mora en nosotros. Pero, ¿para qué nos quiere Dios como una familia? Para que seamos una bendición. La gente que está fuera de esta familia son  “huérfanos espirituales”. Dios los quiere hacer sus hijos y para que esto ocurra, los que estamos dentro debemos buscarlos y le darles la bienvenida. La invitación de hoy es para que usted sea miembro de esta familia: “porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” V. 18

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